Torreciudad

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En 1956, don José María Hernández de Garnica, don José Orlandis y José Manuel Casas Torres viajan hasta la ermita de Torreciudad , a orillas del Cinca. Van a rezar ante la imagen bajo cuya advocación Josemaría Escrivá de Balaguer, en la infancia, curó de una enfermedad mortal. Tiempo después propondrán a las autoridades eclesiásticas y civiles la restauración del recinto y de la talla, que data del siglo XI. Capas de pintura y vicisitudes históricas han desfigurado la primitiva ingenuidad y elegancia de esta Virgen románica.

La gestión es positiva y, durante años, se prepara la organización de un Patronato promotor de las obras que habrán de acoger, en el futuro, un Santuario en honor de Nuestra Señora y un cuerpo de edificios destinados a diversas actividades sociales.

En 1966, el Obispo de Barcelona, don Gregorio Modrego, escribe al Presidente del Patronato:

«Con íntima satisfacción de aragonés y ferviente devoto de la Santísima Virgen he tenido noticia de la constitución del Patronato del Santuario de Nuestra Señora de Torreciudad para restaurar completamente la ermita y devolver a su antiguo esplendor el culto a la venerada imagen, que tan celosamente y con filial afecto han guardado los vecinos de Bolturina.

La tradición y la historia nos recuerdan momentos heroicos y vicisitudes..., en los cuales los cristianos acudieron a la imagen de la Santísima Virgen, en devotas peregrinaciones implorando su maternal protección. Restaurar tales santuarios es ofrecer lecciones de vida cristiana... a las generaciones presentes.

Por eso alabamos el gesto de caballeros de los territorios que integraron la Corona de Aragón, los cuales han emprendido la restauración, a que nos referimos, y nos place que hayan sumado a su esfuerzo al Opus Dei que tanto estima ese lugar aragonés y la advocación mariana de Torreciudad por la relación que guarda con su venerable Fundador».

En el mismo sentido se reciben numerosas cartas de personalidades del ámbito religioso y civil: el Obispo de Barbastro, el Presidente de la Diputación de Valencia, el Alcalde de Barcelona. Además, hay testimonios de alegre colaboración por parte de los habitantes de este Somontano que reza y visita, desde hace siglos, a su Virgen de Torreciudad. Un campesino de los más entusiastas de la ermita comenta, mientras siembra trigo a voleo en las tierras de su afán:

«Están haciendo un Santuario nuevo allí (...). Está muy bien que haya quien lo haga, que la Virgen y el mundo estarán muy contentos»(15)

Ya en 1955 el. Fundador de la Obra habla en Roma de la ermita apoyada en la orilla del Cinca y de los proyectos de restauración. En estos años las dificultades económicas son inmensas. No hay dinero, pero la fe del Padre sueña planes de gran envergadura en honor de la Virgen. Les dice que será un lugar de peregrinación al que acudirán personas de todas partes del mundo, para honrar a nuestra Madre.

En 1966 hay ya un anteproyecto por parte de ingenieros y arquitectos. Y se empieza a trabajar con vistas a la futura edificación. El Padre seguirá los planos, dejando a la vez amplia libertad a quienes van a llevar las obras para convertir en realidad uno de sus grandes deseos. O mejor, según dirá él mismo, una de sus grandes locuras: hacer un despliegue de amor para María, la Madre de Cristo.

Ya en los primeros momentos llegarán hasta el Patronato aportaciones económicas de todo el mundo. Desde Japón a Kenia, Filipinas, Argentina, Estados Unidos y los países de Europa, colaborarán en esta universal devoción que no conoce otros intereses ni fronteras. Las regiones de España estarán unidas a este proyecto en el que van a volcarse tantos esfuerzos, tanta dedicación y esperanza.

Para dar constancia de ello, unos grandes carteles escritos en castellano, catalán, francés, italiano, portugués, inglés y alemán, jalonan la ruta montañera de Torreciudad con el siguiente texto:

«El Santuario y las obras sociales anejas se construyen con la generosa ayuda de muchas personas movidas por su amor a la Santísima Virgen. Agradeceríamos su donativo».

Durante una reunión con universitarias en Roma, en el año 1974, el Padre responde a una pregunta acerca del amor a la Madre de Dios:

«Sé muy devota de Nuestra Señora. A los del Opus Dei nos lo critican a veces. A mí me critican porque estamos levantando una iglesia muy grande, un santuario -el Santuario de Torreciudad -, con muchas obras sociales que están funcionando. Allí no se ha empleado más material que el de aquella tierra: ladrillo de por allí, piedra de por allí; piedras viejas de edificios antiguos que se han tirado y que nos han regalado (...). Se hace con limosnas de todo el mundo. Limosnas pequeñas, y menos pequeñas (...). Ha llegado ayuda hasta del Japón y de Nigeria, para poder hacer aquello» (16).

También en 1972, a un grupo numeroso de personas, les había explicado:

«En estos momentos, cuando se niegan en tantos sitios los privilegios de la Madre de Dios; cuando quienes deberían dar luz, están en la oscuridad y no dan más que sombra; cuando los que deberían ser fortaleza, son debilidad; cuando los que deberían derrochar gracia de Dios, derrochan tentaciones diabólicas y mala doctrina, y atacan sin piedad a la Madre de Dios diciendo también que ya no es tiempo de Santuarios a la Virgen... Pues, en estos momentos, estamos levantando entre todos ese Santuario maravilloso, donde habrá tanta piedad y tantas obras sociales, y donde esperamos que la Virgen Santísima derroche las gracias de su Hijo directamente en las almas, calladamente. Y, de paso, damos testimonio de que la devoción a la Virgen no se ha superado. Un cristiano tiene que amarla sobre todas las cosas de la tierra, después de Dios; porque más que Ella, sólo Dios»(17).

Una tarea ingente y difícil se abre ante los constructores de Torreciudad : hay que explanar terrenos de roca, abrir carreteras, llevar a cabo el tendido eléctrico y procurar conducciones de agua. Todo se proyecta en grandes dimensiones, porque la fe del Fundador apunta a centenares de miles de peregrinos que, un día no lejano, se acercarán a este Santuario. Comienzan las obras. Hace algunos años que se ha construido el embalse de El Grado. Lo que eran torrenteras y rápidos encrespados del Cinca se ha convertido en un remanso verdiazul que roba muchos metros a la roca. Tantos, que su nivel llega a besar, casi, los pies de la ermita.

El equipo de artesanos y arquitectos se encarga de adquirir, por los pueblos de la tierra, viejos materiales procedentes de casas en trance de desaparición. La emigración ha despoblado extensas zonas en el Somontano. En ellas quedan aún, abandonados, recios

edificios, ruinas de casas y de molinos. Todo ello condenado a la destrucción.

Los dueños, en muchos casos, cederán gratuitamente estos materiales en la esperanza de que sean útiles al Santuario. En los planos de cada edificio se van dibujando huecos para los arcos, sillares, rejas, puertas y ventanas. Unas 130.000 tejas integran todas las cubiertas, adquiridas de multitud de edificios en ruinas. Dentro se instalarán más de cien puertas rescatadas a derribo. Los equipos técnicos se preocupan por adaptar las construcciones al paisaje aragonés y hacerse con estos materiales del país. Tal esfuerzo supondrá, además, una importante economía en los presupuestos.

Trescientos obreros de la zona intervienen en las obras, que dan comienzo el 12 de octubre de 1968. La ermita es la que primero protagoniza los trabajos de consolidación y restauración. La capilla adquiere un nuevo retablo, y la hospedería adjunta se acondiciona para vivienda de los encargados del proyecto.

Hasta el 2 de febrero de 1970 no darán comienzo, propiamente, los cimientos del Santuario. Durante este tiempo se han abierto las carreteras de acceso; los aparcamientos ofrecen ya espacio a gran número de vehículos. Los cerros próximos, áridos y roqueños, empiezan a apaciguar el sol con una abundante repoblación forestal. Los muros de piedra ofrecen una sólida contención de tierras. Pocas veces, como en este lugar sereno, de adusta belleza, se podría concretar aquella frase de la Escritura esculpida en un corredor de Molinoviejo :

«A través de los montes, las aguas pasarán» (18).

No ha existido obstáculo que no se haya terraplanado hasta llegar, al fin, a esta gran explanada donde va a levantarse el Santuario que albergará a la Virgen y, con Ella, los edificios que ofrecerán la formación adecuada a tantos hombres y mujeres de éstas y otras tierras lejanas.