Las herramientas de san José

«¿Cómo puedo hacer una escultura? Simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario». Quizá este sea el secreto detrás del genio de Miguel Ángel. El arquitecto, escultor y pintor italiano descubría en la piedra una obra de arte, y la trabajaba para que los demás también pudieran verla. Pero ya desde quince siglos antes, un hombre joven también trabajaba con sus manos obras que trascenderían la historia; y lo hacía desde un pequeño taller en Nazaret.

El Opus Dei en México
Opus Dei - Las herramientas de san José

Trabajo. Oración. Golpe de martillo. Aserrín que cae al suelo, y que será cuidadosamente recogido al terminar el día. El carpintero trabaja con atención; se trata de «un hombre corriente, en el que Dios se confió para obrar cosas grandes» (cfr. Es Cristo que pasa, 40). Cosas grandes que pasan ocultas. Cosas pequeñas que se engrandecen, al ritmo del cincel y la sierra.

«En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas» (Es Cristo que pasa, 51).

Podemos imaginar el taller, pequeño, bien iluminado y limpio. A la entrada, está colgado un delantal de cuero, que san José utiliza para trabajar. En un extremo, junto a una ventana para aprovechar la luz del día, hay una mesa de trabajo. Del otro lado del taller, se encuentran las piezas de madera aún sin terminar. Al fondo, las herramientas –como fieles instrumentos– esperan las manos que las pondrán a trabajar.

Colgado en la pared, está el martillo, una herramienta vital para los carpinteros. Requiere ser potente y liviano a la vez, de forma que sirva para el trabajo sin que su peso suponga un desgaste físico para el que lo utiliza. Golpe a golpe, se trabaja, se clava, se da forma. Perseverancia que desconoce la monotonía, porque cada golpe tiene un sentido.

Junto al martillo, se encuentra el cincel. Sirve para hacer cortes limpios en la madera de trabajos que requieren mayor finura. Un buen trabajo de carpintería supone el cuidado de los detalles, de cortes cuidados y rieles lisos. El cincel se detiene en las cosas pequeñas.

También se encuentra colgada en la pared una sierra, imprescindible para el trabajo del taller. El uso de la sierra requiere de paciencia; en ocasiones, puede parecer que no se avanza. En esos momentos, es necesario confiar y repetir el movimiento. Poco a poco, hasta los maderos más difíciles terminan por ceder.

Bajo las herramientas, está el borrico, un soporte formado por varias tablas cruzadas, que san José usa para apoyar las maderas mientras trabaja. Firme, y quizá sin mucho brillo, recuerda al animal con el que comparte el nombre. Humildad, fundamento sobre el que se apoyan todas las demás virtudes.

Sobre el burrito, hay una bolsa de cuero, en la que el carpintero guarda clavos. Estas pequeñas piezas metálicas que rara vez se ven una vez que el trabajo ha sido terminado y, sin embargo, son las que mantienen los elementos unidos. Servicio oculto, que recuerda al carpintero que las usa.

Junto a la bolsa de cuero, se alcanza ver una pequeña lima, necesaria para quitar restos de materiales de las superficies y dejar así las caras lisas. Pero, para eliminar las asperezas, la lima debe estar “cara a cara” con la madera. Quizá de la lima el carpintero de Nazaret aprendió a comprender a los demás: para ayudar al otro, primero hay que mirarlo.

Ha amanecido ya. La puerta del taller se abre y san José entra, tarareando una canción. Tras ponerse su delantal, toma un cilindro de madera y lo coloca sobre su mesa de trabajo. Sonríe. Tal vez piensa en el campesino que usará el molino una vez que quede terminado. Trabajo. Oración. Golpe de martillo.

Quizá Miguel Ángel sea uno de los más grandes genios de la historia. Pero el artista italiano también dijo alguna vez que «la auténtica obra de arte no es más que una sombra de la perfección divina». Y en esto, un joven carpintero de Nazaret se le adelantó.