Amor y creatividad: vacunas contra el confinamiento

Educar a los hijos siempre ha sido una labor titánica. ¿Qué pasa si agregamos una pandemia a la ecuación? Nada que un poco de fe y creatividad no puedan arreglar.

Opus Dei - Amor y creatividad: vacunas contra el confinamiento



«Oye, mamá, ¿por qué Dios permitió el virus?», atónita por la pregunta de su hijo, Alejandra entendió que, junto con su esposo Jorge, tenía un desafío doble: educar a sus hijos en la fe… durante una pandemia.

El mayor de sus hijos tiene cinco años, la pequeña tiene dos y una tercera que acaba de nacer. Así, la joven familia González Ríos nos relatan los retos a los que se han enfrentado y cómo los han solucionado.

A la pregunta de por qué Dios permitiría algo así, Jorge y Alejandra le explicaron el origen del virus, cómo se fue contagiando, por qué hay que cuidarse y aprovecharon para hacerle ver que había mucho qué agradecerle a Dios. «Quedó muy contento con la respuesta. Nos dimos cuenta de que, en la medida en que les respondamos de la manera más clara y comprensiva, ellos toman mejor las cosas». Jorge y Alejandra están convencidos de que los niños, por pequeños que sean, entienden más de lo que los padres a veces creen.

Más allá de las preguntas difíciles, conforme pasaron los meses descubrieron que la creatividad es su mejor aliada. Al principio bastó con hacer un horario para cada integrante de la familia, eso les ayudó a mantener un ambiente de normalidad. Pero no tardaron en notar que necesitaban romper un poco la rutina.

Los fines de semana, cuenta Jorge, son un reto: cada sábado es un día entero que se tiene que llenar de actividades. Las soluciones varían desde correr en el jardín hasta armar LEGOs en familia. También aprovecharon la oportunidad para empezar a enseñar al mayor a usar la bicicleta mientras la pequeña los acompaña en su triciclo.

Jorge y Alejandra leyeron artículos en los que se hablaba de la importancia del tiempo libre. «Conviene dejar a los niños que ideen sus cosas, darles tiempo libre; tampoco es bueno sobre estimularlos dándoles todo el tiempo cosas para hacer», explica Jorge. Notan con entusiasmo como sus hijos aprovechan sus momentos de ocio para ser más creativos y autónomos: «De pronto era mucho de ‘¡mamá, ven y juega conmigo!, ¡papá, ven! Claro que íbamos súper dispuestos, pero también queríamos impulsarlos a esa parte de jugar solitos».

Como padres, Jorge y Alejandra son conscientes de su responsabilidad ante Dios por la formación de sus hijos, por lo que idearon algunas actividades para seguir formando en la fe a sus pequeños. El primero fue rezar todos juntos en la noche. Cuando llega la hora de dormir, Alejandra les lee un cuento y, al terminar, juntos rezan un Padre Nuestro o un Ave María y terminan con la oración a su angelito de la guarda. «En las noches que hacemos todo un ritual para dormir, poco a poco ellos me dicen ‘bueno, mamá, ahora otro Ave María’, y digo ¡wow!, poco a poquito les hemos inculcado eso», cuenta Alejandra con una sonrisa.

A la par de rezar por las noches, Jorge y Alejandra tuvieron la idea de dar paseos por el coche. Por una parte, permitía que los niños –y ellos también– cambiaran de aires, pero también servía para aparcar frente a la iglesia que visitaban y rezar un par de Ave Marías. «También les decimos que pidan por alguna cosa. Es una forma práctica de reforzar la fe».

Los hijos no son los únicos que han aprendido a convivir con la pandemia. Jorge y Alejandra redescubrieron el trabajo en equipo y el amor que une su hogar. También encontraron en la pandemia una oportunidad de pasar más tiempo juntos y disfrutar la cercanía con sus hijos. «A veces me pasaba que estaba muy a las carreras; que llévalos, recógelos, el play day, la ida al parque. Y no te tomas el tiempo de disfrutar las pequeñas cosas de la vida, de los hijos», relata Alejandra.

Es enriquecedor poder participar del crecimiento de los hijos, y el confinamiento puede verse desde ese lente positivo. Así, la familia González Ríos aprendió a disfrutar cada momento como una oportunidad para crecer en el amor. Porque si se quedan con algo de la pandemia es precisamente que el amor lo puede todo, que la situación no pesa más que la fe y que hay mucho por lo qué estar agradecidos con Dios.