VOLVIENDO A DESCUBRIR TODO

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En octubre del 79 se recibió esta carta en la Vicepostulación del Opus Dei en Nueva York:

Hace unas pocas semanas, mi madre les escribió con el fin de relatar un favor recibido a través de la intercesión de Monseñor Escrivá de Balaguer. Yo lo hago para darles más detalles del mismo caso.

Tengo treinta y seis años, y toda mi vida la he pasado sabiendo que mi madre es casi ciega. Tenía el ojo izquierdo totalmente inutilizado debido a un glaucoma; recientemente hemos descubierto que se trata de un desprendimiento de la retina, y que no hay posibilidad de recuperación. Conservaba un mínimo de visión en el ojo derecho, pues tenía una catarata que su antiguo doctor se negaba a tocar, porque ya era tarde –explicaba–, y había grave riesgo de perder la poca visión que le quedaba.

Mi madre lograba manejarse en casa, porque sabía dónde se encontraba cada cosa; pero nunca se atrevía a salir a la calle sin alguien que la condujera. Para dar una idea de su poquísima vista: tropezaba a menudo con nosotros, cuando la íbamos a visitar, si no oía nuestra voz, que la orientara; cuando ni¡ padre se levantaba de la mesa, en un restaurante, para saludar a algún conocido, mi madre continuaba hablándole, sin darse cuenta de que se había marchado; cuando yo la acompañaba a comer, le indicaba –usando la imagen de las manecillas del reloj– en qué parte del plato se encontraba la comida: la verdura está a las tres; la carne a las seis.

Sin embargo, todo esto no le impedía asistir a la Santa Misa diariamente, pues mi padre la acompañaba.

En mayo pasado, mi padre –que tenía setenta y cinco años, seis más que mi madre–, fue hospitalizado con síntomas de cáncer. Ella se preocupó mucho por él, y por sí misma, ya que su marido era como sus ojos. Por esta razón, decidió buscar el consejo de otro doctor, que habló de la posibilidad de operar la catarata del ojo derecho. Después de mucha oración, mi madre accedió, consciente de que existía mucho riesgo de quedar totalmente ciega.

El 20 de agosto, a las doce treinta de la noche, tuvo lugar la intervención. Ese día, mamá nos tranquilizaba diciendo que Dios iba a dirigir las manos del doctor, y todo saldría bien. Rezábamos con intensidad por ella, en la familiay en el barrio. La operación marchó bien, según nos informaron; ahora quedaba esperar a ver los resultados. A1 día siguiente, le quitaron el parche y le colocaron una cubierta protectora con un agujero en el centro, que servía de marco a una pequeña lente de aumento. Nos daba alegría comprobar que veía un poco nuestras caras.

Al día siguiente estaba peor. La incisión encima del iris sangraba, y causó un coágulo en el frente del ojo. Sólo veía claro y oscuro, sin poder siquiera distinguir su propia mano. Nos informaron de que se aclararía en un par de días. Pero no hubo mejora; incluso, después de una semana. El médico pidió a un colega que examinara el ojo de mamá; recetó una medicina para el derrame, que produjo efectos secundarios, bajándole considerablemente la presión arterial, adormeciéndole las manos y los pies, etc. Por eso le suspendieron esa medicación la mañana del 30 de agosto, diez días después de la operación. El ojo quedaba como antes, viendo sólo claro–oscuro.

Me marché del hospital el 31 de agosto, viernes, hacia las seis y media de la tarde, y seguía en esta situación. Esa noche, pensé que debía rezar el Rosario por la curación del ojo de mi madre. Al tratar de sacar del bolso su fotografía, que llevaba conmigo desde su operación, salió en su lugar la estampa de Monseñor Escrivá de Balaguer, a quien había acudido durante la intervención. Sentí un poco de desilusiónal recordar que mamá estaba peor que antes. Sin embargo, dejé las dos fotografías juntas. Al terminar el rezo del Rosario, pedí una vez más al Fundador del Opus Dei que curase a mi madre.

Al día siguiente, día 1, llamé al hospital y, ante mi asombro, la respuesta de mamá fue llena de vida:

–Tengo las maletas hechas: me voy a casa. Ha sucedido un milagro anoche, y ¡puedo ver!

Me quedé sin palabras, mientras ella me explicaba que durante la noche, se levantó varias veces, siempre guiándose por las paredes, pero notó que podía ver; al levantarse por la mañana, se sorprendió de ver a la enfermera que entró en la habitación para tomarle la presión arterial; distinguía incluso las rayas del gorro. Pocos minutos después llegó el médico; mamá lanzaba exclamaciones de alegría...

Lo que comenzó como una operación de catarata, y que se esperaba que llevaría no más de tres días, se convirtió en una estancia de doce días en el hospital, con un final feliz e inesperado. Grabé en cinta magnetofónica las reacciones de mi madre al vernos a todos por primera vez: tiene tres pequeñas nietas a quienes nunca había visto prácticamente. Mi marido, mis hijos y yo, regresamos a Maryland; siempre que hablo con ella por teléfono tiene algo nuevo que contarme: sus amigas, a las que conocía por la voz, tienen ahora facciones bien delimitadas; cuando se miró al espejo, se dio cuenta de que había olvidado el paso de los años... La hizo mucha ilusión ver las teclas de la máquina de escribir.

Mamá sigue asistiendo diariamente a la Santa Misa; mi padre, enfermo como está, la lleva en coche cada mañana.

ERA UNA ENCEFALITIS

Durante la segunda semana de agosto mi hermano comenzó a quejarse de mareos, al tiempo que se sentía francamente mal. Pensábamos que todo era resultado del cansancio físico y mental debido al estudio. Sin embargo, su salud empeoró rápidamente y fue cerrándose en sí mismo, sin querer hablar con nadie. Le llevamos a un médico, quien observó que decía cosas incoherentes y que su habla era dificultosa y difícil de entender. El médico llegó a sospechar una ingestión de drogas, pero no existía la sintomatología característica en estos casos. Le recetó una medicación para limpiar el sistema digestivo.

A pesar de eso, el estado de mi hermano no mejoró nada. Entonces, decidí encomendarle al Fundador del Opus Dei durante mi rato de oración diaria. En vista de que su situación empeoraba, la noche del sábado 14 de agosto le llevamos al Hospital de la Universidad. Aquí pensaron que se trataba de un problema psiquiátrico, pero después de varias pruebas no encontraron nada anormal. Sin embargo, la salud de mi hermano iba de mal en peor. Al cuarto día de su ingreso en el hospital, era incapaz de comunicarse con el mundo exterior. Pedí oraciones por él.

Un día pedí al sacerdote que le administrara el sacramento de la Penitencia. Cuando llegamos, mi hermano estaba dormido, recibiendo alimentación por un tubo. Como el sacerdote tenía que marcharse pronto, acudí a la intercesión de Mons. Escrivá para que diera señales de consciencia. En silencio, recé la oración para la devoción privada y, cuando el sacerdote se ponía la estola, mi hermano abrió los ojos. Cuando el sacerdote terminó de darle la absolución, mi hermano se quedó de nuevo inconsciente. Hacia el final del día, le administraron la Unción de Enfermos. Poco después, entró en coma.

Para entonces, los médicos habían llegado por fin a un diagnóstico preciso: encefalitis viral. Pero enseguida surgieron complicaciones: a los cinco días contrajo una pulmonía. Tuvieron que hacerle además una traqueotomía.

Esta situación hizo que nuestra familia quedara más unida. Todos los días, los compañeros de clase de mi hermano ofrecieron por él la Misa que se celebra en la Universidad. Se ofrecieran Misas y oraciones. En el hospital distribuimos estampas y Hojas Informa tivas entre los visitantes, los médicos, las enfermeras...

Una semana después de la traqueotomía mi hermano abrió los ojos. El médico nos dijo que probablemente vería imágenes, pero que éstas no serían reconocidas por el cerebro. A1 cabo de otra semana, Riehard sonrió –era su primera sonrisa– a causa de la risa contagiosa de un amigo que vino a visitarle. Lentamente, con dificultad, comenzó a mover brazos y piernas, a coger algunos objetos y a asentir con 1a cabeza a lo que le decíamos. Sin embargo, la parte derecha del cuerpo estaba paralizada.

El médico anunció que había superado la gravedad, pero desconocía si tendría alguna lesión cerebral. Poco después comenzaron sesiones de fisioterapia. Cuando le suprimieron el tubo de la tráquea pudo comer normalmente y hablar. Su memoria cubría el pasado y el presente: nos dijo que desde el momento de su ingreso en el hospital hasta que recobró el conocimiento sólo recordaba la confesión. Antes de su regreso a casa se ofrecieron Misas de acción de gracias en el Centra y en la Capilla de la Universidad. La salud de Ríc es ahora normal, gracias a la intercesión de Mons. Escrivá de Balaguer.