«Lo más importante en mi vida ha sido conocer a san Josemaría y poder convivir con él»

Francisco Ponz, antiguo rector de la Universidad de Navarra, cumplió cien años en octubre. Con ese motivo, la revista Nuestro Tiempo le ha entrevistado en su último número.

Opus Dei - «Lo más importante en mi vida ha sido conocer a san Josemaría y poder convivir con él»

NOTA: La entrevista completa puede leerse en la página web de Nuestro Tiempo

Texto: Jesús C. Díaz [Com 82] y Teo Peñarroja [Fia Com 19] Fotografía: Manuel Castells [Com 87] y Archivo Fotográfico

Francisco Ponz Piedrafita (Huesca, 1919) acaba de cumplir cien años. Es, con toda seguridad, la persona de más edad entrevistada por Nuestro Tiempo a lo largo de su historia y, realmente, impresionan su buena salud, su lucidez y su cordialidad. Lleva la corbata perfectamente anudada y dice: «Déjenme imprimir unos papeles», y se acerca a un ordenador que maneja con soltura. «A ver este correo», va comentando mientras rechaza una silla para sentarse frente a la pantalla. Todavía se considera un universitario. «¡Eso es para toda la vida!», corrobora con voz grave. Y es verdad que a sus cien años sigue estudiando para estar al día de los avances científicos de su campo. Francisco Ponz es un hombre que ha profundizado en el quehacer universitario, una expresión, por cierto, muy suya. Ha publicado más de 170 artículos de investigación, seis textos científicos, cuatro manuales para estudiantes y muchos trabajos sobre la educación universitaria, además de Mi encuentro con el fundador del Opus Dei (2000), un libro testimonio en el que habla de su relación con san Josemaría.

El profesor Ponz empezó su andadura académica en 1935 en la Universidad de Madrid, donde estudió Ciencias Naturales. Luego se incorporó al CSIC, obtuvo el doctorado, trabajó en Zúrich y Friburgo, y en 1944 ganó la cátedra de Fisiología Animal en la Universidad de Barcelona, donde permaneció durante veintidós años. Allí estaba contento con su trabajo cuando, en 1966, san Josemaría le invitó a ser rector de la Universidad de Navarra, cargo que ocupó durante trece años. A continuación, siguió otros trece como vicerrector hasta 1992 y otros cinco hasta su jubilación en 1997. Su presencia en el campus nunca se ha apagado.

¿Qué le emocionó más de su aniversario?

En la celebración de mis cien años hubo demasiados detalles emotivos como para que pueda destacar alguno. Quizá la felicitación personal y el abrazo del Gran Canciller [saludó al prelado del Opus Dei a finales de verano], o el agradecimiento y el cariño de un antiguo doctorando al que no veía desde hacía muchos años, o tantas muestras de afecto del Rectorado y de antiguos discípulos.

Al cumplir los cien años, ¿puede echar la vista atrás y preguntarse de qué se siente más orgulloso?

Siempre he procurado no ser orgulloso. Sí hay cosas de las que estoy muy satisfecho, muy feliz. Lo más importante en mi vida fue conocer a san Josemaría, poder charlar y convivir con él, oír sus enseñanzas durante muchos años, que confiara en mí para trabajar en muy variadas tareas y en particular en la Universidad de Navarra. Gracias a esa experiencia he descubierto mi sitio en el mundo y la razón de ser de mi vida tratando de seguirle.

Cuando conocí a san Josemaría era entonces un sacerdote joven, de 37 años, muy enamorado de Jesucristo y de Nuestra Señora, en cuya mirada se descubría enseguida mucho cariño

¿Lo conoció en Madrid?

Sí, en octubre de 1939 en una residencia de estudiantes en la calle Jenner, donde él vivía. Era entonces un sacerdote joven, de 37 años, muy enamorado de Jesucristo y de Nuestra Señora, en cuya mirada se descubría enseguida mucho cariño. De trato muy sencillo y de gran cercanía. Se interesaba por nuestras circunstancias personales, infundía respeto sacerdotal, amor de padre, a la vez que gran confianza y aliento para la mejora de nuestra vida cristiana.

¿Por qué se decantó por vivir allí?

El profesor José María Albareda me invitó a conocer la residencia y al fundador del Opus Dei. Le había tenido de catedrático en el instituto de Huesca en mi último año de bachillerato. En las prácticas en su laboratorio le ayudábamos en procesos sencillos de sus estudios en Ciencias del Suelo. Pienso que de ahí arrancó mi afición a la investigación científica. A pesar de la diferencia de edad, se estableció entre nosotros cierta amistad. Ambos nos trasladamos a Madrid para el curso siguiente, 1935-36, y bastantes domingos salíamos de paseo y me enseñaba la ciudad.

El profesor sigue estudiando a sus cien años para estar al día de su materia tanto como puede | Foto: Manuel Castells

Todo se paralizó durante la Guerra Civil. A mí me movilizaron: empecé en Cataluña y terminé en Cuenca. A Albareda le vi una vez, en Zaragoza, en 1938. Él ya había pedido la admisión en el Opus Dei. Me impresionó que, cuando nos encontramos, me habló de preparar el futuro. Cuando la guerra acabara, lo importante sería hacer que el país mejorase, que la ciencia en España fuera de más nivel. Como luego supe, al comienzo de la contienda habían matado a su padre y a un hermano en Caspe, pero él no me habló de eso.

Al terminar el conflicto me contó que se trasladaba a una residencia de estudiantes, precisamente la de Jenner, y que le fuera a ver allí. Me gustó su ambiente y empecé a acudir a unas clases de formación cristiana que daba san Josemaría. En enero de 1940 me explicaron a fondo el Opus Dei. Rezaron mucho por mi vocación, entre otros mi profesor Albareda, como me dijo el fundador cuando le pedí la admisión tres semanas más tarde [el 10 de febrero de 1940]. Entonces me trasladé a la residencia; se puso una cama más en una habitación en la que ya había tres.

Se doctoró un año después de finalizar la licenciatura y a los dos años ya era catedrático. ¿Cuál es el secreto?

Nunca me he considerado brillante, siempre me he tenido como persona con cabeza de nivel medio. Durante la guerra se paralizó la universidad y todos los estudiantes habíamos perdido tres años. Entonces las universidades organizaron cursos intensivos. Las vacaciones eran cortas. Aunque parece poco —dos años— dispuse de cuatro o cinco convocatorias para terminar la carrera, y continué luego con el doctorado. En realidad, había empezado a ir por el laboratorio para la tesis durante el último curso; por eso pude avanzar tanto.

Siguiendo con la vida académica, ¿qué les aconseja a las personas que ahora se encuentran en la universidad en unas circunstancias tan distintas de las de entonces?

Que aprovechen el tiempo. Que tengan en cuenta que la formación que se da en una universidad es lo que potencia el futuro, para desarrollar proyectos y servir mejor. Uno tiene una responsabilidad ante los demás, y perder el tiempo es una forma de dañar a todos: a la familia, a la sociedad y a uno mismo. Y, además, que no se hagan egoístas. Hay estudiantes que se forman en una competitividad individualista que no es buena y se amargan. Si tuvieran amigos, si fueran generosos, se sentirían felices.

Recuerdo que una vez, en una tertulia, un profesor le preguntó a san Josemaría: «Padre, ¿qué puedo hacer por mis alumnos?». Y él respondió: «Quererles»

¿Y a los profesores?

Recuerdo que una vez, en una tertulia, un profesor le preguntó a san Josemaría: «Padre, ¿qué puedo hacer por mis alumnos?». Y él respondió: «Quererles». Eso es muy importante. Si los quieres de verdad, les aconsejas y ayudas, aunque les exiges por su propio bien.

Completó sus estudios en Europa (Zúrich, Friburgo…), algo no tan habitual en su época.

En realidad, casi todos los que obtenían cátedras en aquellos tiempos salían al extranjero. Yo había acabado el doctorado en plena guerra mundial —en 1942— y me decanté por Suiza porque tenía buen nivel científico y no participaba en el conflicto.

Trabajé un tiempo en Nutrición Animal en el prestigioso Politécnico de Zúrich, y después pasé a la facultad de Medicina de Friburgo, donde me centré en estudios sobre los procesos de absorción intestinal, campo principal de mi investigación en las universidades de Barcelona y Navarra. Ir a otros sitios es bueno porque entablas relación con personas que no conocerías de otro modo, y accedes a líneas de trabajo y metodologías que te interesan.

Francisco Ponz impartiendo una clase en marzo de 1970 | Archivo Fotográfico Universidad de Navarra

¿Suponía un gran choque para un español entonces salir del país?

Recuerdo el Congreso Internacional de Bioquímica de Moscú de 1961. No había aún embajada de España. Yo llevaba un visado que conseguí en París, y al llegar al hotel nos dejaron sin pasaporte. Confieso que me preocupé por si en algún recorrido por la ciudad me pedían que me identificara. Especialmente eran comprometidos los trayectos diarios a horas intempestivas de la mañana para ir a misa a la única iglesia católica disponible.

A los demás españoles les devolvieron el pasaporte un par de días antes de la partida, pero el mío no aparecía. Como es fácil entender, ya me veía sin poder tomar el avión, sin dinero para seguir en el hotel, sin representación diplomática y probablemente detenido. Por fin, después de insistir, en el hotel pude ver la lista de pasaportes y descubrí mi nombre ordenado alfabéticamente en letras cirílicas por el segundo apellido y todo se arregló.

Cuando echó a andar la Universidad de Navarra en una capital de provincia como Pamplona, ¿cómo imaginaba su expansión internacional?

San Josemaría transmitía una confianza total en los proyectos que impulsaba y, si tenía interés en comenzar la Universidad de Navarra, aquello iba a salir bien. Y sería una buena universidad

Desde 1952, y sobre todo yo diría —que me perdonen los abogados— desde el 54, cuando empezó Medicina, pensé: «Esto no hay quien lo pare». Quiero decir que lo de Derecho podía salir adelante con profesores, unas aulas y una biblioteca buena. Pero en 1954, por empeño muy especial del fundador, arrancó Medicina. Yo estaba de catedrático en Barcelona y me quedó clarísimo que todo iba a funcionar. San Josemaría transmitía una confianza total en los proyectos que impulsaba y, si tenía interés en comenzar la Universidad de Navarra, aquello iba a salir bien. Y sería una buena universidad. No sabía si ocuparía el tercer o el cuarto puesto del ranking, si estaría detrás de Oxford y Cambridge, pero iba a ser una buena universidad.

¿Por qué la insistencia de san Josemaría en Pamplona?

Yo no se lo pregunté nunca, e Ismael Sánchez Bella [primer rector de la Universidad] me aseguró que él tampoco. Pero, en fin, por una parte no había universidad en Navarra ni en zonas próximas. Además, la región tenía fama de muy cristiana; se hablaba de miles de sacerdotes y religiosos navarros en misiones por todo el mundo. Y, por otra parte, era el territorio español más autónomo en todo lo educativo y en lo económico. Por tanto, las personas de aquí iban a poder comprender que comenzase una institución que no era del Estado que resolvía esta carencia de Navarra. En las Cortes navarras se encuentran ya propuestas y quejas desde el siglo XIX por no contar con una universidad.

En 1966, san Josemaría le invitó a ocupar el cargo de rector. ¿Cómo vivió esa decisión?

Yo llevaba veintidós años de catedrático en Barcelona, feliz con mis trabajos de investigación y con la docencia que me asignaron, y encantado con mis alumnos, a quienes intentaba dar una enseñanza clara y actualizada. En marzo de 1966 falleció el rector José María Albareda. Poco después, viajé a Roma por otros asuntos y fui a saludar a san Josemaría. Solo entonces conocí que había pensado en mí para sucederle en el Rectorado. Procuré no manifestar mi susto ante una función de tal envergadura: Albareda era una figura de renombre internacional que había ocupado altos puestos de gobierno en el CSIC desde su creación. Sin embargo, algo debió de advertir en mí san Josemaría, porque se apresuró a decirme que podría contar con buenos colaboradores, y especialmente con don Ismael, al que tendría como vicerrector. Viendo que se fiaban de mí, yo dije: «Aquí estoy para lo que haga falta».

Francisco Ponz (en el centro) con san Josemaría y otros directivos en el salón de plenos de la Universidad el 30 de abril de 1968 | Archivo Fotográfico Universidad de Navarra

¿Le hizo ilusión?

Cualquier cosa en la que pudiera sentirme colaborador de san Josemaría se convertía en la mayor ilusión de mi vida.

¿Qué hace falta para dirigir esta universidad?

[Suspira] ¿Qué hace falta? Por una parte mucha paz [Ríe]. No hay que asustarse por nada. Serenidad, saber escuchar y estudiar juntos las raíces de los problemas que se plantean, no dejarse llevar por los prontos, no dejar herido a nadie y vivir la colegialidad. En el sistema colegial de gobierno de la Universidad el rector preside las reuniones pero se considera uno más. Por lo tanto, no tiene riesgo de convertirse en tirano. Es muy sano, porque cuatro ojos ven más que dos, y excuso decir si son veinte. Así hay más posibilidades de acertar, eso lo aseguro. Además y, sobre todo, el rector tiene que acudir a Dios y a la intercesión de Nuestra Señora, que están más interesados que uno mismo en que la Universidad de Navarra salga adelante.

En su discurso de despedida como rector dijo que lo único que tuvo que hacer fue «dejar funcionar a la Universidad», que lo difícil ya lo habían hecho los primeros.

San Josemaría enseñaba a vivir y trabajar con esmero y cristianamente, en unidad cordial de unos con otros, a preocuparse por los demás y en especial por los que sufren

Lo más importante en una universidad que empieza es el estilo, el espíritu que toma. Y eso desde el primer momento ya lo habían conseguido. San Josemaría enseñaba a vivir y trabajar con esmero y cristianamente, en unidad cordial de unos con otros, a preocuparse por los demás y en especial por los que sufren. Lo que quedaba por hacer era continuar con el desarrollo natural de la Universidad, ampliar el campus, construir edificios, contratar profesores, y otros aspectos similares, velando al mismo tiempo por vigorizar más si cabe lo esencial del espíritu fundacional.

En 1966, varias carreras llevaban dos años en funcionamiento y, por lo tanto, iban a empezar tercero. ¡Cada año había que comenzar como para una facultad entera! Eran seis cursos que se implantaban, o sea que no faltaba trabajo.

Vivió el Mayo del 68 como rector, incluidas las revueltas estudiantiles que aquí apenas tuvieron importancia. ¿Por qué?

Porque aquí el ambiente general era de trabajar, ir a clase y formarse bien. La rebeldía estudiantil de aquellos años me parece que tenía que ver con dos factores. Por una parte, había una gran distancia entre el profesor y el estudiante; entre el estrado donde se explicaba y el sitio del alumno. Eso aquí no se daba. Si existía un problema, nuestras autoridades académicas sí eran accesibles y, además, los alumnos elegían a sus representantes por votación.

Por otra parte, también había una política antisistema. Los antisistema de hoy, como los de entonces, son pocos pero muy audaces. Las razones que esgrimían en las otras universidades, en las del Estado, eran casi siempre de oposición al régimen de Franco. Se trataba de una justificación fácil, para que la gente se movilizara. Pero aquí no teníamos nada que ver con las disposiciones universitarias del gobierno de Franco. Si acaso las padecimos. La única incidencia estudiantil fue la sentada famosa que hubo el veintitantos de junio del 69. Más de doscientos estudiantes se concentraron en el vestíbulo del Rectorado. No hubo gritos ni desperfectos. Escuchamos sus demandas y las respondimos. Cuando aquello acabó, resultó que no dejaron papeles en el suelo, y eso que habían comido allí sus bocadillos.

Ha mencionado el régimen de Franco. A usted le tocó vivir el paso del franquismo a la democracia.

Había cierta expectación. El régimen de Franco, respecto a los centros de educación superior, era, como había sido desde 1850, de absoluto monopolio estatal. Pero además en las universidades de España casi nadie pretendía romperlo, ni los profesores ni los estudiantes. Ante cualquier intento de reconocimiento de enseñanzas no estatales convocaban huelgas de protesta en las públicas. En 1960, cuando la Iglesia la erigió en Universidad, la de Navarra obtuvo el pleno reconocimiento de sus estudios. Luego, durante la transición política a la democracia, las propuestas de las nuevas leyes nos generaron incertidumbre, hasta que la Constitución de 1978 reconoció la libertad de crear universidades privadas.

De aquellos años suyos de gobierno, ¿cuáles diría que han sido el mejor y el peor momento?

El mejor momento, para mí, fue octubre de 1967. Seis profesores de grandes universidades del mundo —Harvard, Coímbra, Lovaina, París, Múnich y Madrid— aceptaron nuestro doctorado honoris causa. Eso fue un buen espaldarazo porque esas seis figuras académicas ya habían apreciado que la Universidad de Navarra era muy prometedora. De otra parte, al día siguiente se celebró una asamblea de la Asociación de Amigos que reunió en Pamplona a decenas de millares de personas. Eso representaba un gran apoyo moral; fue asombroso ver tanta gente movilizada en apoyo de la Universidad.

Y también se pronunció aquella famosa «homilía del campus»...

¡Efectivamente! Pienso que fue la primera homilía leída en público por san Josemaría. Y él mismo le daba mucha importancia porque entonces había gente que ponía etiquetas al Opus Dei que no respondían a su realidad. Así que quiso mostrar las líneas fundamentales del espíritu de la Obra en esa homilía.


Reportaje multimedia con motivo del 50 aniversario de la homilía Amar al mundo apasionadamente


En esas jornadas, san Josemaría, como fundador del Opus Dei y de la Universidad de Navarra, a pesar de que siempre procuraba ocultarse y desaparecer, fue el centro de atención, consideración y cariño del mundo académico, de la Iglesia, de la sociedad y de los medios informativos.

¿Y el momento más duro?

Siempre es molesto recordar los momentos duros. Yo preferiría no destacar ninguno [Silencio]. Hubo un tiempo, en los años setenta y primeros ochenta, en el que había una demanda de plazas tremenda y no teníamos edificios para tantos alumnos. El Ayuntamiento de Pamplona encontraba serias dificultades para adquirir los terrenos destinados legalmente al campus, por lo que no podíamos construir. Entonces fue cuando en el Edificio Central empezamos a tirar tabiques. En la tercera planta se acondicionó un aula para trescientos estudiantes de primero de Derecho. Fueron unos años de grandes dificultades.

En general, los malos momentos vinieron de actitudes contrarias a la Universidad basadas en el desconocimiento o en desinformaciones malintencionadas; baste recordar los atentados terroristas que ha sufrido. En cualquier caso, es mejor quedarse con lo que nos ha enseñado san Josemaría: perdonar.

¿Cómo sueña la Universidad dentro de cincuenta años?

Algo así me preguntó nuestro querido rector [en un coloquio mantenido entre ambos durante el Alumni Weekend el pasado mes de octubre]: «¿Cómo querría ver usted la Universidad dentro de veinte años?». Él no era tan optimista como Nuestro Tiempo. Yo le dije: «Que se cuide su espíritu». En un plano más profundo, esto quiere decir que todas las actividades y las personas que están en la Universidad procuren tener una visión de la vida optimista, de servicio a los demás y a la sociedad, que, como nos pedía san Josemaría, sean sembradores de paz y de alegría.

Que haya unidad de todos en lo esencial y que se respete, comprenda y quiera a los compañeros, a los estudiantes y a todas las personas

La Universidad cambiará: habrá que construir edificios de cristal o en el aire, ¡eso es accidental! Lo importante es empeñarse en el trabajo bien hecho, para que sea siempre una buena universidad. Que haya unidad de todos en lo esencial y que se respete, comprenda y quiera a los compañeros, a los estudiantes y a todas las personas. Lo que interesa es que afronten los asuntos del modo más parecido posible a como deseaba —y desea— san Josemaría. Que la Universidad cada vez dé más y mejores frutos espirituales y humanos. Que notemos cada vez más la alegre luminosidad de una inspiración cristiana de la vida.

Ha llegado a una edad respetable. Seguro que su respuesta a la pregunta que toda persona se hace también lo es. ¿Qué es para usted la felicidad?

[Se ríe] Dar gracias. Dar gracias a Dios por tantas cosas. Cuando uno da sinceramente gracias, es feliz. Espero que Dios, con su inmensa misericordia, a pesar de tantas deficiencias personales mías, me acoja como buen Padre y me permita darle eternamente gracias.