"Yo os llamo amigos"

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Han pasado doce años desde que un reducido grupo de profesores inaugurara el Estudio General en la Cámara de Comptos de Pamplona. Ahora, cuando noviembre amenaza frío sobre la ciudad, celebra su Primera Asamblea General la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra. Porque, a lo largo de este tiempo, las Facultades han crecido, los alumnos se multiplican y la seriedad del ambiente atrae a cuantos quieren emprender, con ánimo abierto, el camino de la ciencia. Pamplona se ha convertido en un foco de cultura que transforma sus calles en una estampa internacional. Jóvenes de todo color, idioma y latitud, comparten las aulas de este Centro docente. También dentro y fuera de la geografía de España, la Universidad de Navarra se ha ganado un prestigio. Por eso, porque su trabajo ha sido arduo y verdadero, muchos se han acercado a su amistad. Y ayudan a esta empresa con la generosidad de su aliento, de sus conocimientos, de su aportación económica.

El 27 de noviembre de 1964 se anuncia la llegada de Monseñor Escrivá de Balaguer, Gran Canciller de la Universidad. Se han alzado los edificios sobre el Campus. Goimendi y Belagua , dos grandes Colegios Mayores, asoman sus torres junto a la hilera de chopos que bordea el camino. El Edificio Central, con el Rectorado y la Biblioteca, concluye hoy sus últimos detalles de instalación. Arriba, al otro lado de la carretera, se levanta la Clínica Universitaria, cerca del Hospital de Barañain.

Toda la actividad gira alrededor del día 28: carpinteros, albañiles, visitantes, jardineros... trabajan para preparar adecuadamente esta Asamblea de Amigos de la Universidad. Se calcula la llegada de unas doce mil personas, y los alojamientos en la ciudad y pueblos adyacentes están ya colmados.

A las cuatro y media de la tarde del día 27, el Padre llega al Colegio Mayor Aralar . Todos los que viven la ilusión de la espera, desde hace varias horas, se acercan a saludarle. Viene lleno de optimismo, sonriente. Como siempre. Con una palabra certera y amable para cada uno. Quiere ver a todos los estudiantes del Mayor, reunidos en el cuarto de estar. No le importa el cansancio del viaje. Está en su elemento: entre la gente.

«Yo querría daros una nueva dimensión de la Universidad de Navarra. Queremos que en ella se formen hombres rectos, limpios, claros, que sepan defender y amen la libertad de los demás. Navarra es punto de partida, y no de llegada. Nos llaman de todas partes. Y aquí debemos formar el profesorado para hacer labores universitarias en todo el mundo, para hacer las cosas muy seriamente, y -al mismo tiempo- con buen humor»(21).

El día 28, a las once de la mañana, se celebra la investidura de Doctor honoris causa de los dos últimos Rectores de la Universidad de Zaragoza. Cuarenta banderas de las nacionalidades representadas en este centro navarro se alzan sobre los mástiles de acceso al Edificio Central. El Campus es una fiesta de color universal. Más de trescientos profesores de Facultades españolas y extranjeras forman el cortejo académico. Mientras Pamplona se lava con una lluvia suave, un gentío que sobrepasa las veinte mil personas espera en la explanada y escucha a la tuna, que golpea el aire con el ritmo de sus panderetas.

Esta tarde el Padre tiene un horario agotador: se reúne con los profesores; asiste a una recepción en el Ayuntamiento; saluda a cuantos se acercan a hablarle. Se preocupa por los que vienen de viaje para asistir a la Asamblea. Le gustaría charlar personalmente con cada uno. En el salón de actos del Colegio Mayor Belagua se reúne con grupos numerosos para tener una conversación informal, una tertulia. Le hacen preguntas familiares, confiadas, en las que descubre un cariño que llena el interrogante y la respuesta. Durante dos días hablará en dieciocho tertulias: con el personal de servicio de la Universidad, los alumnos hispanoamericanos, los periodistas y corresponsales de agencias internacionales, religiosos y sacerdotes diocesanos de Pamplona.

La mañana del día treinta, fijada para la Asamblea, amanece nevando sobre la ciudad. Pero nada rompe el aire festivo de las calles abarrotadas de visitantes. Pamplona, cordial anfitriona, colabora abriendo las puertas de su amistad.

A las once en punto, la Catedral está repleta. En el claustro, cientos de personas siguen la ceremonia por un circuito cerrado de televisión. No han podido encontrar sitio en las naves del recinto. El coro de la Universidad incoa los cantos litúrgicos. Durante la homilía, el Padre habla del Papa, que en estos días viaja a la India, y pide que sigan los pasos del Pontífice. Luego -es la fiesta de San Andrés- les habla del apóstol a quien Dios llamó en medio del mundo y de su trabajo, como en el Opus Dei: «estamos en medio del mundo, en la calle; somos amigos del aire puro, del agua clara y de la luz del sol»(22).

Los corresponsales extranjeros le asaltan al terminar la Misa. El Fundador responde de un modo claro, alegremente. Les insiste en su actitud de absoluta libertad para escribir lo que quieran de esta entrevista. Y les añade: «Si decís la verdad, haréis un gran bien. Si no, yo rezaré por vosotros y, de todas formas, saldréis ganando. Confío en vuestra hombría de bien»(23).

Por la tarde tiene lugar la Asamblea de Amigos de la Universidad en el teatro «Gayarre» de la ciudad. También hay muchos que no podrán entrar y han de seguir el diálogo del Padre con las gentes a través de los aparatos de televisión.

«Llamaros Amigos de la Universidad de Navarra es estupendo. Cuando el Señor, en su Evangelio, quiere decir una palabra de amor, nos llama amigos. Yo os llamo amigos de Jesucristo, porque sois amigos de esta Universidad, donde alienta siempre el espíritu cristiano. Dios os bendiga.

¿Qué espera la Universidad de vosotros? Primero, vuestras oraciones. Después, vuestro espíritu de sacrificio, vuestra simpatía y vuestro cariño (...). Gracias, muchas gracias. Gracias en nombre de este Opus Dei, que es el último apóstol que el Señor ha promovido en su Iglesia Santa. El último, pero ya universal, porque trabaja en todos los continentes»(24).

A lo largo de esta reunión coloquial se suceden los comentarios, el buen humor, las respuestas firmes pero no hirientes, las palabras llanas y claras. Los aplausos. Se habla de libertad, de comprensión, de familia, de vocación matrimonial, de santidad en medio del mundo:

«No olvidéis que el mundo es cosa nuestra, que el mundo es nuestra casa, que el mundo es obra de Dios y lo hemos de amar, como hemos de amar a los que están en el mundo. Que es oficio nuestro consagrar a Dios el mundo, mediante esta dedicación al servicio del Señor, cada uno en el ejercicio de su trabajo ordinario, para ser testimonio de Jesucristo» (25).

El día 2 de diciembre de 1964, antes de salir de Pamplona, quiere el Padre reunirse una vez más con los estudiantes de Belagua. Está cansado después de las jornadas que acaban de transcurrir. Pero cuando entra en el salón, despliega un tono gozoso que cubre hasta el último rastro de fatiga. Alguien le recuerda que prometió una imagen de la Virgen como regalo para la Universidad.

El Padre asegura que les hará llegar una imagen que ya está terminada. Sólo falta darle la pátina que suelen emplear los escultores italianos. Es de mármol y más alta que una mujer de buena estatura; está sentada y con el Niño que bendice y aprieta una rosa contra su corazón. Jesús permanece en pie sobre un montón de libros: el primero es de Derecho, porque fue la primera Facultad; después, Medicina, Derecho Canónico, etc.

Les explica que se instalará en una ermita en el Campus Universitario para que bendiga, desde su advocación del Amor Hermoso, muchos amores humanos, santos, nobles, limpios y fecundos.

Un año más tarde, esa imagen de la Virgen, Madre del Amor Hermoso, será bendecida por Pablo VI como un mensaje de cariño y un deseo feliz a los hombres y mujeres que, en comunión de intereses y afectos, comparten el trabajo de la Universidad de Navarra.