Etiqueta: Ítaca

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«Yo hacía todo por cumplir, por quedar bien, me sentía obligada»

«Yo hacía todo por cumplir, por quedar bien, me sentía obligada»

La lejanía del corazón no siempre tiene que ver con la distancia física. Rosa era una cristiana practicante y no es que tuviera la vida rota, ni que fuera una persona triste, ni que necesitara que Dios le quitara una piedra del zapato. Pero hacía todo lo referente a la religión por cumplir, por quedar bien y por si al Dios de las alturas le daba por castigarla...

El milagro estaba en sus manos

El milagro estaba en sus manos

Manuel llevaba muchos años siendo un ateo convencido cuando una noticia amenazó con desequilibrar su racionalidad perfecta: La “milagrosa” curación de las manos de su padre abría las puertas para la canonización del fundador del Opus Dei. En ese momento comenzó su peor pesadilla: los mensajes de “habéis salido en el periódico”, “en las noticias”, los titulares de “el médico que le dio la santidad a Escrivá de Balaguer”… Y un billete a Roma que, por supuesto, se negó a aceptar.

«Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía»

«Dejé de rezar porque no se cumplía nada de lo que pedía»

La adolescencia es un momento crítico para la fe de una persona y, en el caso de María, fue el principio de un “hasta luego” que le duró hasta los 47 años. A esa edad todo le iba de maravilla. ¿Todo? Por dentro se sentía totalmente vacía, insatisfecha... Y un día, sin más motivo, le “apeteció” ir a Misa.

«Mi vida se iba por el desagüe y me agarré a aquel papel como a un clavo ardiendo»

«Mi vida se iba por el desagüe y me agarré a aquel papel como a un clavo ardiendo»

A los 50 años, después de 28 trabajando como directivo de una gran empresa, José tuvo una fuerte crisis. ¿Profesional? ¿Personal? ¿Existencial? Tenía una buena familia, un buen trabajo, estaba reconocido y ganaba dinero. Pero él, que había estudiado la carrera de Bellas Artes con la ilusión de ser pintor, se sintió de repente con media vida ya pasada y sin apenas haber comenzado a vivirla. Entonces, tomó una decisión radical que cambiaría su existencia.

«Tengo todos los pecados. Menos matar. Ponme uno de cada»

«Tengo todos los pecados. Menos matar. Ponme uno de cada»

Cuando su padre le decía: “Tú estás buscando algo, te digo que acabarás yendo a Misa todos los días”, África se reía. “Sí, hombre, ¡no voy nunca y ahora voy a ir todos los días!”. A veces intentaba acercarse a la Iglesia, pero le parecía imposible: no entendía las palabras del sacerdote, todo le parecía repetitivo… y además tampoco lo necesitaba. Estaba totalmente en off.

«Me refugié en las drogas sin saber que iba a refugiarme en el infierno»

«Me refugié en las drogas sin saber que iba a refugiarme en el infierno»

La vida de Ángel es la más dura de todos los hijos de Ítaca. Nació en el madrileño barrio del Puente de Vallecas, en el que ha vivido siempre. Un lugar humilde donde las drogas camparon a sus anchas en los años 80, llevándose por delante las ilusiones de cientos de familias. Entre otras, la suya. Ni la fe que le transmitieron sus padres, ni el trabajo, ni su matrimonio fueron suficientes para superar la tentación. Al final, la muerte de su madre acabó por empujarle directamente hacia el abismo.

Volver a la Iglesia a los 50

Volver a la Iglesia a los 50

El reportaje multimedia Regreso a Ítaca, realizado por un grupo de periodistas y desarrolladores vinculados al Opus Dei, recoge el testimonio de seis personas que después de muchos años sin práctica religiosa han vuelta a la Iglesia en torno a los 50 años. «Yo, que he estado tan lejos, tan separado de Dios, que he habitado en el infierno [de las drogas], ahora no puedo vivir sin Él», confiesa Ángel en el documental

“Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50 años

“Regreso a Ítaca”, volver a creer a los 50 años

“Regreso a Ítaca” es un reportaje multimedia que recoge seis historias de personas maduras, en torno a los 50, que después de muchos años sin práctica religiosa han vuelto a la Iglesia. El reportaje ha sido presentado hoy en Madrid y destaca el símil de Ítaca como símbolo de hogar y del regreso a casa de un converso.