«La mayoría de los jóvenes no se plantea que Dios tiene un designio sobre ellos»

Nicolás Álvarez de las Asturias (Madrid, 1972) es sacerdote diocesano de Madrid y Catedrático de la Universidad de San Dámaso. Desde su experiencia como profesor de seminario y sacerdote en una parroquia con una pastoral juvenil muy activa explica las principales claves de esta nueva iniciativa de la Iglesia.

En primera persona
Nicolás Álvarez de las Asturias (Madrid, 1972) es sacerdote diocesano de Madrid y Catedrático de la Universidad de San Dámaso.

“10 preguntas sobre el Sínodo” es una serie de entrevistas realizadas a diferentes personas, a raíz del encuentro convocado por el Papa Francisco. En octubre, Obispos de todo el mundo de reunirán en Roma para profundizar en la relación de los jóvenes con la fe, la cuestión del descubrimiento de la propia vocación y el discernimiento como elemento propio del cristiano para acertar con las decisiones importantes.


1. ¿Por qué el Papa ha convocado este Sínodo de Obispos?

Para que los Obispos le ayuden a reflexionar sobre una cuestión en la que considera que hay que incidir más: los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Se trata de un encuentro ordinario, de los que se celebran cada dos años. Desde los tiempos de Juan Pablo II, han desfilado por los Sínodos temas como la familia, los laicos, los sacerdotes, la predicación de la Palabra de Dios o la celebración de la Eucaristía. Que la Iglesia apuesta por los jóvenes está clarísimo, solo hay que ver las Jornadas Mundiales de la Juventud. Son la generación del futuro y, al menos en Europa, la impresión general es que la Iglesia es cada vez más para personas mayores.

2. Francisco lo ha enfocado como un momento para que los mayores y la Jerarquía de la Iglesia escuchen a la juventud, ¿cuáles son las etapas para conseguirlo?

El primer cuestionario se lanzó en mayo del año pasado y, desde entonces, se han hecho otros en la Santa Sede y algunas Conferencias Episcopales. Además, distintas diócesis han ido poniendo en marcha iniciativas para reunir a los jóvenes, que hablen de los temas que se plantean y presenten sus propias conclusiones en Roma. Por ejemplo, en nuestra diócesis de Madrid, el Cardenal Osoro convocó un parlamento para jóvenes. Con todo eso se elaboró un documento de trabajo, el “instrumentum laboris”, con el que los Padres Sinodales llegarán al Sínodo.

3. Y cuándo llegue el momento, ¿cómo será el proceso de trabajo?

Durante los 20 días que dura la asamblea habrá una ponencia inicial y luego los obispos y los restantes participantes expondrán sus ideas tanto en las sesiones plenarias como en las reuniones por grupos. Al final, se entregan al Papa unas conclusiones, con las que puede elaborar un documento o utilizarlas como estime más oportuno. Pero, como todo en la Iglesia, lo más importante para que las conclusiones finales calen en el mundo es el trabajo personal de cada católico que tenga la ilusión de ofrecer su fe y de confrontarse con personas no creyentes.

4. ¿Tiene la Iglesia crisis de vocaciones?

Depende de los lugares. En Europa sí porque, proporcionalmente, hay menos vocaciones que antes. Y entendiendo “crisis de vocaciones” en sentido amplio: tanto por el número de jóvenes cristianos que viven su matrimonio con sentido vocacional, como por aquellos que descubren que Dios les puede llamar por otro camino.

5. ¿Por qué cree que pasa esto?

Probablemente tenga que ver, en parte, con el ambiente. La cultura dominante presenta el compromiso definitivo como algo extraño, sobre todo si es un compromiso con Dios. También influye que cada vez más jóvenes se han apartado de la fe o, sencillamente, viven con otros valores. Y además, la formación de los cristianos —tanto la recibida en la familia como la que les va haciendo madurar en su fe— es más difícil que antes.

6. ¿Puede calar la vocación en esos jóvenes que quizá han vivido alejados de Dios durante mucho tiempo?

Todas las personas tenemos vocación, solo hay que ser capaz de preguntarse sobre la propia vida y tener trato con Dios. Provenir de situaciones difíciles, bien por la familia o bien porque uno tenga un pasado más complicado, evidentemente condiciona, pero nunca determina. En el camino de discernimiento, esas personas tendrán que recorrer una serie de etapas que a lo mejor otras no: sanar el propio corazón, fortalecer la personalidad… pero no es una dificultad insalvable.

7. ¿Es real que los jóvenes hoy tienen miedo de enfrentarse a la pregunta qué quiere Dios de mí?

Unos sí y otros no. Depende mucho de si se han encontrado realmente con Jesucristo o no, como dice el Papa. Pero el problema es que la mayoría ni se plantea que Dios tiene un designio sobre ellos. Entre otros motivos, porque tampoco se plantean comprometerse con nada ni con nadie. Sin necesidad de un razonamiento vocacional, lo que hay es una concepción de la vida muy cambiante y todo lo que se refiere a una decisión definitiva, sencillamente, asusta.

8. Hay mucha gente —también cristiana— que piensa que invitar a los jóvenes a plantearse su vocación es una manera de presión, ¿usted qué cree?, ¿la vocación se descubre solo o acompañado?

La vocación la tiene que ver cada uno. Para eso, probablemente, necesites la ayuda de alguien que te enseñe a escuchar la voz de Dios. Una vez que escuchas su voz, la “presión” ya la mete el Señor.

9. ¿Cómo hay que hablar de la vocación hoy?

En términos de diálogo con Dios. La vocación se entiende como un camino en el que Dios y el hombre colaboran, escriben una historia juntos, basada en la preocupación por los demás.

10. ¿Qué papel juega el entorno —los amigos, la familia— en el discernimiento vocacional?

Pueden jugar papeles diversos. El Papa Francisco repite mucho que el cristianismo se transmite por atracción y ese es un primer papel que pueden jugar; si hay personas que han descubierto un camino vocacional y lo viven con alegría, sin duda despertarán inquietudes en sus amigos. Igual que en la familia. Si los padres viven con conciencia vocacional su propio matrimonio y educan cristianamente a los hijos, les abrirán a la pregunta de qué hacer con su vida.

Ambos pueden ayudar también en términos de consejo, donde el papel de unos y otros es distinto. Normalmente los consejos de los padres se mueven en términos de prudencia, de serenidad, y hacen bien en plantearlo así. En cambio, los amigos suelen entender que forma parte de su amistad apoyar hasta el final la decisión del amigo.