Ultimo viaje a América

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

El nuevo viaje a Venezuela quedará fijado para las fechas del 4 al 15 de febrero de 1975. El Padre cruzará el Atlántico de nuevo, acompañado por don Alvaro y don Javier. Las personas que viven en la Sede Central conocen la proximidad del viaje desde el 9 de enero.

«Cogeremos el avión, y a América por tercera vez. Padre, ¿tiene usted muchas ganas de ir? La verdad es que nunca tengo muchos deseos de viajar, pero estoy muy contento de ver a mis hijos de aquellos países y de decir la verdad de siempre, en el modo habitual, sin poner obstáculos a la palabra»(69)

El 29 de enero sale de Roma en vuelo hacia Madrid. Durante seis días, permanece en la casa de Diego deLeón . Antes de emprender el camino del aeropuerto de Barajas, se reúne unos minutos con algunos hijos de España. Les cuenta que no le apetece nada ir a América que «eso quiere decir que las cosas irán bien». Y luego, pide sus oraciones:

-«Rezad por mí para que sea bueno, que no haga el tonto a estas alturas: que tenga buen humor. Nunca he perdido el buen humor, pero he tenido genio, y el Señor se ha servido de mis malas cualidades, ya que no se podía servir de otras. Y no me he arrepentido nunca de haber tenido genio. Porque no me ha faltado cariño; no he maltratado a nadie, quiero a todos. En esto no tengo mérito porque el Señor me ha hecho afectuoso»(70).

A pesar de la resistencia física ante este largo desplazamiento, sube al avión que ha de conducirle nuevamente al trópico sin un gesto de apatía, sin traslucir el menor síntoma de malestar. Con el afán de darse y de cumplir la promesa hecha a sus hijos unos meses atrás.

Del 4 al 15 de febrero de 1975, se reunirá en Caracas con más de veinte mil personas. Han venido de Puerto Rico, Trinidad, Colombia, Estados Unidos y Ecuador.

«Hijos míos, me da mucha alegría estar junto a vosotros. Nos hemos reunido consummati in unum , formando un solo corazón, para hablar de Dios, porque los sacerdotes no sabemos hablar más que de Dios»(71).

Los diálogos de estas tertulias numerosas en Altodaro son, si cabe, más ágiles, más agudos que nunca. Como si se hubiera esfumado todo rastro de cansancio. Aunque las huellas del agotamiento aparezcan, sabe ocultarlas, con el afán y el entusiasmo del mejor brío apostólico. Sigue con puntualidad el horario trazado, sin permitir que disminuya el ritmo de estas jornadas.

En una de las tertulias, se levanta un hombre con barba muy poblada:

-«¡Padre, Padre... ! Con todo respeto... -¡Con todo respeto y con barbas...! -Padre. Yo soy hebreo.

-¡Hebreo! Yo amo mucho a los hebreos, porque amo mucho -con locura- a Jesucristo, que es hebreo. No digo era, sino es: Iesus Christus herí et hodie, Ipse et in saecula ; Jesucristo sigue viviendo, y es hebreo como tú. Y el segundo amor de mi vida es una hebrea, María Santísima, Madre de Jesucristo. De modo que te miro con cariño»(72).

Otra voz se levanta allá en el fondo:

-«Padre, soy enfermera, y quiero contarle un suceso muy importante que ocurrió en mi vida. Hace dos años, sin saber que me encontraba en estado, me hicieron un estudio radiológico. Cuando se confirmó que iba a tener un hijo todos me aconsejaron abortar, porque pensaban que el hijo iba a nacer completamente deforme (...). Yo acudí a la Obra, como otras veces. Y hablé y me aconsejaron y me ayudaron. Yo recé mucho, y ellos por mí. Y ahora tengo una niña muy linda, Padre, que aunque no esté permitido que entre, yo la traje para que usted me la bendiga».

-«Bendecida, y que seas tú mil veces bendita también, porque has obrado como buena cristiana. No tiene otro camino una cristiana. ¡Lo otro es criminal, brutal! ¡Es un asesinato, un infanticidio, y es privar a una criatura del Paraíso!»(73).

Tercia, después, un hombre joven:

-«Padre, los latinos -y en especial los del trópico- tenemos la mala fama de ser un poco flojos. ¿Cómo podemos acabar con esa mala fama?

-¡Yo digo que el trópico es un tópico! No es verdad que seáis flojos. Es una excusa de comodidad: de esa manera os tumbáis a la bartola, y como somos del trópico... Tenéis que ser fuertes. Sois temperamentos capaces de cualquier cosa grande, de cualquier cosa noble, de cualquier cosa santa; y, como yo, de cualquier cosa vil, de cualquier cosa vergonzosa, de cualquier cosa malvada. Por eso hemos de luchar. Tú y todos los del trópico, yo, que no soy del trópico, pero que me siento ya del trópico» (74)

Alguno de estos días la gente joven inunda con su presencia el jardín de Altoclaro . Viene armada de guitarras, y asedian a preguntas al Padre, que pasa un rato formidable en medio de esta vitalidad de colorido indescriptible.

Entre el bullicio, se abre camino una voz seria:

-«Padre: el año pasado, cuando teníamos la ilusión de que llegaba (...) -lo estábamos esperando con tanto cariño-, yo tuve que irme a Colombia a operarme de la vista y ofrecí el dolor de no verlo y las molestias de la operación por los frutos de su viaje (...). Le ruego que me permita cantarle una canción que le compuse para esta fecha».

La muchacha, muy joven, está ciega. Pero maneja bien la guitarra y tiene una bonita voz, templada y firme: «Creo que encontré mi camino. Creo que encontré mi verdad: ¡ah! creo que encontré mi destino y que no hay oscuridad».

La emoción ha cruzado durante varios minutos por entre la luz deslumbrante de la reunión.

Otro día, las preguntas resbalan de la cabeza al corazón y... al bolsillo.

-«Padre, aquí estamos un grupo de puertorriqueños, que hemos venido a verle con mucho cariño. Quisiera preguntarle dos cosas. La primera, qué hacer cuando para sacar obras de apostolado nos metemos en muchas deudas y parece que nos falta la fe; porque, créame, tenemos a San Nicolás ocupadísimo... ».

-«Hijo mío, de eso he sabido yo bastante..., y continúo sabiendo. En Madrid, en la Plaza de Antón Martín, está la parroquia de San Nicolás. Allí fui yo la primera vez que invoqué a San Nicolás para darle un sablazo. Y sigo pidiendo, pero continúo tranquilo y sereno. El Señor bendecirá vuestras labores personales y, además, os sacará de los apuros económicos que tenéis en las obras de apostolado. No te preocupes: no he visto nunca un fracaso por ese motivo, cuando hay amor de Dios. Conque ¡adelante! Métete en más líos, que andarás muy bien... » (74).

Un padre de familia le pregunta, desorientado, cómo educar a sus hijos para el trabajo y la responsabilidad en un ambiente tan materializado por el dinero...

-«Yo los pasearía un poco..., por esos barrios que hay alrededor de la gran ciudad de Caracas. Les pondría la mano delante de los ojos, y después la quitaría para que vieran las chabolas, unas encima de otras (...). Que sepan que el dinero lo tienen que aprovechar bien; que han de saberlo administrar, de modo que todos participen de alguna manera de los bienes de la tierra. Porque es muy fácil decir: yo soy muy bueno, si no se ha pasado ninguna necesidad.

Un amigo, hombre de mucho dinero, me decía una vez: yo no sé si soy bueno, porque nunca he tenido a mi mujer enferma, encontrándome sin trabajo y sin un céntimo; no he tenido a mis hijos debilitados por el hambre, estando sin trabajo y sin un céntimo; no me he encontrado en medio de la calle, tendido sin un cobijo... No sé si soy un hombre honrado: ¿qué habría hecho yo, si me hubiera sucedido todo eso?»(76).

Un médico pediatra le cuenta su preocupación por los métodos anticonceptivos. ¿Qué decir a sus colegas, alumnos y enfermos?

-«Tú sabes, como yo, que hay que decir que no. Se puede decir a grandes gritos y sin gritar; pero siempre: ¡no! Y a los que aconsejan eso, diles al oído, de modo que no se enfaden, que hubiera sido una pena que la madre de ellos hubiera seguido el control»(77).

El Padre, en otra reunión, con jóvenes, muy numerosa, comienza diciendo:

-«Yo venía para aquí y me acordaba de cuando comenzamos la labor hace tantos años. Comencé con tres. Y ahora son tantos miles, cientos de miles... Pero había esperanza... Cuentan de Alejandro Magno que estaba preparándose para una gran batalla y, antes, repartió todos sus bienes entre sus capitanes. Uno de ellos le dijo: Señor, ¿y a usted que le queda? Y Alejandro respondió: a mí, me queda la esperanza».

Mira a los jóvenes que le rodean, y continúa:

«Yo os veo y repito lo mismo: me queda la esperanza. Estoy feliz con vosotros. Las gentes de estas tierras saldrán adelante maravillosamente, tendrán sentido cristiano de la vida, tendrán la felicidad posible en la tierra y la felicidad eterna, si vosotros sabéis vencer. Ya conocéis perfectamente que un cristiano tiene que luchar. Vosotros peleáis y yo también...; y, cuando tengáis mi edad, lucharéis como ahora. Por eso, si no lo hacéis ahora, tampoco lo conseguiréis después, y seréis unos vencidos» (78).

Cuando está a punto de finalizar su estancia, no sabe como despedirse:

-«Siempre os hablo de desprendimiento, y os doy mal ejemplo en esto. Me he apegado a vosotros. Me cuesta irme. ¡Es apegamiento!

-¡Es bueno que el Padre se apegue a sus hijos!, replica don Alvaro.

-Sobre todo cuando se han tenido con mucho dolor»(79).

El 15 de febrero, Monseñor Escrivá de Balaguer sale de Venezuela.