Con corazón de Padre II: El misterio del pesebre

La historia de cada persona es una aventura. Y como todo camino que vale la pena, hay curvas inesperadas y cruces confusos. La vida de san José no estuvo exenta de dificultades y rutas incomprensibles. En este segundo artículo de la serie Con corazón de Padre, podemos observar desde los ojos del carpintero de Nazaret los caminos de Israel y las calles de Belén; y quizá, como él, descubramos que siempre vamos acompañados por María.

Opus Dei - Con corazón de Padre II: El misterio del pesebre

José permanece inmóvil ante la puerta que se acaba de cerrar frente a él. Ya ha perdido la cuenta. Posada tras posada, ha recibido la misma respuesta: aquí no hay lugar. La noche es fría. Las calles están ahora casi vacías. José, con el corazón encogido, vuelve sobre sus pasos. ¿Qué le dirá a María? ¿Qué debe hacer él? ¿Será que Dios los ha abandonado? Inmediatamente abandona este pensamiento. Sabe que el siervo no pide explicaciones a su amo.

A san José le pido que me ayude a darme cuenta de que también habrá fracasos, que no pasa nada: que nunca me olvide que todo es para gloria de Dios.–Alfonso

María lo espera en la esquina entre dos calles principales, donde ha nacido y crecido una higuera. Junto a ella, el burrito que han traído desde Nazaret ha inclinado la cabeza para pastar. María adivina en la expresión de José el resultado de la búsqueda. Le sonríe, aunque se encuentra un poco pálida. Se han quedado solos. Las familias en Belén se han ido a dormir. Todas menos una.

Alfonso y su esposa Rosalinda tienen cuatro hijos entre los veintitrés y los diez años de edad: «En esta pandemia, donde hemos tenido muchos casos de personas cercanas enfermas y críticas, mis hijos han tenido la iniciativa de rezar el Rosario, ofrecer misas entre semana y algunas pequeñas mortificaciones para ofrecerlas por estas situaciones».

María lo espera en la esquina entre dos calles principales, donde ha nacido y crecido una higuera. Junto a ella, el burrito que han traído desde Nazaret ha inclinado la cabeza para pastar. María adivina en la expresión de José el resultado de la búsqueda. Le sonríe, aunque se encuentra un poco pálida. Se han quedado solos. Las familias en Belén se han ido a dormir. Todas menos una.

Vivir la fe. Vivir de fe. ¿Dónde? Primero, en mi matrimonio. Y para mí, el ejemplo de san José es muy cercano, porque él también tuvo la misión de querer y cuidar a su esposa. –Fernando H.

Ante el dolor, ante el sufrimiento, se alza –imponente– la pregunta: ¿por qué Dios no interviene? ¿Acaso se goza en las penas de los hombres? Quizá pueda preguntarse lo mismo un niño que llora porque su madre no ha querido darle un cuchillo para que juegue. Dios, que tiene corazón de padre y corazón de madre, actúa a través de las personas: Él pensó en José desde antes de la creación del mundo para que acompañase a María y al Niño en esa fría noche de Belén.

Fernando H. lleva 40 años de casado: «Siempre es una lucha, porque en un segundo puedo perder todo. Por eso, le pido al Señor que me ayude, y con Él todo podemos. Fernando H

«El cielo intervino confiando en la valentía creadora de este hombre, que cuando llegó a Belén y no encontró un lugar donde María pudiera dar a luz, se instaló en un establo y lo arregló hasta convertirlo en un lugar lo más acogedor posible para el Hijo de Dios que venía al mundo (Patris corde, 5)». José acomoda a su esposa en el interior de la cueva, donde pueda entrar en calor. Pasea la mirada a su alrededor: no es mucho. En el otro extremo, descansa un buey, más bien flaco y desnutrido. El fiel burrito se ha echado junto al pesebre. El carpintero de Nazaret va aprendiendo a manejarse por los caminos divinos, con los cuales Dios ha elegido a un establo por palacio y a un artesano por padre.

Tengo a san José muy presente, sobretodo en esos pequeños detalles que haces por la familia y que ni siquieres esperas o quieres ser aplaudido. Pienso en él al considerar esa santidad en lo oculto. –Fernando D.

La noche avanza con serenidad y las estrellas se divierten asomándose a los sueños de los niños. Corre un viento frío, y el canto de los grillos se ve interrumpido intermitentemente por el ladrido de algún perro que recorre los callejones de Belén. Los poderosos de la Tierra duermen enfrascados en sus riquezas y ahogados en su egoísmo. En las afueras de la ciudad, en un humilde establo, se escucha el llanto de un recién nacido; y en los campos de Belén, un grupo de pastores escucha atónito el coro de los ángeles que anuncia el nacimiento del Mesías esperado.

Fernando D. y Rocío acaban de tener a su tercera bebé: «Es algo que nos llena de alegría y, aquí con los hermanitos, ha sido una luz renovada para la casa». Fer D

«Nos detenemos delante del Niño, de María y de José: estamos contemplando al Hijo de Dios revestido de nuestra carne» (Es Cristo que Pasa, 12). José toma al Niño en brazos. Sus manos de obrero, fuertes y recias, no saben cómo sujetar a un recién nacido. Pero María enseña a su esposo, y el carpintero de Nazaret se asombra ante el Misterio: observa las uñitas de sus dedos, la nariz –¡es igualita a la de Su Madre!– y los párpados que tiemblan un poco mientras duerme. «Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros» (Es Cristo que Pasa, 113).

Creo que es admirable lo que hizo san José, cómo cuidó a María y a Jesús. La familia puede parecer algo fácil, pero es muy complicado sacar adelante un hogar. Para eso, yo tomo muy en cuenta el ejemplo de la Sagrada Familia.–José Luis

El burrito continúa echado junto al pesebre. El buey se ha acercado para mirar mejor a la singular pareja con la que comparte techo esa noche. Un perrito ha entrado a la cueva, tal vez atraído por el calor del fuego encendido. José continúa mirando al Niño, sin poder despegar los ojos de él. María los observa con una sonrisa y guarda esa imagen en el corazón.

José Luis y su esposa comparten con sus cinco hijos la devoción a san José: «Ella todos los días manda al grupo de Whatsapp de la familia una imagen de san José con algún breve texto; así lo leemos todos». José Luis