Romanidad y universalidad

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Para un alma universal, Roma es el marco apropiado. Heredera de civilizaciones, el Derecho, las Ciencias y las Artes han caminado hacia el mundo Occidental por las calzadas romanas.

Hoy, la Ciudad Eterna mantiene y cuida el gran museo de sus monumentos, sus ruinas, sus iglesias. Las vías por donde pisaron los Flavios y Claudios; por donde apresuraron su presencia, siempre perseguida, los Apóstoles Pedro y Pablo. Cada andadura es una grata lección de Historia, una trascendencia que se impone sin premeditación.

Monseñor Escrivá de Balaguer, hombre estudioso, de sólida formación jurídica, lector incansable desde su primera juventud, encuentra en Roma, sobre todo, el corazón de la Iglesia, pero también el instrumento adecuado para cincelar los detalles de su amplia cultura.

Cuando el Padre hace una pausa en su trabajo, suele escaparse con alguno, acompañado también de don Alvaro, para hacer una visita a San Pedro y rezar junto al altar de «La Confesión». Ante la tumba del Apóstol -primer Papa- que tanto sabe de imposibles hechos realidad por mediación de Cristo, habla de la empresa en que se han embarcado, de las dificultades, de su recta voluntad por seguir los caminos de Dios en la tierra. Contempla la grandeza concebida por Bernini en 1656. Ciento cuarenta estatuas de santos coronan la cuádruple hilera de doscientas ochenta y cuatro columnas. En el centro de la Plaza de San Pedro, el gigantesco obelisco que Calígula hiciera traer de Heliópolis y que Sixto V trasladó, en 1586, a la gran explanada. Y aquí está erguido, entre las fontanas barrocas, con su doble simbolismo: era una ofrenda al sol y ahora señala la nueva luz de Cristo; conmemoró los reinados de Augusto y de Tiberio, y hoy recuerda, precisamente, el nacimiento y la muerte de Jesús de Nazaret.

El Fundador de la Obra camina por la nave central de la Basílica y permanece un rato en la Capilla del Santísimo; se para bajo la cúpula de Miguel Angel, que desafía los ciento veinte metros de altura, y clava sus rodillas en el suelo ante el baldaquino de bronce, junto al altar en que celebra el Papa. Lee, despacio, muchas veces, la frase que campea en letras doradas sobre el friso de arranque de la bóveda central:

"Yo he rogado por ti, Pedro, para que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos".

En otras ocasiones, cuando el calor aprieta en Roma, al caer la tarde, se acerca a la Via Appia Antica. La iglesia del Qui vadis? Está situada en esta zona.

Le gusta pasar sobre los gruesos polígonos de lava basáltica con que los arquitectos romanos construyeron la calzada; contemplar las tumbas, mausoleos, estatuas, que se mantienen frente a la carcoma del tiempo, en ambos lados del camino. Por allí iban y regresaban de la guerra los ejércitos victoriosos con su Emperador; también los lujosos cortejos de los patricios y la humildad de los primeros discípulos del Mesías de Israel.

Las catacumbas de San Calixto, de Santa Domitila, los cipreses y los pinos, hablan también de persecución y heroísmo, de sangre y fe. Veintitrés siglos de vida han cruzdo la Via Appia Antica frente al telón de fondo de los montes de Etruria.

Todo invita a pensar en las frases de Isaías, cuando habla de un camino hacia lo Alto:

"Y habrá allí una calzada y camino, que se llamará la vía santa (.). Por ella marcharán los redimidos (.) y alegría eterna será sobre sus cabezas".

Legará a conocer Roma como la palma de la mano, con las leyendas de cada edificio y el contenido de sus riquezas artísticas: el Panteón, Santa María la Mayor con los mosaicos más bellos del mundo, las Basílicas Patriarcales, la Via Sacra, la cárcel Mamertina, el Foro, el Coliseo. En el Gianicolo, y desde la colina, abarca toda la ciudad. Allí reverbera el maravilloso color ocre que cubre los edificios al atardecer, las cúpulas, las torres, los cedros, los arcos, los musgos.El Tíberse torna amarillento y el Padre rez, constante y suavemente, como las aguas de su cauce, con el alma puesta en aquel espacio que puede verse, adivinarse casi, en la Via Bruno Buozzi, donde se ha de alzar la Sede Central del Opus Dei. Tal vez piensa en la inscripción que un día no muy lejano coronará la terraza del edificio. Como un grito de amor al Romano Pontífice, en el puesto más alto -igual que una atalaya- se habrán de leer estas palabras escritas en latín clásico:

O quam luces Roma quam amoeno hic rides pospectu quantis ecllis antiquitatis monumentos sed nobilior tua gemma atque purior Christi Vicarius de quio una cive gloriaris A MDCCCCLI

¡Oh, cómo brillas, Roma! Cómo resplandeces desde aquí, con un panorama espléndido, con tantos monumentos maravillosos de antigüedad. Pero tu joya más noble y más pura es el Vicario de Cristo, del que te glorías como ciudad única.

Es fecuente verle caminar en busca de muebles y ojs viejos y maltrechos que, adquiridos a precio muy bajos, se restauran y quedan dignos. Frecuenta las tiendecillas del Campo di Fiori y del Trastevere. El Campo di Fiori aparece lleno de toldos y puestos que ofrecen las más variadas msas de venta. Allí se emplea un dialecto que el Padre adquiere inadvertidamente.

-"Padre...-le dirán en tono de broma sus hijos italianos-, ¡pero si habla romanaccio!".

Toma nota de todo cuanto puede añadir buen gusto, calidad artística y tono romano a los edificios que se van a construir en Viale Bruno Buozzi. Cada vez que la exspansión de la Obra le obliga a viajar, traerá hasta Roma el detalle de un rincón, una fuente, un ángulo que puede servir de inspiración a los arquitectos. En 1958 envía una postal suiza con una fuente en la que se ven grabadas, sobre piedra, las cabezas de tres borriquillos. Hoy está reproducida en la Sede Central: es la fontana degli asinelli. También la navicella, que ocupa un cortile, recuerda una vieja fuente de caños que hay en el Monte Celio.Por eso, la nueva casa, desde qeue el Fundador la empieza a soñar, es ya universal.

En los veranos, la escapada del Padre es un poco más larga: a los Castelli. Por la Via Appia Nuova se puede llegar a Grottaferrata, donde existe una abadía de rito griego; y también a Frascati, en la ladera de los montes Albanos, llenos de bosque y lagos. Una vez se acerca a Marino: es el día de Corpus Christi y encuentran la procesión que lleva el Santísimo por las calles. Bajan del coche y lo siguen un rato con fervor. Pero se queda triste, frente a la tarde romana, porque Dios va muy poco acompañado en su fiesta. Su corazón hubiera quierdo multiplicar el amor de los hombres hacia la Eucaristía con el fuego que siempre ha quemado su oración y su ansia de apostolado.