Todos los sacerdotes

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Desde aquel día lleno de sol en que don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó a la Parroquia de Perdiguera, recién ordenado, ha sido cada vez mayor su amor por los sacerdotes seculares y su deseo de ayudarles.

Era necesario, para completar el perfil del Opus Dei, que también pudieran formar parte de la Obra los sacerdotes diocesanos que trabajaban en las múltiples tareas de sus diócesis. Muchos se sienten llamados a esta vocación cristiana en la que cabe su vida entregada al ministerio sacerdotal.

Como escribe Peter Berglar:

«La plenitud de lo que iba a ser el Opus Dei sólo podía realizarse poco a poco. Dios le fue encomendando (al Fundador) que diese, en cada momento, un paso determinado: el paso exacto y en el tiempo preciso, tal y como era necesario para el desarrollo de la Obra» (31).

El deseo de ayudar a los sacerdotes ha llegado a tal extremo que piensa en una nueva fundación exclusiva para ellos. Así lo ha dicho él mismo:

-«He amado mucho a los sacerdotes. También a los religiosos (...). Pero mi corazón está con los sacerdotes diocesanos, porque yo no soy otra cosa, por eso, cuando llegó el momento y no encontraba el modo jurídico de meterlos en el Opus Dei (...), fui a la Santa Sede y dije que estaba dispuesto a hacer una fundación para sacerdotes. Con gran sorpresa, allí me respondieron que sí»(32).

Es en los primeros meses del año 1950, cuando el Padre ve con claridad que es jurídicamente posible que los sacerdotes diocesanos puedan formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz. Esta idea tiene las características de una impetuosa moción

de Dios en su alma. Ha visto finalmente la solución jurídica. Van adelante los trámites para la aprobación definitiva de la Obra por la Santa Sede, y en el derecho peculiar que se propone no tienen aún cabida los sacerdotes seculares incardinados en una diócesis.

Ahora, Dios le ha hecho entender la solución a este problema que permitirá abrir las puertas de la Obra, a los sacerdotes diocesanos como Agregados y Supernumerarios en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, según sus posibilidades personales de dedicación apostólica. No ha sido precisa una nueva fundación.

Por alguna causa, la fecha señalada para decretar la aprobación definitiva del Opus Dei y de sus normas jurídicas se retrasa y, gracias a ello, se llega a tiempo para introducir el nuevo estatuto(33). El Padre dispone taxativamente que los sacerdotes diocesanos adscritos a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz no tengan superiores en el Opus Dei; de modo que su único superior sea el propio Obispo. La Obra les dará cuanto necesitan en orden a su dirección espiritual, para progresar en la vida sobrenatural. El espíritu de la Obra les llevará a vivir con más empeño, si cabe, la unión y la obediencia a su Ordinario.

Muchos testimonios de sus hijos sacerdotes diocesanos podrían corroborar el enorme afecto y la ayuda, principalmente espiritual, que han encontrado en la Obra, para santificarse en el ejercicio de su ministerio.

Un sacerdote cuenta una tertulia con el Fundador de la Obra, en su viaje a Lima, en 1974:

«Nada más llegar el Padre a la sala, en donde estábamos reunidos más de cincuenta sacerdotes (...), pidió besar las manos a cada uno (...).

-Padre, son muchos.

-No importa.

Arrodillado fue besando, con unción, las manos de todos (...). Estábamos emocionados (...). Lo cierto es que después de esto sobraban todas las palabras. Fue (...) una lección que nunca olvidaré»(34).

Cuando le llega el eco de las dudas promovidas sobre la identidad del sacerdote, principalmente después del Concilio Vaticano II, irrumpe de un modo tajante, convencido:

«Te miro, y por mucho que te mire, no veo más que... a Cristo. ¡Ya te he identificado! ¡Con todas sus consecuencias! »(35)

Así lo escribe en su homilía «Sacerdote para la eternidad»:

«Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular» (36)

Una recia humildad le lleva a pedir siempre la ayuda, la oración de sus hermanos sacerdotes, como apoyo a su fidelidad:

«Espíritu sacerdotal. Yo querría que pidierais al Señor, para mí, que nunca me olvide de que soy sacerdote, ni de día ni de noche. Y no lo olvidaré si pongo por obra aquel consejo de la Escritura: “ oportet semper orare et non deficere... Semper ”!... Rezar incesantemente, siempre»(37).

También incluye el Padre en esta oración la alegría con que desea iluminar sus jornadas de trabajo, las contradicciones que puedan asaltarle, la pobreza y las incidencias pequeñas y grandes que encuentra por los atajos de su vida cotidiana:

«Hay una vieja oración, en la que el sacerdote pide la salud mentis et corporis , y después la alegría de vivir. ¡Qué bonito! »(38)

En una síntesis de la tarea divina que Dios le encargará aquel 2 de octubre de 1928, dirá a todos sus hijos:

«Quienes han seguido a Jesucristo -conmigo, pobre pecador- son: un pequeño tanto por ciento de sacerdotes, que antes han ejercido una profesión o un oficio laical; un gran número de sacerdotes seculares de muchas diócesis del mundo -que así confirman su obediencia a sus respectivos Obispos y su amor a la eficacia de su trabajo diocesano-, siempre con los brazos abiertos en cruz para que todas las almas quepan en sus corazones, y que están como yo en medio de la calle, en el mundo, y lo aman; y la gran muchedumbre formada por hombres y por mujeres -de diversas naciones, de diversas lenguas, de diversas razas- que viven de su trabajo profesional, casados la mayor parte, solteros muchos otros, que participan con sus conciudadanos en la grave tarea de hacer más humana y más justa la sociedad temporal; en la noble lid de los afanes diarios, con personal responsabilidad -repito-, experimentando con los demás hombres, codo con codo, éxitos y fracasos, tratando de cumplir sus deberes y de ejercitar sus derechos sociales y cívicos. Y todo con naturalidad, como cualquier cristiano consciente, sin mentalidad de selectos, fundidos en la masa de sus colegas, mientras procuran detectar los brillos divinos que reverberan en las realidades más vulgares»(39).

Igual que todos sus hijos, los sacerdotes del Opus Dei pueden considerarse, con certeza, hijos de la oración del Padre(40). Por cuanto les ha querido y les ha rezado mientras abría, para ellos, las puertas de una vocación a la santidad.