Cristóbal, Antonio y Juan: los mártires de América que cambiaron la historia de la Evangelización

El pasado 15 de octubre se llevó a cabo la canonización de los tres primeros mártires de México y de América, los niños tlaxcaltecas: Cristóbal, Antonio y Juan. El padre Rubén Rodríguez nos contó la historia de estos niños y cómo es que ha llevado a cabo la causa de canonización.

El Opus Dei en México

La fe cristiana llegó a América en 1492 y con ella, los primeros mártires[1], tanto indígenas como conquistadores. Investigaciones históricas hechas hasta el 2015 han señalado que los primeros mártires de América murieron en Tlaxcala, México y son los adolescentes Cristóbal, Antonio y Juan.

Tlaxcala es considerada “Cuna de la Evangelización en México”, pues ahí llegó Hernán Cortés el 23 de septiembre de 1519 y con él dos sacerdotes: Fray Bartolomé de Olmedo, de la Orden de la Merced, y el Padre Juan Díaz, diocesano. Éste último celebró la primera Misa en la Ciudad de Tlaxcala y bautizó a los cuatro principales caciques de Tlaxcala: Xicohténcatl, Maxixcatzin, Tlahuexolotzin y Zitlalpopócatl. El 13 de mayo de 1524 desembarcaron en San Juan de Ulúa doce franciscanos enviados por el Papa Adriano VI, bajo el mando de Fray Martín de Valencia quien fundaría la primera Escuela Franciscana de Tlaxcala.

Diversos historiadores narran como los tlaxcaltecas recibieron la fe católica con libertad y gozo, convirtiéndose en evangelizadores. Entre ellos los primeros mártires de América.

Cristóbal (1514-1527)

“¡Oh padre, no pienses que estoy enojado, porque estoy yo muy alegre, sábete que me has hecho más horna, que no cale tu señorío”

Cristóbal fue hijo del cacique Acxotécatl y de su mujer Tlapazilotzin. Nació en la población de Atlihuetzía, que en lengua náhuatl significa “agua que cae”. En la Escuela Franciscana de Tlaxcala aprendió sobre el cristianismo y pidió ser bautizado. Con forme más aprendía de la fe católica más exhortaba a su padre y sus familiares a dejar la idolatría y la embriaguez para que pudieran vivir mejor y más cristianamente. Sin embargo Cristóbal al ver que no hacían caso a lo que él pedía, decidió derramar el pulque que encontraba en su casa. Molesto por estas acciones, su padre Acxotécatl, lo encerró en una habitación y lo golpeó hasta dejarlo muy mal herido; finalmente lo echó al fuego. Su madre se dio cuenta de lo sucedido y lo rescató junto con otros familiares por lo que Cristóbal logró sobrevivir unas horas más.

Cuando vio a su padre le dijo “¡Oh padre, no pienses que estoy enojado, porque estoy yo muy alegre, sábete que me has hecho más horna, que no cale tu señorío” . Estas fueron sus últimas palabras antes de fallecer. Su padre mandó que lo sepultaran en una habitación de su casa, pero cuando se descubrió lo sucedido Fray Andrés de Córdoba encontró el cuerpo incorrupto y, en compañía de muchos indios, lo trasladó al primer convento que tuvieron los franciscanos en Tlaxcala.

Años después, cuando se construyó la Catedral de Tlaxcala, lo trasladaron allí. Algunos historiadores afirman que hubo otro traslado: unos dicen que al convento de San Francisco de México y otros que al convento de San Francisco de Puebla.

Antonio y Juan (1516-1529)

Antonio y Juan nacieron en la población de Tizatlán, el padre de Antonio fue Yzehecatsin, hijo de Xicohtécantl el Grande, uno de los cuatro Senadores de Tlaxcala, Juan por su lado, era servidor de Antonio. Al igual que Cristóbal, aprendieron la fe en la Escuela Franciscana de Tlaxcala, de 1524 a 1528.

Por 1528, pasaron por Tlaxcala dos religiosos dominicos que se dirigían a evangelizar Oaxaca. Suplicaron a Fray Martín de Valencia que mandaran a algunos niños para ayudar como catequistas e intérpretes. El religioso temiendo por la integridad de los niños que pudieran acompañarlos se negó, sin embargo Antonio y Juan se ofrecieron para acompañarlos, tras mucho insistir, consiguieron el permiso de Fray Martín de Valencia no sin antes advertirles que deberían estar preparados, pues quizá tendrían que sufrir mucho. Ellos le contestaron que estaban tan dispuestos como san Pedro, san Pablo y san Bartolomé, quienes murieron por Cristo.

En 2012, el Papa Benedicto XVI propuso en la ciudad de Guanajuato a los Niños Mártires de Tlaxcala como modelos de vida cristiana para todos los niños de México...

Cuando llegaron a un pueblo cercano, en lo que ahora es Puebla, Antonio se dedicó a sacar las imágenes de ídolos que había en las casas de los indígenas mientras Juan las rompía con un palo, al percatarse de esto los pobladores mataron a Juan, cuando Antonio se dio cuenta los enfrentó diciéndoles “¿por qué le han dado muerte a mi paje si yo fui quien dio la orden?” después de esto mataron también a Antonio y arrojaron ambos cuerpos a una barranca cercana. Cuando rescataron los cuerpos, los enterraron en una capilla donde se celebraba misa en Tepeaca.

En 1982 el Obispo de Tlaxcala, mons. Luis Munive Y Escobar, introdujo la causa de beatificación de Cristóbal, Juan y Antonio. El 6 de mayo de 1990, el Papa Juan Pablo II beatificó a los Niños Mártires de Tlaxcala, en una celebración en la Basílica de Guadalupe. En 2012, el Papa Benedicto XVI propuso en la ciudad de Guanajuato a los Niños Mártires de Tlaxcala como modelos de vida cristiana para todos los niños de México, pues anunciaron a Cristo en los primeros años de la evangelización de México y “descubrieron que no había tesoro más grande que Él.”

Mons. Francisco Moreno Barrón, obispo de Tlaxcala, menciona cinco aspectos fundamentales de la vida cristiana de la que los Niños Mártires son ejemplo: 1) asegurar nuestra formación en la doctrina católica; 2) tener una vida sacramental; 3) buscar la santidad en nuestra vida familiar y en nuestras labores diarias; 4) vivir el discipulado tomando conciencia de que somos discípulos de Cristo y 5) vivir la misión, llevando el mensaje de Cristo a todos quienes conocemos.

La canonización de estos tres niños se llevó a cabo el 15 octubre de este año, siendo un hito en la historia de la Iglesia en el mundo y en México.



[1] La palabra mártir de origen griego Martyros significa testigo, es decir el que da testimonio de creer en Cristo, de esperar en Él y de amarlo a Él, hasta el derramamiento de su propia sangre.