Un espíritu inédito

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde el primer momento, don Josemaría se entrega de lleno a la misión que le ha sido confiada. A pesar de la claridad meridiana con que ha visto el camino, comprende que su realización implica un fenómeno teológico inédito dentro de las líneas de espiritualidad existentes, en ese momento, dentro de la Iglesia. Y siente una completa repugnancia interior a crear nada nuevo. No le interesa personalmente ser fundador, porque todas las antiguas fundaciones, lo mismo que las de los siglos más inmediatos, le parecen llenas de actualidad y vida. Se siente pequeño, sin medios, sin condiciones, sin relación alguna que le permita abrir la brecha de este arduo caminar que Dios acaba de pedirle.

Confesará, años más tarde: «El Señor, que juega con las almas como un padre con sus niños pequeños –“ ludens coram eo omni tempore, luden in orbe terrarum " (Prov VIII, 30); jugando en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra-, viendo en los comienzos mi resistencia (...) permitió que tuviera la aparente humildad de pensar -sin ningún fundamento- que podía haber en el mundo instituciones que no se diferenciaran de lo que Dios me había pedido. (...) Han pasado unos años, y veo ahora que quizá dejó el Señor que padeciera entonces esa completa repugnancia, para que tenga siempre una prueba externa más de que todo es suyo y nada mío » (17).

En múltiples ocasiones expondrá el mismo argumento:

«No olvidéis, hijos míos, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho..., pero es poco. Somos apóstoles que “cumplimos un mandato imperativo de Cristo”» (18).

Intentará confirmar repetidamente -con sumisión total a la obediencia- la veracidad, la autenticidad divina del mensaje recibido, permaneciendo en contacto ininterrumpido con la autoridad eclesiástica. Durante algún tiempo, al explicar la llamada universal a la santidad en medio del mundo a otras personas, tendrá que escuchar palabras duras, hostiles. Opiniones que le duelen, pero que nunca consiguen minar su vida interior ni sembrar, en la magnanimidad de su espíritu, la menor duda. De una vez para siempre, decide esperar a que la Iglesia resuelva, sin dar más detalles a los que, sin ningún título, pretenden erigirse en jueces.

Jamás ha sido milagrero. Declarará que le bastan los milagros del Evangelio. Pero, con la misma firmeza, habrá de subrayar ante sus hijos, y ante todas las gentes, la fe y respeto sobrenaturales que exige la Obra de Dios en la tierra:

«En mis conversaciones con vosotros repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran “empresa sobrenatural”, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios.

“La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre” (...). Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho»(19).

Hasta el día de su muerte, no perderá un momento. Irá tras la Voluntad de Dios, en el convencimiento firme de la llamada divina y en busca de las almas que el Señor quiera poner en su camino.

En estos primeros tiempos recibe información sobre nuevas fundaciones aparecidas en Italia y Polonia. Trata de saber si coinciden con lo que Dios le pide. No quiere arrogarse calidad de Fundador si la Providencia ha puesto ya un camino similar en la tierra por medio de otro hombre. Pero pronto se convencerá de que nada se parece a la imagen clara, inconfundible, que le ha sido confiada.

Así es, así tiene que ser el horizonte de tu apostolado: es preciso atravesar el mundo. Pero no hay caminos hechos para vosotros... Los haréis, a través de las montañas, al golpe de

vuestras pisadas» (20)

Cuenta ahora veintiséis años. Ha de desarrollar toda la doctrina teológica, ascética y jurídica del Opus Dei. Se encuentra ante una solución de continuidad de siglos: no hay nada semejante. A los ojos humanos todo ello puede parecer una locura, tanto más cuanto que tampoco tiene influencias sociales de ningún tipo.

Esta empresa divina tiene el apoyo de la gracia del Cielo y un alma fiel, sin medios humanos, que ha secundado siempre los deseos de Dios. Arraiga en un hombre que, desde la adolescencia, ha respondido afirmativamente... «Y esa semilla es hoy (...) un

árbol frondoso, de esbelto tronco, que restaura con su sombra a una legión de almas»(21).