Las últimas horas en suelo mexicano

Un regalo de última hora que obligó a apretar las maletas; la nostalgia de las últimas horas en México, el agradecimiento a quienes le atendieron en esos días, una promesa cumplida y una canción interpretada por san Josemaría son algunos de los sucesos que marcan las últimas horas de san Josemaría en la tierra de Santa María de Guadalupe.

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Muchas de las tertulias que tuvo el Fundador del Opus Dei con sus hijas y con cooperadoras fueron en un patio central de las instalaciones que por aquel tiempo compartían la Escuela Superior de Administración de Instituciones (ESDAI) y la Residencia Universitaria Latinoamericana (RUL).

El amplio patio fue acondicionado para poder recibir a quienes llegaban ilusionadas por conocer personalmente al Padre y deseosas de poder escuchar sus enseñanzas en amenos diálogos de familia, conocidos como tertulias en las que, con gracia, pero con gran profundidad, el Fundador daba doctrina y formación.

Durante una de las últimas tertulias que tuviera san Josemaría Escrivá en suelo mexicano con hijas suyas mexicanas, de Estados Unidos y Centroamérica, una chica estadounidense le hizo muy emocionada, una petición:

«Padre rece mucho por nosotros, para que tengamos la misma fe fuerte, el mismo cariño a la Virgen que tiene esta gente maravillosa de México y así merezcamos que usted venga pronto a vernos a Estados Unidos».

El 22 de junio por la noche, después de la emotiva serenata a la Virgen en la Villa, cuando san Josemaría ya se había retirado a su habitación y se disponía a descansar, un grupo de hijos suyos de los Estados Unidos llegaron a la sede de la Comisión Regional con un regalo para el Padre. Se trataba de una charola de plata en la que habían mandado grabar justamente las palabras dichas por esa compatriota suya.

«Padre rece mucho por nosotros, para que tengamos la misma fe fuerte, el mismo cariño a la Virgen que tiene esta gente maravillosa de México y así merezcamos que usted venga pronto a vernos a Estados Unidos».

A don Pedro le emocionó ese detalle de cariño y, en contra de lo que él mismo había dicho minutos antes de que todos se retiraran a dormir, acudió a la habitación que ocupaba el Padre para llevarle el obsequio. San Josemaría tomó la charola y apenas leyó la inscripción, se llevó las manos a la cara visiblemente emocionado y dijo: «Javi, ve a ver como metes esto en la maleta porque me lo quiero llevar a Roma».

El Padre había tenido muchos detalles de cariño con quienes habían venido a saludarlo desde los Estados Unidos durante su estancia en México. En una ocasión en que recibió a varios de sus hijos norteamericanos en la sede de la Comisión Regional, antes de darles la bendición del viaje porque en breve regresarían a su patria les dijo:

«Quiero mucho a vuestro país. Tenéis que ver cómo se logra realizar alguna labor grande, un apostolado entre México y Norteamérica que sirva para la salvación de muchas almas».

A la mañana siguiente, martes 23 de junio, día en que volaría de regreso a Europa, pasó a despedirse de sus hijas numerarias auxiliares que a lo largo de todos los días de su estancia en la República Mexicana habían trabajado con tanta ilusión, eficacia, sentido común y sentido sobrenatural para crear el ambiente de familia que es propio del Opus Dei. Después de saludar al Señor en el oratorio, pasó a saludar a sus hijas integrantes de la administración del centro de Goya.

A su regreso, quiso todavía pasar a despedirse de sus hijos que estaban en el Centro Internacional de Estudios Superiores (CIES), donde cumplió la promesa de plantar un árbol en el jardín.

Los jóvenes residentes en el CIES alargaron unos minutos esa última estancia del Padre con ellos y le pusieron la grabación de las canciones que habían cantado juntos la víspera en la Villa.

San Josemaría se animó a cantar una conocida canción, adiós con el corazón, haciendo ver que durante esos días ellos le habían cantado muchas canciones y ahora le tocaba corresponder, durante la interpretación hizo una pequeña “corrección” a la letra original:

Adiós con el corazón

Que con el alma no puedo

al despedirme de México

al despedirme me muero.

Ya casi en la puerta para abordar el automóvil que lo conduciría al aeropuerto le presentaron una imagen de la Virgen de Guadalupe y con un plumón escribió: «Consummati in unum! México 23.VI.70. Mariano» Esa imagen preside la oficina del Vicario Regional de México recordando cada día la unidad con el Fundador.

«Quiero mucho a vuestro país. Tenéis que ver cómo se logra realizar alguna labor grande, un apostolado entre México y Norteamérica que sirva para la salvación de muchas almas».

En el libro Pedro Casciaro, hasta la última gota, se recoge el testimonio de ese testigo de excepción de la visita de san Josemaría a México, de lo que fue ese trayecto hacía el aeropuerto internacional de la Ciudad de México hacia las once y media de la mañana: «Por la propia emoción y por la pena de que se nos marchara el Padre, la conversación en el automóvil no fue fácil. (…) Fue el Padre quién hacía los comentarios interrumpidos por espacios de silencio. En una de esas ocasiones, tocándome el hombro dijo: “No sabéis lo que este viaje ha supuesto para mí”. Interrumpí diciendo: ¿Y para nosotros Padre? Pasándose la mano derecha por la frente, añadió el Padre “he descansado mucho, aunque no lo creáis. Ha sido como un lavado de todo lo que he llevado aquí tanto tiempo en la cabeza”.

Recordando su ánimo a lo largo de toda la novena que hizo a Nuestra Señora de Guadalupe, creí entender que la Virgen lo había llenado de paz en La Villa y que no había sido sólo el cariño de sus hijos de México lo que le había hecho descansar al Padre. Después de otro silencio exclamó: “¡Lo habéis hecho muy bien…! ¿Qué Dios os lo pague!”».

El diario de la Comisión recoge sus últimos momentos en México, cuando San Josemaría se encontraba ya en la sala de última espera.«Les dijo que le costaba mucho arrancarse de esta tierra que es un gran país; que estaba muy agradecido con las autoridades civiles por tantas atenciones como habían tenido con él.A los pocos minutos llegaron a avisar que ya podía el Padre pasar a abordar el avión […] El avión de Iberia, se llamaba Zurbarán era un DC-8 con matrícula EC-AUM. Sería la una menos cinco minutos cuando el avión despegó».