Dos tertulias en la RUP con los agregados de México y Monterrey

En una de las tertulias que san Josemaría tuvo con sus hijos agregados de México uno de ellos, Fili, cuya profesión era barman le preparó una sorpresa que le ganó una fotografía con el Padre.

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El quinto día de la novena a la Virgen de Guadalupe, el 20 de mayo, había tenido muchas emociones; esa tarde, desde la tribuna lateral de la Basílica donde tenía las “tertulias con la Virgen”, san Josemaría había llorado, había pedido por la Iglesia y el Opus Dei y había hecho una promesa a la Guadalupana.

Se consigna en el diario de la Comisión Regional que regresó de la Villa a las 7:45 P.M. y «pocos minutos después de haber cenado, el Padre se marchó a la RUP a estar con sus hijos los agregados de aquí de México y de Monterrey. Estaba lloviendo fuerte cuando el Padre salió; hizo unas bromas a propósito de la gabardina que le hicieron ponerse para resguardarse de la lluvia».

En la RUP le esperaban con expectación. Algunos habían viajado en autobús desde Monterrey y habían llegado por la mañana a la Ciudad de México. Todos tenían la ilusión de saludarlo, escucharlo, decirle alguna cosa y recibir su bendición. Como se trataba de la primera tertulia que tendría con sus hijos agregados, la gran mayoría no lo habían visto aún.

Llegaron con anticipación. Más de alguno llegó empapado por la lluvia. Pronto se fueron acomodando en el lugar: unos se quedaron en la puerta, otros se apiñaron cerca del lugar donde pensaban se sentaría el Padre.

De pronto se oyó la voz del Padre que los saludaba. Venía acompañado por don Álvaro, don Javier, don Pedro y otros que vivían en la casa de la Comisión Regional.

Alguno comentaría más tarde: «a mí me tocó la suerte de estar sentado en un cojín a sus pies. Me dijo: “¿qué me cuentas?” La confusión del momento me hizo contestar: nada Padre.

Vaya —dijo alborotándome el pelo—: “miren a este hijo mío que no tiene nada que contar”».

Al inicio de la tertulia, san Josemaría quiso decir algunas palabras a esos hijos suyos respecto a su vocación de agregados: «antes que me preguntéis algo les diré que en el Opus Dei hay una sola vocación; un solo puchero. Los nombres de numerarios, agregados y supernumerarios se deben a la disponibilidad —que en algunos es plena— para sacar adelante las obras corporativas. Los agregados tienen mucha disposición, pero no siempre pueden por diversas circunstancias de familia, de salud, de trabajo, etc. Y los supernumerarios son los que menos pueden porque tienen que atender a su mujer y a sus hijos, y a veces hasta a los nietos. Pero es una misma llamada a la santidad; yo tengo la misma vocación que tenéis vosotros; yo hago lo mismo que vosotros hacéis. ¿Está claro?»

Don “Fili” preparando un coktail para san Josemaría

«Si Padre», fue la respuesta que se escuchó al unísono. Sin embargo, san Josemaría que sentía el peso del cansancio a esas horas de la noche les dijo: «No; no está claro porque el Padre está muy cansado después de la paliza que hemos llevado hoy».

Algunos fueron comentando al Padre acerca de su ocupación, el Padre hacía bromas cariñosas a uno y a otro; a Héctor Lerma, profesor del Colegio Cedros, le dijo que procurara dar buena doctrina y ejemplo a sus alumnos.

Al enterarse de que Filiberto Barragán, “Fili”, era barman en un bar de la ciudad, le dijo:

«Ven, bandido, que te salude».

“Fili” se acercó emocionado, y besó la mano al Padre.

-Deja que te devuelva el beso- y el Padre le tomó las manos y se las besó.

- ¿Habéis visto? Yo también le he besado las manos, ¡y el bandido me las da!, concluyó riéndose y arrancando una rotunda carcajada en todo el auditorio».

Según relatan algunas notas de la época «el tiempo ni se sentía, hubiéramos querido seguir oyendo al Padre horas y horas, pero debido al cansancio que sentía, se despidió de nosotros prometiéndonos otra tertulia. Nos arrodillamos para recibir la bendición del Padre y le acompañamos hasta la puerta».

La segunda tertulia tuvo lugar el 31 de mayo por la mañana. Para los asistentes, la llegada no había sido sencilla debido a que ese día, se inauguraba el IX Campeonato Mundial de Futbol en el estadio Azteca y eso hacía difícil el transporte en la ciudad. Los regiomontanos, que habían repetido el plan de viajar de noche en el autobús, llegaron temprano a la RUP y allí asistieron a la Santa Misa para posteriormente disponerse a esperar al Padre en una sala grande situada en el segundo piso.

En el diario de la Comisión Regional se dice que «a las diez y media de la mañana el Padre fue a la RUP […] Les dijo que había querido esta nueva reunión con ellos porque la otra vez estaba agotado y no había disfrutado lo que hubiera querido con ellos, ni les había podido decir todo lo que traía en su corazón para ellos».

San Josemaría entró a la sala acompañado de don Álvaro, don Javier, don Pedro, y alguno más.

- ¿Dónde me siento?, Preguntó.

Y Pepe le respondió casi antes que terminara la pregunta:

- ¡Aquí, Padre!

El Padre se sentó en el lugar que sugirió Pepe y comenzó la tertulia.

San Josemaría les decía: «hay que preocuparse de otros; si no, no hacemos nada. Si cada uno de vosotros procura pegar el fuego que tiene en el alma al compañero de trabajo, al pariente, al amigo, al vecino, entonces el Señor estará contento. ¿Está esto claro?».

Volvió a hablarles de la riqueza y diversidad de la vocación de los agregados que se encuentra en todos los sitios: «no olvidéis que los agregados que hay en el mundo son muchos, bastantes millares. Y son de todos los ambientes sociales; desde un obrero encantador —que trabaja en el campo y es feliz, porque de paso se le ha enseñado a sacar más fruto de aquella bendita labor, en la que trabaja y en la que trabajaron sus padres y sus abuelos— hasta intelectuales de mucha categoría. Y también militares, y muchos generales, y almirantes, que son hermanos vuestros también, agregados. Y que trabajan colosalmente, que prenden fuego a derecha e izquierda, a lo que ellos tienen delante y a lo que tienen en las espaldas, a todo le prenden fuego».

Don “Fili”, el barman, iba muy preparado a la tertulia. Quería sorprender al Padre y llevó consigo todo el material necesario para preparar una bebida especial. Al verlo con todos los ingredientes dispuestos sobre una mesita, san Josemaría le dijo: «eres un gran químico». Filiberto preparó ahí mismo un cocktail que el Padre le alabó mucho: le dijo que quería la receta por escrito para llevársela a Roma y preparar allá esa bebida, para jactarse de esa fórmula de un hijo suyo; quiso además sacarse una fotografía con él.

Alguno de los asistentes escribió: «fue una tertulia que duró alrededor de hora y media, en la que pudimos palpar nuevamente la maravilla de la Obra y comprobamos el cariño del Padre por todos nosotros».