El santo que cantó la de José Alfredo

A cinco años de la canonización de san Josemaría, Natalia Gómez Quintero traza un emotivo perfil con base en los testimonios de cuatro mexicanos que lo trataron directamente.

Rió mucho con la película El Padrecito de Cantinflas; el humor y alegría de los mexicanos llamaba de manera importante su atención al grado de decir que podrían darles una puñalada por la espalda y seguirían riendo. No le gustaba el futbol pero se preocupaba por la actuación de sus hijos, miembros de su Obra, en la cancha.

 

En su visita a México en 1970 descubrió el sabor de los mangos y se dijo "cómo es posible que en la vida no haya conocido esta fruta antes".

 

Es Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei y quien hace cinco años subió a los altares de los santos, luego de que el Papa Juan Pablo II lo canonizara el 6 de octubre de 2002, a 27 años de su muerte. 

 

“Yo no sé lo que valga mi vida, pero yo te la vengo a entregar” -estrofa de la canción Paloma querida del cantautor José Alfredo Jiménez- era entonada por el padre Escrivá de Balaguer, quien decía que era como una oración a la Virgen, recuerda el padre Bernardo Fernández, quien en el año de 1953 pudo escuchar a Escrivá de Balaguer cantar en el curso de pequeños paseos que daba por Roma. Incluso, dice el padre, se le escuchaba alguna canción de Sarita Montiel.

Pero hablar de política nunca. “Para eso estaban los políticos”, aseguraba. Sin embargo, no desconocía los problemas mundiales, recuerda quien fuera su médico durante su visita a México en 1970, José Antonio López Ortega Müller.

A sus 68 años, durante esta visita a México sorprendió su fortaleza física luego de cada tertulia que sostenía con sus correligionarios, y sobre todo la fortaleza de cumplir el rezo de una novena a la Virgen de Guadalupe en la antigua Basílica.

No obstante, Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei -institución de la Iglesia Católica con la misión de difundir el mensaje de que el trabajo y las circunstancias ordinarias son ocasión de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora de la sociedad- padeció diabetes desde su juventud hasta sus 50 años aproximadamente, luego de que le hicieran un cambio de insulina.

La enfermedad lo obligó a traer consigo un dulce para no caer en un coma diabético pero también a ser riguroso en su alimentación, incluso después de que se había recuperado de la misma, dice Margarita Murillo Guerrero, pianista de profesión y quien en 1953 tuvo la oportunidad de conocer y tratar al fundador del Opus Dei, cuando estudió teología en Roma.   

Mago Murillo, como la conocen dentro del Opus Dei, relata que pese a esta austeridad en la comida, Escrivá de Balaguer valoraba mucho la preparación de los alimentos. A la cocina la comparaba con un laboratorio científico donde las mezclas tenían que ser perfectas y la calificaba como un taller de arte.

Por ello, el Padre afirmaba que es en medio de las cosas más materiales de la tierra donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.

“La familia, el matrimonio, el trabajo, la ocupación de cada momento son oportunidades habituales de tratar y de imitar a Jesucristo, procurando practicar la caridad, la paciencia, la humildad, la laboriosidad, la justicia, la alegría y en general las virtudes humanas y cristianas”, señalaba.

Las enseñanzas del Padre fueron seguidas tras su muerte por su sucesor, monseñor Álvaro del Portillo, y luego por el actual Prelado, Javier Echevarría. 

Tenía lo que se llama “don de lenguas” para decir las cosas, dice el ingeniero Adrián Galván. Además, hablaba latín, italiano y francés.  

Como aragonés de la región de Barbastro (Huesca, España, lugar donde nació el 9 de enero de 1902), era un hombre de propósitos y de energía. Creía firmemente que se debe ser intransigente con el error, pero transigente con las personas, pues reconocía que como seres humanos podría haber errores, pero también lugar a ofrecer disculpas y rectificar.

Tal vez por su estricta forma de llevar la vida y de cuidar los mínimos detalles, como cerrar las puertas o acomodar una silla, algunos podrían haberlo calificado como neuras; pero no, era la justificación de sus enseñanzas: “No hay que hacer cosas extraordinarias, sino extraordinariamente bien lo que se tiene entre manos”.