César creció en una familia sencilla y atravesó una adolescencia complicada, marcada por la enfermedad de su padre y un distanciamiento progresivo de todo lo que le rodeaba. «Era una espiral de la que yo no podía salir», recuerda.
Sin embargo, todo comenzó a cambiar cuando un profesor del instituto lo invitó a construir un kart eléctrico para competiciones nacionales. En aquel hombre había algo que le llamaba la atención, aunque tardó en entender de qué se trataba.«No sabía si era su carácter, su paciencia o su alegría. A día de hoy sé que era su amor a Dios», dice.
Aquella actividad lo llevó al Club Peñavera del Opus Dei en Oviedo. César llegó con los prejuicios que cualquiera podría tener, pero encontró un ambiente normal: chavales estudiando, jugando al fútbol, tocando la guitarra.
Con el tiempo fue formándose por su cuenta, conoció a san Josemaría y poco a poco se le fue abriendo una perspectiva nueva: la de encontrar a Dios en las cosas pequeñas de cada día. «Fue donde empecé a ver que la religión no era algo para gente ignorante, como yo pensaba», recuerda.
Un retiro de fin de semana le dio el impulso definitivo. En aquel silencio que al principio le incomodaba, César encontró algo que no había buscado. «Por fin le hice un hueco a Dios dentro de mi corazón y se metió ahí.»
Salió transformado, con ganas de ir a misa, de rezar, de conocer más. Y con el deseo, cada vez más claro, de recibir la Eucaristía. Como no estaba bautizado, no podía. Así que se apuntó a la catequesis de adultos. En una vigilia pascual, recibió el bautismo, la primera comunión y la confirmación. «Creo que fue el día más feliz de mi vida», dice con sencillez.
«Me he dado cuenta de que la felicidad está en sentirte hijo de Dios, en sentirte querido. No hay nada como eso.» Hoy César tiene claro cuál es su vocación: formar una familia y poner su trabajo al servicio de los demás.
