Valor de todas las almas y conciencia social

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

Aunque la mayor parte de los miembros del Opus Dei éramos muy jóvenes entonces, el Padre sembraba afanes de servicio a las almas en y desde nuestra actividad profesional y social, vigorizaba nuestra responsabilidad e iniciativa, y despertaba en nosotros de muy diversas formas una honda conciencia social y apostólica.

Nos hablaba de la elevada dignidad de la persona humana. Cristo entregó su vida por todos: por tanto, hay que tratar a todos con el respeto que merece esa dignidad, y a todos hay que ayudar a que se acerquen a Dios: al compañero de estudios o de trabajo, al cobrador del tranvía, al cartero, al peluquero, al taxista, al vendedor de mueble viejo, al intelectual, a la vendedora ambulante, al aristócrata, a cualquiera que encontremos en nuestro camino. Debíamos ocuparnos de todos, sin discriminación alguna.

Un medio de formar en ese espíritu de caridad y solidaridad consistía en que quienes acudían a los cursos de formación espiritual hicieran visitas a personas pobres, atendieran catequesis en barriadas suburbiales para niños de familias muy necesitadas, o prestaran ayuda a enfermos medio abandonados por los hospitales. Además del valor sobrenatural de esas obras de misericordia, el Padre quería que conociéramos de un modo muy directo la miserable situación de tantas personas, y que pusiéramos en ejercicio la virtud de la caridad. Bien sabía que poco podíamos hacer entonces para remediarlas. Al visitar a un pobre en una de aquellas numerosas chabolas de las afueras de Madrid, cubiertas con chapa de bidones asfálticos, íbamos a llevarle afecto: conversar unos minutos, prestarle algún pequeño servicio, hacer que pasara un rato agradable, y entregarle unos dulces o algún otro detalle de que carecía, algo de lo que sólo comían los ricos. En esas visitas comprendíamos lo injustificado de tantas quejas nuestras. Aquellas crudas vivencias se grababan para siempre y habrían de influir en nuestra responsabilidad social cuando, a la vuelta de pocos años nos desenvolviéramos como profesionales y ciudadanos.

El fiel cumplimiento de las obligaciones profesionales y sociales, por amor a Dios y a las almas y por justicia, era otra enseñanza viva del Padre. Poner intensidad en el estudio y formarnos bien era un modo de corresponder como estudiantes a los sacrificios de nuestras familias, al esfuerzo de los profesores, a las facilidades ofrecidas por la sociedad; también permitía que en el futuro prestáramos un buen servicio a los demás con el trabajo profesional bien hecho, de la mejor calidad que fuésemos capaces. En el desempeño de la profesión, se ha de amar el trabajo, aprovechar el tiempo, evitar que por pereza, desidia o comodidad resulte alguien defraudado; se debe guardar lealtad a la institución o empresa en que se trabaja, a los compañeros, a los destinatarios del servicio que se presta; y tener con todos, superiores, iguales o subordinados, un trato lleno de respeto, consideración y afecto.