Tiempo de guerra civil

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

Llevaba pocos días en Huesca cuando las tensiones políticas alcanzaron su punto más agudo. El 13 de julio de 1936 tuvo lugar en Madrid el asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición, muy pocos días después de otro asesinato: el de un teniente de las fuerzas de Asalto. El 17 llegaron noticias de un alzamiento militar en Marruecos. El 18 de julio, las emisoras de radio hervían en informaciones muy alarmantes y confusas desde distintas ciudades, y por las calles de Huesca patrullaban grupos civiles armados leales al Gobierno de la República, mientras los Guardias de Asalto se mantenían expectantes. En la noche del 18 al 19, se supo que el Gobierno Militar de Huesca se había sumado al alzamiento militar, contando con la colaboración de los Guardias de Asalto, de la Policía y de la Guardia Civil, y que el Ejército se había desplegado por la ciudad sin resistencia, proclamando el Estado de Guerra. Era el comienzo de la guerra civil en toda España. Pensábamos que sería cosa de días o de pocas semanas, pero el conflicto duró casi tres años. Sus primeros veinte meses resultaron particularmente duros para Huesca, que durante ese largo tiempo estuvo casi cercada por las tropas republicanas y anarquistas.

En Huesca permanecí hasta marzo de 1938. Albareda se hallaba en Madrid y no supe de él en mucho tiempo, pero a principios de 1938 me llegó la noticia, por mi cuñado José María Lacasa, de que mi profesor y amigo había conseguido huir de la zona republicana para pasar a la que se llamaba "nacional". Por entonces fui llamado a filas y me incorporé al Regimiento de Aragón nº 17, en el Castillo de la Aljafería de Zaragoza. Un día, hacia abril o mayo, pudimos pasear Albareda y yo por el Parque de Torrero, tras irle a buscar a la Facultad de Ciencias donde, no recuerdo cómo, nos habíamos citado.

Albareda, que en los cuatro o cinco meses que llevaba en la zona nacional se había repuesto del demacrado estado al que había llegado en la otra zona, tenía un aspecto poco distinto del de dos años antes. Ambos nos alegramos mucho de volver a vernos. Le conté mis andanzas por Huesca: tras la situación de largo asedio de la ciudad, el ejército nacional había roto el frente para avanzar hasta Cataluña. A su vez, él me explicó con bastante amplitud su vida en Madrid. Me habló de las graves dificultades de su año largo madrileño en su casa de huéspedes de la calle Menéndez Pelayo, de la tremenda persecución religiosa que había tenido lugar -con asesinatos, supresión del culto, saqueos e incendios de iglesias- y de que sólo de modo excepcional y con muy grave riesgo había tenido posibilidad de verse con algún sacerdote para confesarse o comulgar, o para asistir a Misa en algún escondrijo. Me contó que, a veces, preparaban las formas para consagrar con las obleas que tenían los farmacéuticos para confeccionar sellos de medicamentos.

Me relató también cómo había conseguido salir de Madrid con un sacerdote y algunos amigos. A través de Valencia y Barcelona, iniciaron desde la espesura del bosque leridano de Rialp una larga marcha hacia Andorra, caminando de noche con otros grupos de fugitivos que se iban uniendo a la expedición, conducidos por guías con experiencia en esas operaciones. Albareda no me dijo los nombres de quienes pasaron con él la frontera, pero supe después que el sacerdote era el Fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer. Después de la penosa travesía hasta Andorra llegaron a Francia, pasaron por Lourdes para dar gracias a la Virgen y entraron en España por el puente de Hendaya. Me dijo Albareda que, después de unos días en Zaragoza, se había instalado en Burgos, aunque trabajaba en Vitoria, donde colaboraba en servicios del Ministerio de Educación.

Al contarme todo aquello, Albareda no se daba la menor importancia. Hablaba con sencillez, sin que se le escapase improperio o frase alguna de indignación ni de condena hacia las autoridades o milicianos de la zona republicana. A pesar de que habían asesinado en Caspe a su padre y a su hermano, no se apreciaba en él ningún espíritu de revancha, ni la menor falta de caridad contra nadie.