Un hogar cristiano

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Una fecha importante en la vida de Josemaría es el momento en que realiza su primera Confesión. Tiene solamente seis o siete años de edad. Sus padres le han enseñado punto a punto el Catecismo de la Doctrina Cristiana; con ellos ha repetido el Credo, el Padrenuestro y las oraciones de la mañana y de la noche. Y también una oración entrañable a la Virgen, que rezará siempre con el mismo amor transparente de estos primeros años: «¡Oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y, en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón... »(9). Ahora, su madre le acompaña a la iglesia haciéndole las últimas recomendaciones. Allí le espera el Padre Enrique Labrador, un buen religioso escolapio, que es, desde hace años, el confesor de doña Dolores. Josemaría se acerca con seriedad al confesonario y habla tranquilamente de su vida y de sus cosas. Cuando termina, siente una alegría enorme y un bienestar feliz; será, para siempre, una experiencia que quiera compartir: la del amor de Dios que tranquiliza y que nos llega, desde niños, a través del Sacramento de la Penitencia. Uno de los misterios de la misericordia de Dios para los hombres.

Es un niño que adora a sus padres. Pero hay dos cosas, sin embargo, que Josemaría rehuye de continuo: saludar a las visitas y estrenar trajes nuevos. Tanto, que desaparece por la casa cada vez que oye la puerta y presagia amenaza de este tipo. Doña Dolores le encontrará en un lugar de escondite insospechado: debajo de una cama. Y suave, pero enérgicamente, golpea el suelo con uno de los bastones de don José exigiendo la rendición inmediata de la plaza. Sale Josemaría y su madre combate la timidez incipiente del muchacho: «Josemaría, vergüenza sólo para pecar»(10).

En cambio, es feliz cuando los jueves, día en que no hay clases, sube a la casa de Esteban, el notario, y juega con los chicos sin interrupción.

Al comenzar el curso de 1908-09, cumplida la mínima edad reglamentaria, el matrimonio Escrivá y Albás decide llevar a Josemaría al colegio donde iniciará sus estudios: a las llamadas Escuelas Pías, regidas por los RR.PP. Escolapios. Pascual Madoz, en su «Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España»(11), describe así estos lugares de instrucción pública: «Generalmente concurren a sus clases centenares de niños, porque es tal el prestigio de que gozan en todo el país estos celosos directores de la infancia, que no sólo envían los vecinos de la ciudad a sus hijos a recibir la educación civil y religiosa que en aquéllas se enseña, sino que acuden de todos los pueblos inmediatos y hasta de algunos bastante distantes de Aragón y Cataluña, y tanta la asiduidad en el trabajo de estos maestros y tan grande el esmero con que procuran el adelanto de los discípulos, que no puede dudarse de que la superioridad que Barbastro ejerce sobre muchas otras poblaciones del antiguo Reino de Aragón, así en la Agricultura como en la Industria y el Comercio, es debida al continuo desvelo de aquéllos... ».

A partir de este momento veremos, cada día, la figura familiar del fámulo Faustino, empleado de los Padres Escolapios, que recoge a los pequeños al pie de los portales y los acompaña, amistosamente vigilados, hasta las clases matutinas. Josemaría estrena su uniforme: abrigo azul marino con doble botonadura de metal; gorra de paño en el mismo tono con visera de charol y, sobre ella, el brillo del escudo. Un pañuelo doblado, azul más claro, les sirve de corbata o de chalina. En las clases se ponen delantal de manga larga, en blanquiazul rayado, cinturón y cuello todo azul.

La educación de las Escuelas Pías es amable, aunque disciplinada y severa. En su origen, el reglamento para la enseñanza de estos religiosos establece que corre a su cargo desde el abecedario hasta leer latín, escribir perfectamente, contar, gramática y retórica inclusive, como también instruir a la juventud en los rudimentos de la fe católica y buenas costumbres.

Atienden el colegio, en este tiempo, una docena de Escolapios muy acreditados en Barbastro y en toda la comarca. Aquí están los Padres Laborda, José Martínez y Mariano Tabuenca. Son gentes entregadas al noble deber de formación y de enseñanza. En un viejo cuaderno, hallado entre las cosas personales del Padre Laborda, se puede leer, con letra caligráfica y menuda, el año de llegada y el destino final de cada alumno. Memorias del buen hacer de un maestro que tiene amor e interés por sus muchachos.

En estos primeros tiempos, los Padres José Beteta, de origen manchego, y Pedro Martínez Heras, que luego será apóstol del espíritu de San José de Calasanz en Argentina, se hacen cargo de los más pequeños. Aún consta en un semanario llamado «Juventud», editado en Barbastro el 13 de marzo de 1914, el siguiente párrafo de laude:

«Recibimos una sorpresa muy agradable al enterarnos, consta en la memoria 1912 a 1913 del Instituto de Lérida, el premio que obtuvieron en la asignatura: "Nociones de aritmética y geometría" los aprovechados alumnos de las Escuelas Pías de nuestra Ciudad, José María Escrivá y Miguel Cavero. Nuestra cariñosa felicitación a los alumnos, a sus distinguidas familias y a sus cultos profesores».

Su vida familiar está llena, durante estos tiempos, de situaciones gratas y dolientes, de felicidad y contradicciones. De confianza en el querer de Dios y de exigencia humana. El capital de don José y el negocio de «Juncosa y Escrivá» permite una vida holgada y sin preocupaciones económicas. Los chicos juegan bajo los arcos de la Plaza y descubren rincones y portales, aunque doña Dolores prefiere verlos en la casa, y controlar sus travesuras y proyectos. Por la escalera suben, en bandada, las amigas de Carmen y los amigos de Josemaría. Aquí, hasta un cuarto contiguo al de Josemaría, que familiarmente llaman todos «la leonera», llegan Joaquín Navasa, Julián Martín, los Esteban... Salen a relucir, seguramente, las cartas, los soldados de plomo, los rompecabezas y los bolos.

Otras veces, cuando la tarde se presenta reposada, doña Dolores les deja entrar en la salita. Josemaría hace corro, se sienta en una mecedora, y cuenta sin cansancio un relato tras otro a Carmen y a Chon, sus hermanas, y a Adriana y a Esperanza, amigas de Carmen, que le rodean. Le gusta entretenerlas.

Sin embargo, tiene Josemaría un carácter fuerte que, a veces, se le escapa. Por ejemplo, un día en el colegio piensa que el profesor ha sido injusto con él, y en su rabieta de niño arroja el borrador de tiza contra la pizarra. Pero luego es capaz de agradecer a este buen escolapio el silencio que guarda sobre tal anécdota cuando se encuentra a don José y a Josemaría durante un paseo.

Años más tarde, Monseñor Escrivá de Balaguer hablará del carácter enérgico, del «caratteraccio» -dirá bromeando en italiano-, que dejaba entrever desde pequeño.

Hay una fecha muy feliz que Josemaría recuerda con cariño. Es el día del santo de su madre. Suelen estar ya florecidos los almendros. Don José hace jornada de gran fiesta para estar más tiempo con su esposa y con sus hijos. Salen del arcón los manteles guardados para horas especiales. Y hay un postre sencillo y cuidadoso que sólo ese día, por excepción, manda hacer doña Dolores. Son los «crespillos» de la tierra: hojas de espinaca, rebozadas y fritas, que se sirven espolvoreadas con azúcar.

También tiene presentes, con especial emoción, las fiestas de Navidad. Con el aliento flotando en el aire bajo cero de Barbastro, le imaginamos caminando junto a su padre en busca del musgo verdinoso que crece en las laderas, de la rama y la roca para componer el Belén de cada año. En el calor de la casa, irán ocupando su lugar las figuras del Misterio, los pastores, las lavanderas..., y acabará naciendo el Niño sobre esta pequeña reproducción del Somontano.

A la media noche del 24 de diciembre, saldrá a Misa de la mano de sus padres. Y nunca podrá olvidar esta mezcla de rigor y ternura, de canciones y hielo, que han formado el paisaje de su Navidad. Empieza a forjar ahora la reciedumbre de su corazón y podrá expresar en el futuro, sin falsos pudores, el hondo e ingenuo cariño de sus devociones infantiles. Así lo escribirá, años más tarde, en «Camino»:

«Devoción de Navidad. -No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. -Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño»(12).

En los veranos, cuando florece la aspereza somontana, Josemaría pasa los días en Fonz, junto a la estribación del Pirineo. Le gusta correr por los campos y las calles descubriendo los escudos agrietados que blasonan muchas casas, mientras allá arriba vigilan las ruinas del castillo de Forza, construido por los árabes. Hay en la tierra aragonesa una repetida devoción a la Asunción de la Virgen, que preside, bajo esa advocación, numerosos retablos. Y es frecuente hallar a simultáneo la representación de la Virgen «dormida» en su despedida del mundo, junto a esa otra imagen gloriosa de su llegada al Paraíso. Así, en una misma plegaria, las gentes aúnan el adiós y el encuentro más allá de la vida.

Josemaría se quedará, muchas veces, mirando esa representación beatífica, bella e inmóvil, de la Virgen durmiendo su último sueño en la tierra; siempre recordará esta devoción, que ha de estar representada, un día lejano, junto a su propia tumba en la ciudad de Roma.

Ya desde estos años infantiles, quedará clavado en su alma, junto al amor de Jesús en la Eucaristía, un real y profundo afecto a la Madre de Dios y de los hombres. No le cuesta al niño imaginar cómo puede ser este cariño: tiene siempre el modelo cálido de su madre en la tierra. Y aprende que, más fuerte aún y omnipotente, es el amor de su Madre del Cielo.