Don Pedro Casciaro: los inicios de una realidad (II)

Después de la llegada de don Pedro Casciaro y de algunos miembros de la Prelatura a la Ciudad de México en 1949, llegó un pequeño grupo de mujeres decididas a lograr la expansión del Opus Dei en el país.

Opus Dei - Don Pedro Casciaro: los inicios de una realidad (II)

El 6 de marzo de 1950 llegaron a la Ciudad de México desde Madrid: Guadalupe Ortiz de Landázuri, licenciada en química; Manuela “Manolita” Ortiz Alonso, licenciada en historia; y María Esther Ciancas Ranera, quien comenzaría sus estudios universitarios en México. Después de pasar algunos días en un pequeño departamento, el primero de abril se establecieron en Copenhague #32 en la colonia Juárez, donde abrieron una residencia de estudiantes que les permitió mantenerse y dar a conocer el Opus Dei. Guadalupe Ortiz de Landázuri decidió dirigirse a la Facultad de Química en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se inscribió en una asignatura del doctorado de ciencias químicas. Manuela Ortiz, acudió a la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad para tomar clases de historia de América. Mientras tanto, a través de la residencia, se ocuparían de la alfabetización y preparación para las tareas de hospitalidad de jóvenes provenientes del campo.

Biblioteca Central de la UNAM


Después de un corto tiempo y animadas por don Pedro Casciaro, se propusieron buscar una casa fuera de la ciudad que les permitiera extender el apostolado del Opus Dei a campesinas, y que sirviera también como lugar para cursos de retiro y otras actividades de formación espiritual.

Don Pedro consideró, como posibilidad, el casco abandonado en la hacienda de Santa Clara de Montefalco, en Morelos. Se contactó con la familia García Pimentel, descendiente de los dueños de lo que fue el gran emporio azucarero morelense.

La familia deseaba donar la hacienda que estaba en ruinas, por eso cuando don Pedro fue a pedir un donativo a doña Rafaela García Pimentel de Bernal, ella le ofreció lo que quedaba de la exhacienda de sus antepasados, la cual había sido incendiada en épocas de la Revolución. La otra opción fue gracias a los contactos de don Pedro Casciaro con mons. Abraham Martínez, obispo de Tacámbaro, Michoacán. Esta opción se trataba de un terreno de más de 19 hectáreas, en el que se podía iniciar una actividad de formación con campesinas.


Sin tener resuelto aún el deseo de contar con una escuela para campesinas, en Copenhague #32, el 6 de enero comenzó la formación en las tareas del hogar para chicas jóvenes que eran contratadas para trabajar allí. Las primeras estudiantes eran procedentes eran originarias de Tacámbaro, la mayoría apenas tenía 18 años de edad.

Fue gracias al apoyo de Mons. Abraham Martínez que los párrocos de la zona sugerían a algunos padres de familia enviar a sus hijas a estudiar en aquella residencia de la Ciudad de México. Era muy común en esos años que instituciones civiles invitaran a jóvenes a estudiar a la ciudad. Los padres veían en esos estudios una posibilidad de mejorar el nivel socioeconómico de su familia y accedían con facilidad a la petición de los hijos que querían emprender esta aventura. Sin embargo, la adaptación de quienes provenían de un medio rural a urbano era costosa, había demasiadas diferencias culturales y muchas de las jóvenes llegadas a la residencia preferían regresar a Michoacán, de donde habían venido, pero, debido al entusiasmo de Manolita y Guadalupe superaron las dificultades y la incipiente escuela de servicios de hospitalidad comenzó a adquirir estabilidad. Se daban clases de higiene, alfabetización, costura, cocina, urbanidad, y de catecismo de la doctrina cristiana.

Mientras tanto, se trabajaba para concretar la donación de algún terreno en el campo. Don Pedro, con su conocimiento jurídico, promovió la creación de una entidad civil que propiciara la tarea de poner en marcha el proyecto. El 11 de abril de 1951, en la Ciudad de México, con algunos fieles de la Obra y otros amigos, se constituyó legalmente la asociación Campo y Deporte, A.C, con el objetivo de fomentar estudios e investigaciones que tuvieran por fin el mejoramiento y aprovechamiento de los recursos del campo, estimular, patrocinar y sostener instituciones dedicadas a estos fines, y proporcionar ayuda y capacitación técnica a los agricultores; crear y ayudar al establecimiento de granjas experimentales, sistemas de cursillos o conferencias, para el conocimiento de datos y problemas técnicos del campo, dirigir, sostener y patrocinar centros culturales y deportivos y adquirir, construir y poseer los bienes muebles e inmuebles indispensables para tales objetos, celebrar los contratos, etc.

Durante esos meses, los representantes de la asociación decidieron hacerse cargo del terreno y edificios de la antigua finca agrícola de Montefalco, aunque los pasos legales iban lento; la nueva entidad propietaria los pondría a disposición de las actividades formativas que llevarían adelante algunas personas del Opus Dei.

La hacienda, ubicada en el Valle de Amilpas goza de un clima caluroso. Aún quedaba en pie, aunque medio derruido, el muro que rodeaba toda la hacienda y, dentro, en un terreno inmenso, se veían los restos de las casas, del porche, las bodegas y hasta de un hospital.

Los habitantes de los pequeños pueblos alrededor de Montefalco (Jonacatepec, Chalcatzingo, Jantetelco, Amayuca, etc.) apenas se mantenían de la explotación de sus tierras, adquiridas con la reforma agraria. El escaso rendimiento del suelo y la falta de instrucción les daban pocas herramientas para superar las condiciones de pobreza en las que vivían.

La primera misa en Montefalco

Pocos días después de saber que se disponía en Montefalco de agua, algunas residentes de Copenhague #32 decidieron ir a conocer el lugar. “En la Revolución habían incendiado todo menos la iglesia, pero no había vidrios y volaban aves adentro. Todo estaba abandonado. Había ratas que hacían su nido en el altar. Era impresionante. Una vez acondicionado todo, don Pedro celebró la Santa Misa” atestiguó Celia Cervantes.

En 1952 don Pedro Casciaro, que había cursado algunos años de arquitectura, se ocupó de impulsar los planes de reconstrucción de la hacienda y de animar a terminar las gestiones para la cesión legal del inmueble, que pertenecía a las familias encabezadas por Rafaela García Pimentel de Bernal, ampliamente conocida por su participación en asociaciones de promoción social.

En Europa, a san Josemaría le llegaban noticias de manera continua sobre los avances de Montefalco y alentaba a las residentes de la Ciudad de México a continuar. Recibieron una carta fechada el 10 de marzo de 1952 en donde expresaba su emoción y felicidad por estas labores y las bendecía con cariño. La bendición del fundador fue un impulso para trabajar superando las adversidades que no dejaban de presentarse.

En los últimos días de septiembre de 1953, Pedro Casciaro fue a Europa y se entrevistó con el fundador del Opus Dei. A su regreso, un mes más tarde, tenía la idea clara de que debía promover un patronato, es decir una asociación de voluntarias que se ocuparan de recaudar fondos para la reconstrucción de Montefalco. Este patronato, encabezado por Rafaela García Pimentel, organizaba varias actividades para conseguir los fondos necesarios.

Lento pero seguro, las obras de adaptación de la zona de la exhacienda donde vivirían y trabajarían las que realizarían los servicios de hospitalidad, siguieron avanzando.