Meditaciones: domingo de la 21.ª semana del Tiempo ordinario (ciclo A)

Reflexión para meditar el domingo de la 21.ª semana del Tiempo ordinario. Los temas propuestos son: una pregunta decisiva; la fe de Pedro; la Iglesia de Cristo

- Una pregunta decisiva.

- La fe de Pedro.

- La Iglesia de Cristo.


CESAREA de Filipo está situada al norte de Israel, cerca del nacimiento del río Jordán. En uno de sus viajes, Jesús se acercó con los apóstoles hasta esta región. El Señor aprovechaba los trayectos, donde había momentos de más tranquilidad, para moldear con su palabra el corazón de los discípulos. En diversas ocasiones se ve cómo les explica las parábolas que no habían sabido descifrar, o responde a sus preguntas e inquietudes. Es fácil imaginar que entre ellos hablarían de los sucesos que habían vivido a su lado, de los milagros y signos extraordinarios de los que habían sido testigos. Después de tantos meses juntos, los apóstoles se iban formando una idea cada vez más precisa del Maestro. En la cercanía del Señor, sus corazones buscaban certezas, respuestas definitivas.

En este clima, al llegar a Cesarea, Jesús dirigió la conversación hacia esa cuestión. Primero les preguntó: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). Ellos le respondieron lo que se comentaba en los corrillos que se formaban después de las predicaciones: que era un antiguo profeta o el mismo Juan Bautista, que había resucitado. Es decir, el pueblo lo consideraba un personaje religioso, uno más dentro de la larga lista de hombres de Dios. Pero, en realidad, al Señor no le interesaba tanto lo que se decía de él como lo que ellos, sus amigos, creían en su corazón. Por eso, a renglón seguido, dirigiéndose personalmente a los doce, les preguntó: «¿Y vosotros quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).

Esta es la pregunta decisiva que hoy podemos volver a escuchar en nuestro corazón. Han pasado más de dos mil años y Jesús sigue planteándola a cada uno de los que somos sus discípulos: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?». Es una pregunta que no pide una respuesta aprendida en los libros, sino que debe ser personal, nacida de la experiencia de quien sigue de cerca al Señor. León XIV, en su primera homilía tras ser elegido Papa, comentaba que hoy no faltan contextos «en los que Jesús, aunque apreciado como hombre, es reducido solamente a una especie de líder carismático o a un superhombre, y esto no solo entre los no creyentes, sino incluso entre muchos bautizados»[1]. También por eso, cada encuentro con Cristo nos invita a purificar un poco más nuestra mirada y a renovar, desde dentro, la fe en quién es verdaderamente Jesús para nosotros.


EN NOMBRE de todos, después de escuchar la pregunta de Jesús, Pedro tomó la palabra y respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Es una confesión de fe que, desde aquel día, la Iglesia sigue repitiendo siglo tras siglo. «También nosotros queremos proclamar esto hoy con íntima convicción: ¡Sí, Jesús, tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo! Lo hacemos con la conciencia de que Cristo es el verdadero “tesoro” por el que vale la pena sacrificarlo todo; él es el amigo que nunca nos abandona, porque conoce las expectativas más íntimas de nuestro corazón. Jesús es el “Hijo del Dios vivo”, el Mesías prometido, que vino a la tierra para ofrecer a la humanidad la salvación y para colmar la sed de vida y de amor que siente todo ser humano»[2].

La respuesta de Pedro no nace solo de su inteligencia ni de la convivencia prolongada con el Maestro. El mismo Jesús le hace ver que aquella profesión de fe, en la que confiesa su divinidad, tiene un origen más alto: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). Y el Señor aprovecha esta manifestación de fe para confirmar a Pedro en su misión: «Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16,18).

La fe de Pedro es, como la nuestra, un don divino. No es el resultado de un simple esfuerzo intelectual, aunque compromete también nuestra razón. Dios es quien toma la iniciativa: abre las puertas de su intimidad y nos invita a participar de su vida. Por eso, la fe no consiste solo en aceptar una información valiosa sobre Jesús, sino en entrar en una relación personal con él, en adherirnos a su persona con toda nuestra vida. «Así, la pregunta de Jesús (…) en el fondo está impulsando a los discípulos a tomar una decisión personal en relación a él. Fe y seguimiento de Cristo están estrechamente relacionados. Y, puesto que supone seguir al Maestro, la fe tiene que consolidarse y crecer, hacerse más profunda y madura, a medida que se intensifica y fortalece la intimidad con Jesús. También Pedro y los demás apóstoles tuvieron que avanzar por este camino, hasta que el encuentro con el Señor resucitado les abrió los ojos a una fe plena»[3].


EN EL MARCO de esta conversación, Jesús habla de la Iglesia. La compara con un edificio en el que Pedro –y, con él, los demás apóstoles– tiene un papel insustituible como cimiento visible, porque recibe de Dios el poder de atar y desatar en la tierra y en el cielo. El Señor desea construir su Iglesia sobre la roca de la fe de estos hombres. A simple vista, no parece un fundamento suficientemente sólido; pero Dios ha querido hacerlo así. Sin embargo, la Iglesia no es una simple institución humana, como tantas otras: es y sigue siendo de Cristo. Asistida desde sus inicios por la ayuda de Dios, Uno y Trino, no vive de sí misma ni para sí misma. Como no se puede separar la cabeza del cuerpo, tampoco se puede separar a Cristo de la Iglesia.

Jesús se refiere a ella como «mi Iglesia». La Iglesia es de Jesús, no es nuestra. Su origen no está en una decisión de Pedro o de sus compañeros. Aunque ellos sean pilares indispensables, es Dios quien la ha fundado y quien la sostiene en el tiempo. De Cristo recibe la vida; él la alimenta y fortalece. No es la Iglesia de un Papa concreto ni de un grupo de personas; tampoco pertenece a una determinada corriente ideológica o a un territorio particular. Es la Iglesia de todos los pueblos, una Iglesia que no se identifica en exclusiva con ninguna nación ni cultura.

«La Iglesia eres tú –explicaba san Josemaría–, y soy yo, y es aquel que está a mi lado... Todos somos Iglesia»[4]. Los discípulos de Jesús caminamos juntos, en la comunión de su Iglesia, tras los pasos de Cristo. «La Iglesia es eso: Cristo presente entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria»[5]. A la Virgen María le podemos pedir una fe como la de Pedro, para que todos en la Iglesia demos testimonio de que Jesucristo es el Salvador de todos los hombres y la fuente viva de nuestra esperanza.


[1] León XIV, Homilía, 9-V-2025.

[2] Benedicto XVI, Ángelus, 24-VIII-2008.

[3] Benedicto XVI, Homilía 21-08-2011.

[4] San Josemaría, Apuntes de una tertulia (1972).

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 131.