Un día de retiro espiritual

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

Al regresar a Madrid después de las vacaciones de Navidad, reanudé mi asistencia a las clases o círculos en Jenner. Me invitaron a un retiro espiritual el domingo 21 de enero de 1940. No encontré ningún motivo para no asistir. Me presenté en la residencia minutos antes del comienzo de la primera meditación, previa a la Santa Misa. El día era frío y amenazaba nieve. El oratorio estaba repleto. Había oído al Padre en las clases de formación, pero todavía no en meditaciones o pláticas. El Padre hablaba con fuerza, a la cabeza y al corazón, ante el Señor presente en el Sagrario. Su expresión y su mirada no permitían dudar de esa Presencia. La meditación trató de la pesca milagrosa. Las frases del Evangelio adquirían en labios del Padre una viveza extraordinaria. Eran las del Padre palabras ardientes que urgían a corresponder al amor de Dios, a atender con generosidad la invitación de Jesucristo a seguirle y a acercar al Señor a nuestros compañeros.

Avanzada la mañana del retiro, en un intervalo, Paco Botella me llevó aparte para hablarme a fondo del Opus Dei. Me explicó que Dios había querido servirse de don Josemaría para promover la santidad en medio del mundo entre los fieles corrientes, y que se lo había hecho ver así con claridad el 2 de octubre de 1928. Una santidad en las ocupaciones ordinarias, en el estudio y en el trabajo profesional, en las relaciones familiares y sociales, muy similar a la de los primeros cristianos, que no se apartaban del mundo y vivían las virtudes en el grado heroico propio de los santos que la Iglesia llevaba a los altares. El Opus Dei -me explicó Paco- tiene origen, fines y medios sobrenaturales, y no era circunstancial o temporal, sino que estaba llamado a permanecer por los siglos.

Para pertenecer al Opus Dei, me dijo, era precisa una llamada específica de Dios, tener una disposición de entrega total y para siempre al Señor, con completo desprendimiento de los bienes materiales, pero sin apartarse de los quehaceres ordinarios, ya que el Opus Dei no sacaba a nadie de su sitio. También me dijo que el Padre era entonces el único sacerdote, pero que con el tiempo se ordenarían otros de entre los que llevaran años en la Obra, aunque el número de sacerdotes sería siempre muy pequeño en relación con el de los seglares. Quedó muy claro que, aun cuando en aquel momento sólo había personas del Opus Dei en Madrid y en Valencia, Dios lo quería con entraña universal, extendido por todo el mundo entre hombres y mujeres de toda condición.

Esta conversación con Paco Botella me abrió horizontes nuevos. El Padre no era sólo un buen sacerdote lleno de celo por las almas, sino un instrumento de Dios para difundir la llamada universal a la santidad. Y aquel puñado de personas que ayudaban al Padre seguían una llamada divina, e iban a contribuir a la extensión de la Obra por todas partes y a lo largo del tiempo.

Siguió el retiro espiritual y, después de la conversación con Paco Botella, las palabras del Padre adquirían para mí significados mucho más profundos. Sin embargo, yo me veía muy alejado del amor de Dios que apreciaba en el Padre y en aquellos que intuía formaban parte del Opus Dei. La posibilidad de que yo llegara a vivir de ese modo se me antojaba, aunque atractiva, muy distante: como al final de un largo camino que tendría que recorrer. Al terminar el retiro, volví a charlar con Paco Botella mientras paseábamos por La Castellana. Había una delgada capa de nieve. Continuó explicándome la Obra, y me dijo que ese mismo día había pedido la admisión en el Opus Dei un ingeniero de Caminos -José Luis Múzquiz, según supe después-. Algo por dentro removía mi corazón. Pero Paco no me hizo ninguna pregunta directa sobre mi disposición personal -ni yo deseaba expresarla-, así que nos despedimos.

Compré Camino, por doce o catorce pesetas, para leerlo en mi alojamiento. Solía hacerlo por la noche, después de resolver los problemas que nos ponían en la academia, a veces ya de madrugada, antes de acostarme. Su estilo directo y confidencial hacía que, con cada punto de meditación, la voz del Padre golpeara con fuerza mi corazón. He de reconocer que algunos de esos puntos me acuciaban a dar una respuesta de entrega inmediata, pero algún otro me daba un aparente apoyo para aplazarla. La invitación del Señor a seguirle se insinuaba en lo profundo del alma y resultaba difícil de esquivar. Y surgía en mi interior una pregunta aguda y persistente, que no me atrevía a responder: "Y tú, ¿por qué no?".