Un olvido oportuno y mi conversación con el Padre

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

El viernes 9 de febrero era festivo y fui a Jenner para recoger un pequeño misal que había olvidado el día del retiro. Hablé de nuevo con Paco Botella. Me describió las dificultades que habían encontrado algunos para responder a la llamada divina. Y me hizo ver cómo todas ellas eran superables, con la gracia de Dios, si se pone e1 amor divino por encima del humano, por noble que éste sea. Me ayudó a comprender que no era necesario esperar a tener mucha vida interior para decidirse a seguir al Señor. Con sus palabras quedaban vencidas mis posibles defensas o excusas, las barreras que se podían oponer a mi entrega. Y al final, cuando nos despedíamos en la puerta de la residencia, me preguntó directamente: "¿Y tú qué piensas de todo esto? ¿no lo ves para ti?". Al responderle con un lacónico -aunque esperanzador- "quizás sí", me animó a decidirme entonces; pero me seguía viendo muy lejos de aquel ideal de santidad y abandoné la residencia dejando el tema pendiente.

Paco me telefoneó el día siguiente, sábado. Quería verme antes de salir de viaje. Me animó a que no le diera más vueltas al tema y hablara ya, decidido, con el Padre. Accedí a ir a la residencia, aunque advirtiéndole que continuaba indeciso. Salí en busca del tranvía 45, el que solía utilizar para acercarme a Jenner. Estoy seguro de que el Padre, Paco, José María Albareda y otros de la Obra rezaban intensamente por mi vocación. En el trayecto, mi cabeza estaba en ebullición. Recordaba algo que me había dicho Paco, y que había oído también al Padre alguna vez: que en la vida había que saber correr riesgos, que en ocasiones uno debía saber "liarse la manta a la cabeza" y tomar decisiones firmes, sin pretender imposibles seguridades físicas. Comprendí que no debía retrasar más mi respuesta. Y mientras aquel tranvía hacía su recorrido, resolví no pensármelo más y fiarme del Señor y del Padre, entregándome para siempre a Dios en el Opus Dei.

En Jenner hablé un buen rato con el Padre en su habitación, que era muy pequeña y le servía de dormitorio y despacho de trabajo. Era la primera vez que entraba allí y también la primera conversación personal que tenía con él. El Padre, de forma muy paternal y muy sobrenatural, quiso dejarme muy claros algunos puntos. Además de hablarme de las características esenciales de la Obra y de las exigencias de la entrega, me hizo ver que la llamada que me hacía el Señor era de carácter sobrenatural, cosa de Dios y no de los hombres. Me explicó también que en el Opus Dei formábamos una familia de vínculos sobrenaturales, que debíamos querernos de verdad y ayudarnos unos a otros a ser santos y felices. Ser de la Obra significaba comprometerse a luchar toda la vida para mejorar en las virtudes cristianas, para alcanzar la santidad según el espíritu que Dios le había dado. Y me advirtió que en esa lucha me podría encontrar con tentaciones contra la fe, contra la pureza y contra el camino que iniciaba, es decir, contra mi entrega a Dios; pero me aseguró que con la ayuda divina, el cumplimiento de las normas de piedad, la oración de unos por otros y el trabajo, no debía inquietarme ni darles importancia, siempre que acudiera con sinceridad y sencillez, cuanto antes, a quienes se encargaran de orientarme.

Desde aquel momento me sentí íntima y cordialmente vinculado, de por vida, a mi nueva familia, el Opus Dei. Por mi parte, hablé muy poco, quizá sólo sobre lo lejos que me veía yo de alcanzar un ideal tan alto. Al terminar esa charla, me invitó a ir al oratorio de la residencia para dar gracias al Señor. Era el 10 de febrero de 1940, sábado, hacia la dos menos cuarto de la tarde, ya en la víspera de la festividad de la Virgen de Lourdes.

Junto al oratorio estaba Fernando Delapuente, un ingeniero industrial que entonces dirigía una azucarera en Terrer (Zaragoza). Esperaba al Padre y pidió ese mismo día la admisión en el Opus Dei. En el oratorio, con plena conciencia de la hondura del paso que había dado, rogué al Señor y a su Madre que me ayudaran a ser siempre fiel a la llamada recibida y al Padre. Y me volví a mi casa de huéspedes de la calle de León.