Con los que no pueden ver ni oír

Vicente Franco Gil trabaja en una Asociación sin ánimo de lucro ubicada en Aragón (España) dedicada a la asistencia de personas sordociegas. En ella también prestan atención a sus familias, y a los profesionales que les cuidan -sus verdaderas manos y oídos-. Este es su testimonio.

Los sordociegos son aquellas personas que no pueden emplear ni la vista ni el oído. Las entradas comunicativas de estas personas se reducen a los signos que introducen otras manos sobre las propias. Su mundo empieza y acaba en las yemas de sus dedos y en su piel.

Es un gran sufrimiento para los padres comprobar cómo, de repente, su hijo no juega, no aprende a caminar, no se yergue, no responde a los diferentes tonos de luz ni de sonido… El mundo de la sordoceguera, desconocido y traumático, deja al ser humano incapacitado con una crueldad para nosotros incomprensible. Las personas obtenemos un 97% de la información a través de la vista y el oído; el 3% restante se consigue por el tacto. Invirtiendo las cifras, obtenemos una idea clara de cómo es la vida cotidiana de un sordociego y la de su familia.

La primera vez que conocí a un sordociego adolescente, apenas me rozó con su mano, y sin saber siquiera quién era yo, se arrojó a mi cuello abrazándome fuertemente, su única posibilidad de mostrar alegría y cariño. Entonces fue cuando de verdad le escuché. Oí que me decía: “Ayúdame, que en soledad no puedo vivir, dile a la sociedad que existo, que no me abandonen, que tengo mis derechos, que puedo sentir, que puedo vibrar, que puedo compartir, que mi alma, aunque me pesa, rebosa de esperanza, que estoy aquí...”.

Realmente fueron instantes únicos, sencillamente estremecedores, en los que su vida súbitamente se introdujo en la mía. Esta experiencia me transformó, trazó un horizonte nuevo para mi existencia. Acto seguido me vinieron al pensamiento aquellas palabras que relata el Evangelio: “Señor, ¿cuándo te cubrimos, te alimentamos, te visitamos, te asistimos (...)? Nuestro Señor respondió: Cuando con cada uno de estos vuestros hermanos más débiles y pequeños lo hicisteis, conmigo lo hicisteis”.

Y sentí mucha paz.

Pero los buenos sentimientos no son suficientes. Estoy convencido de que, sin fe, no podría continuar. Desde el principio comprendí que el Señor tenía una misión concreta para mí, como cristiano, como miembro del Opus Dei, en el peregrinaje de mi vida: servirle prestando ayuda a las personas que sufren el déficit sensorial simultáneo de la vista y el oído; y apoyar a las familias que soportan esta grave y dependiente discapacidad.

Procuro trabajar con ilusión todos los días para el beneficio de las personas sordociegas, esforzándome en terminar bien las tareas y cuidando las cosas pequeñas. Trato de ser un instrumento en las manos de Dios, y cuando llego a casa y recapacito en la labor que presto, alzo los ojos al cielo y digo: “Señor soy torpe y aún así confías en mí. Te doy gracias y te pido perdón por los muchos errores que cometo a lo largo del día. Mañana lo haré mejor, ayúdame a conducir a mis hermanos débiles”.

Nunca faltan las encomiendas a San Josemaría y a D. Álvaro del Portillo, a los que siempre tengo en mi presencia espiritual. Y les pido ayuda para santificarme en lo ordinario de cada día, para mejorar las condiciones de vida de las personas sordociegas en todo el mundo, y lograr el desarrollo máximo de todo su potencial intelectual, humano y social.

Además de ansiarla yo mismo, procuro involucrar en esta empresa a las instituciones públicas, a la sociedad y a las propias personas sordociegas, acompañadas de sus familiares y amigos. Hacen falta, porque no existen, centros residenciales de referencia y unidades de respiro para poder alcanzar estos fines. Y a ello me dedico en cuerpo y alma.

Las personas sordociegas son personas con derechos inherentes e inalienables, como el resto de sus semejantes. Y ante la imposibilidad de que puedan revindicar por sí mismos su propia dignidad, son los padres, los tutores y, por ende, el conjunto de la sociedad, los que han de luchar para que reciban un trato inspirado en los principios de equidad, justicia y amor cristianos.