Una organización desorganizada

“La herencia de Mons. Escrivá de Balaguer”, escrito por Luis Ignacio Seco.

En sus conversaciones con los periodistas que quisieron saber a fondo, y de primera mano, lo que es el Opus Dei, Mons. Escrivá de Balaguer habló abundantemente con claros criterios de la organización de la Obra.

Al teólogo Dr. Pedro Rodríguez le hizo esta amplia descripción:

«Quiero decir que damos una importancia primaria y fundamental a la "espontaneidad apostólica de la persona", a su libre y responsable iniciativa, guiada por la acción del Espíritu; y no a las estructuras organizativas, mandatos, tácticas y planes impuestos desde el vértice, en sede de gobierno.

»Un mínimo de organización existe, evidentemente, con un gobierno central, que actúa siempre colegialmente y tiene su sede en Roma, y gobiernos regionales, también colegiales, cada uno presidido por un Consiliario (actualmente se denomina Vicario Regional). Pero toda la actividad de esos organismos se dirige fundamentalmente a una tarea: proporcionar a los miembros la asistencia espiritual necesaria para su vida de piedad, y una adecuada formación espiritual, doctrinal–religiosa y humana. Después, "¡patos al agua!". Es decir: cristianos a santificar todos los caminos de los hombres, que todos tienen el aroma del paso de Dios».

El Opus Dei, al llegar a ese límite, «ya no tiene que hacer, ni puede ni debe hacer, ninguna indicación más. Comienza entonces la libre y responsable acción personal de cada miembro. Cada uno, con espontaneidad apostólica, obrando con completa libertad personal y formándose autónomamente su propia conciencia de frente a las decisiones concretas que haya de tomar, procura buscar la perfección cristiana y dar testimonio cristiano en su propio ambiente, santificando su propio trabajo profesional, intelectual o manual. Naturalmente, al tomar cada uno autónomamente esas decisiones en su vida secular, en las realidades temporales en las que se mueva, se dan con frecuencia opciones, criterios y actuaciones diversas: se da, en una palabra, esa bendita "desorganización", ese justo y necesario pluralismo, que es una característica esencial del buen espíritu del Opus Dei, y que a mí me ha parecido siempre la única manera recta y ordenada de concebir el apostolado de los laicos».

«Detcstamos la tiranía –le decía también el Fundador, el 16 de mayo de 1966, al corresponsal del diario parisiense Le Figaro, Jacques Guillemé–Brúlon–, especialmente con este gobierno exclusivamente espiritual del Opus Dei. Amamos la pluralidad: lo contrario no podría conducir más que a la ineficacia, a no hacer ni dejar hacer, a no mejorar».

Y al norteamericano Tad Szulc, del Neu, York Times, en octubre del mismo año:

«Como el Opus Dei es una organización sobrenatural y espiritual, su gobierno se limita a dirigir y orientar la tarea apostólica, con exclusión de cualquier tipo de finalidad temporal».

En el Opus Dei, efectivamente, no sólo se respeta, sino que se fomenta la libertad en el inmenso campo de las preferencias temporales. Así lo recordó –tras haberlo escuchado innumerables ocasiones de los labios de Mons. Escrivá de Balaguer– el Prelado del Opus Dei, a Miguel Castellví, de La Vanguardia: «No hay ninguna tensión en compaginar la libertad personal con la pertenencia al Opus Dei. En primer lugar, porque quien participa del espíritu de nuestra institución lo hace libremente; después, porque la Obra estimula la conciencia y el ejercicio de la libertad personal en todos los miembros, para que asuman con entera libertad, autónomamente, sus decisiones».

Julián Cortés Cavanillas, en una entrevista hecha en Roma y publicada en ABC (24 de marzo de 1971), planteó al Fundador una cuestión importante:

–En el Opus Dei tengo entendido que hay personas de distintas naciones y profesiones, de mentalidades diversas. ¿Representa este pluralismo un origen de tensiones para la institución?

Mons. Escrivá de Balaguer le respondió:

«Esta desemejanza es precisamente muestra de salud espiritual y de que la Obra es lo que Dios quiso que fuera. El pluralismo sólo ha sido posible, porque el vínculo que une a todas esas personas es exclusivamente sobrenatural. Créame, ésta es la mejor señal de que el Opus Dei no es más que una gran catequesis cristiana, en la que sólo se habla de Dios. Figúrese lo que pasaría, si, en la Obra, uno de sus miembros quisiera imponer sus personales criterios sobre cualquier materia temporal: ninguno de los otros lo toleraría, ni yo tampoco. A mí me basta conocer únicamente que, quienes se acercan al Opus Dei, aunque saben bien cuántas son sus personales limitaciones humanas, ponen esfuerzo en vivir como cristianos responsables con plena libertad individual y con la consiguiente personal responsabilidad, en el lugar donde sus propias preferencias y sus circunstancias particulares les han llevado a trabajar. Esto, como ve, no es difícil de entender».