El agradecimiento que «no se acabará nunca»: La primera visita del beato Álvaro del Portillo a México

Don Álvaro del Portillo, después de haber sido elegido como cabeza del Opus Dei, supo que en cuanto quedara resuelta la “intención especial” por la que san Josemaría rezó una novena en México … él tendría que seguir sus pasos y volver para darle gracias a la Virgen de Guadalupe y este viaje lo realizó en mayo de 1983.

Opus Dei - El agradecimiento que «no se acabará nunca»: La primera visita del beato Álvaro del Portillo a México

Después del fallecimiento de san Josemaría en 1975, se eligió como sucesor y cabeza de la Obra a Mons. Álvaro del Portillo, quien había sido la mano derecha del Padre y a quien él mismo preparó para esta tarea.

La intención especial y su viaje a México

En 1970 san Josemaría viajó a México para pedir por la Iglesia, por la paz mundial, por el Opus Dei y de paso, una intención especial. Pero ¿qué era esta intención especial? Desde que se fundó el Opus Dei no se sabía cómo se resolvería la figura legal, pues tenía características muy diferentes a cualquiera de las instituciones que ya existían dentro de la Iglesia. No fue sino hasta el 28 de noviembre de 1982 que la Obra fue erigida como, que se llegó a su solución jurídica definitiva. Una vez alcanzada esta gracia, don Álvaro decidió hacer un viaje especial a tierras mexicanas para agradecer a la Virgen de Guadalupe su intercesión por la Iglesia y por la Obra. Esta decisión la tomó el 12 de mayo de 1979, cuando aseguró que, una vez erigida la Prelatura del Opus Dei, vendría a México para dar gracias a la Morenita del Tepeyac, en recuerdo de la novena de oración que san Josemaría había realizado en 1970.



El viaje comenzó el 25 de abril. Don Álvaro iba acompañado por don Javier Echevarría y Mons. Joaquín Alonso. Primero visitó Canadá, donde permaneció dos días. El 27 de abril aterrizaba en México, donde permanecería casi un mes.

«Nos contó que el primer día había dicho a la Virgen que se presentaba ante Ella con las manos vacías de méritos propios, pero que las llevaba llenas de los deseos de santidad de los fieles del Opus Dei (...)».

La basílica de Guadalupe, en la Ciudad de México, es el santuario mariano más visitado del mundo. Cada año, millones de peregrinos se presentan ante la Virgen Morena con peticiones y acciones de gracias, con algunas lágrimas y también con algunas anécdotas para hacer reír a la Emperatriz de América. Y fue el 29 de abril de 1983 cuando Don Álvaro del Portillo llegó a la basílica para agradecer a la Guadalupana el haber escuchado las oraciones del Fundador del Opus Dei 13 años atrás.

Durante nueve días, el beato Álvaro acompañó a la Virgen con la sencillez de un hijo pequeño. Alguna vez, don Álvaro confesó algunos detalles sobre cómo elevaba su oración a la Guadalupana: «Nos contó que el primer día había dicho a la Virgen que se presentaba ante Ella con las manos vacías de méritos propios, pero que las llevaba llenas de los deseos de santidad de los fieles del Opus Dei, y que le pedía la fidelidad de todos sus hijas e hijos. Nos dijo también que repetía mucho: “Cor Mariae dulcissimum, iter serva tutum!” (Corazón dulcísimo de María, consérvanos el camino seguro), para que la Virgen nos conservara libre de obstáculos el camino que el Señor había concedido a la Obra, por su materna y poderosa intercesión»[1], recuerda alguno de los que lo acompañaron durante esos días. Y si bien se trataba de una novena de acción de gracias, lo que llevaba en el corazón era un agradecimiento «que no se acabará nunca».

El penúltimo día de la novena –6 de mayo– el entonces Abad de la Basílica lo invitó a pasar al pequeño camarín en donde se custodia la tilma de san Juan Diego, para que pudiera besar la imagen a través del vidrio que protege el lienzo. Ahí, don Álvaro rezó una parte del Rosario y, al terminar, se acercó de nuevo a la imagen para darle un beso; dudó un momento, pues dijo que se consideraba indigno de besarla en el rostro. Don Javier enseguida le hizo notar que la Virgen es Madre, y así don Álvaro se animó a besarla en las mejillas: estaba visiblemente emocionado.

Al terminar la novena, don Álvaro tuvo varios encuentros con grupos de fieles del Opus Dei. En una ocasión, les decía: «Hijos míos, por lo que he podido observar en estas correrías por varias partes del país, he notado una gran diferencia entre las clases sociales. Veo ricos que son demasiado ricos y pobres que son excesivamente pobres. A todos les digo, recordando la enseñanza del Apóstol san Juan, que no es verdad que se ama a Dios si no se ama al prójimo, a quien vemos y tenemos cerca.»[2]

Al poco tiempo abría sus puertas en Guadalajara la Escuela Profesional Jarales, y al norte de la Ciudad de México, el Centro de Formación y Estudios Técnicos e Industriales. Siempre insistió en que se proporcionase a esas personas una preparación que les permitiese realizar un trabajo con el que sostenerse dignamente.

¿Sabías qué…? La conexión de don Álvaro con México va más allá del lugar de nacimiento de su madre: se remonta a los siglos XVII y XVIII, época en que varios miembros de la familia Diez de Sollano se embarcaron por el Atlántico para iniciar su vida en el virreinato de la Nueva España. Muchos registros históricos ubican a los Diez de Sollano como propietarios de dos haciendas en Morelos: San Antonio el Puente y Buenavista. Doña Clementina (su madre), solía cantarle a modo de canción de cuna el himno nacional mexicano debido al gran cariño que le tenía a su patria.



[1] Testimonio de Joaquín Alonso Pacheco publicado en “Álvaro del Portillo: un hombre fiel”, Medina Bayo Javier.

[2] Del Portillo, Á., Palabras pronunciadas en una reunión familiar, 21-V-1983