A pocos días del inicio de la Copa Mundial de Fútbol, el Papa León XIV ha querido poner el corazón de la Iglesia en el deporte. Su intención de oración para el mes de junio —difundida a través de la campaña Reza con el Papa— invita a los fieles de todo el mundo a rezar para que el deporte sea verdaderamente «un instrumento de paz, encuentro y diálogo entre culturas».
En su oración, el Papa comienza dando gracias al «Señor de la vida» por el don del deporte: por quienes glorifican a Dios con el ejercicio de sus cuerpos, por las amistades que nacen en la cancha y la alegría de jugar en equipo.
Reconoce en el deporte un «lenguaje universal que acerca culturas, une pueblos y siembra respeto, solidaridad y superación personal». Y concluye pidiendo que el Espíritu Santo nos haga «un solo equipo, unido para construir comunión y fraternidad en la historia».
Camino para construir la paz
No es la primera vez que el Papa León XIV se detiene en los valores del deporte. El 15 de junio de 2025, durante el Jubileo del Deporte en Roma, afirmó que «el deporte es un camino para construir la paz, porque es una escuela de respeto y lealtad». Y añadió algo muy significativo: en una sociedad marcada por el individualismo, el deporte en equipo «enseña el valor de la colaboración, de caminar juntos».
Más recientemente, en abril de 2026, al recibir a los atletas de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Milán-Cortina, el Pontífice les lanzó un mensaje cargado de profundidad: «Competir sin odiarse, ganar sin humillar, perder sin perderse».
«Nadie vence verdaderamente solo. Necesitamos al otro»
El director de la Red Mundial de Oración del Papa, el padre Cristóbal Fones, S.J., subraya que «el deporte es uno de esos espacios únicos donde la humanidad se encuentra de verdad. En la cancha, personas de naciones distintas comparten el esfuerzo, la alegría de la victoria y el dolor de la derrota». Y concluye con una frase que resume la intuición del Papa: «Nadie vence verdaderamente solo. Necesitamos al otro».
Esta visión tiene raíces antiguas. La Tregua Olímpica —conocida en la Grecia clásica como Ekecheiria— nació en el siglo IX a.C. cuando ciudades en conflicto acordaban cesar las hostilidades para permitir la celebración de los Juegos.
El Comité Olímpico Internacional recuperó ese espíritu en los años 90, apostando por el poder transformador del deporte como herramienta de paz y reconciliación.
