“Yo quería ser como esa mamá”

A los 14 años, bajo un árbol, Ivanna pensó que Dios estaba pidiéndole algo. A los 22, se casó con Leandro y hoy tienen cuatro niños. En este testimonio cuenta cómo el ejemplo de otra mujer le acercó a Dios.

Ivanna Yensen tiene 29 años y está casada hace siete años con Leandro Abalos. Completan la familia: Candela (seis), Marquitos (en el Cielo), Juan Cruz (cuatro), Camila (tres), Nicolás (uno) y pronto nacerá Lucía. 

Estudió Filosofía en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino y actualmente trabaja en el colegio El Buen Ayre como profesora de Doctrina Cristiana, y en tres colegios de Muñiz y Bella Vista como profesora de Filosofía y materias de formación humana.

La búsqueda

"Un día, cuando tenía 14 años, estaba rezando recostada en el pasto, mirando el cielo a través de las hojitas del árbol que me daba sombra. No olvido más ese momento: entendí que Dios quería todo de mí. Desde ahí no paré de buscar cómo, dónde, cuándo… pero los vientos soplaban confusamente.

Al año siguiente, empecé mi noviazgo con Leo, ahora mi marido. Pero insisto, los vientos eran raros: por un lado, pensaba en mi entrega total al Señor y, por otro, Leo parecía llevarse toda mi alma y mi corazón. 

El Encuentro

Cuando tenía veinte años y estaba en la facultad, un día fui a estudiar a casa de una compañera. Crucé la puerta principal de la casa de mi amiga y me emocioné muchísimo… ¿Qué había?... Nada, nada fuera de lo común y corriente -desde lo superficial por supuesto-; pero allí Jesús se me mostró en lo profundo. 

Lo que vieron mis ojos fue una casa ordenada, limpia, igual que otras casas que había conocido, incluida la mía. En la entrada me recibía una imagen de la Virgen Inmaculada adornada con flores y también la mesa estaba decorada con flores. Había una cocina y un comedor normales, pero ordenados como para un batallón, con espacio y gavetas suficientes para una gran familia. 

En resumen, vi una casa sencilla, incluso más modesta que otros hogares que jamás me llamaron la atención. Pero mi corazón vio más… Yo quería ser como esa mamá… ¿Quién era? ¿Qué hacía? Seguramente era alguien especial: no cualquier mamá conmueve, habla de Dios a través de su casa y de su trabajo de todos los días. Me quedé con muchas ganas de conocerla porque pensaba que Jesús me llamaba a ser como ella. 

Cuando llegó la hora de acostarme, no pude dormir y lloré durante largos ratos de esa noche –de emoción–. Tenía el convencimiento de que había encontrado mi camino, de que mis dos amores (Jesús y Leo) se hacían compatibles en la vida de esa mujer a la que sólo conocía por el amor que se respiraba a través de su casa. 

Por la mañana, me lancé indiscretamente a cuestionar a mi amiga: ¿Quién es tu mamá? ¿Qué hace? ¿De qué trabaja? ¿Pertenece a una congregación? Mi amiga, dejando escapar la risa por la sorpresa, se remitió a desmoronar todo mi tono de intriga y misterio con un: “Nada…está en casa, no es de ninguna congregación”. 

Ese "nada" de mi amiga en realidad era "algo"… sólo que caracterizado por no ser algo distinto a lo de todos los días. Su mamá era supernumeraria del Opus Dei. Sin embargo, no lo descubrí hasta un tiempo después. 

Volviendo a lo de antes: después del interrogatorio fallido, no podía creer lo que me pasaba, cuando parecía que había llegado lo que estaba esperando desde tanto tiempo atrás. No podía dejar todo ahí, entonces le pregunté a mi amiga si conocía dónde hacer un retiro espiritual en silencio. “Quizá te pueden ayudar los retiros que predican sacerdotes de la Obra”, me contestó. 

La Entrega

Un dos de octubre, tres años después de ese retiro, pedí la admisión en el Opus Dei como supernumeraria… No sabía qué significaba esa fecha (aniversario de la Fundación de la Obra), pero cuando me enteré pensé: “nació la Obra… nací yo… ¡pero claro! Si Dios pensó la Obra desde toda la eternidad para mí…”. 

Desde entonces, el desafío de todos los días es convertir mi casa en el hogar de Nazareth, como decía San Josemaría. Y cada vez me convenzo más de que la mejor manera de ser instrumento fiel al Señor, es dejándole que haga las cosas. Así vivo mi reposo obligado para cada embarazo [Ivanna sufre una patología por la cual ante el mínimo esfuerzo se generan contracciones que podrían derivar en el nacimiento prematuro del bebé]. 

Durante ese tiempo, trato de ofrecer al Señor todo lo que hago: es decir "nada". Evidentemente, según las obligadas circunstancias, pienso que a Jesús le parece mejor que yo “me borre”, para que Él pueda "escribir".