Retorno a Madrid

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

EL Padre abandona Burgos el 27 de marzo de 1939 y llega de noche a Villacastín (Segovia). Un viento fino, de sierra, pasa sobre los primeros brotes de la jara: en la mañana del día 28, es uno de los primeros sacerdotes que entra en Madrid, con los soldados del ejército.

Después de dieciocho meses de ausencia, puede abrazar a su madre, a Carmen y a Santiago. Y también a algunos miembros del Opus Dei que le esperan emocionados e impacientes. Junto a ellos, contempla de cerca las ruinas de Ferraz 16, la Residencia de estudiantes que tanto esfuerzo le costó montar.

Las carreteras de acceso a la capital de España son un hervidero de gente que retorna. La paz quiere volver. Y, sobre los estragos de la guerra, suenan las primeras canciones de esperanza. Madrid estrena primavera.

El 29 de marzo, el Padre cita en la Casa Rectoral del Patronato de Santa Isabel a los miembros de la Obra que se encuentran en Madrid, para reanudar, tras el forzoso paréntesis, todas las tareas iniciadas. Con él está ya Alvaro del Portillo, que viste todavía el uniforme de oficial del ejército.

La Casa Rectoral ha sido utilizada como Cuartel del Arma de Ingenieros. Hay, en las habitaciones, catres y mantas de soldados. También algunos muebles de oficina. Todo tiene el aire desmantelado del abandono y la precipitación; urge limpiar y poner orden en medio de la barahunda. Dos días después llegan doña Dolores y Carmen. El Padre les ha pedido que se vengan a la Casa Rectoral de Santa Isabel para facilitar el trabajo. La madre y hermanos de Josemaría sacrifican su independencia, su intimidad familiar, en función de la Obra de Dios. Con naturalidad y señorío, se adaptan a esta vivienda sin enseres adecuados y llena de incomodidades.

Poco a poco llegarán los que han permanecido fieles a la vocación al Opus Dei. La casa abre sus puertas día y noche para recibir a los que vienen tras duras jornadas de carretera, trenes abarrotados y ruinas casi intransitables. Con la ayuda de la Abuela y de Carmen, don Josemaría consigue que, en pocas semanas, la Casa Rectoral adquiera un aspecto de hogar digno y hasta acogedor.

Sin embargo, esta solución es transitoria. Es preciso buscar una casa en la que recomenzar la tarea con estudiantes universitarios, encontrar un nuevo local que sustituya al que ha sido destruido por la guerra.

La Obra no tiene, en estos momentos, absolutamente nada. Pero cuenta con lo más importante, aquello que el Padre comunica de un modo inmediato y contagioso: la fe, el coraje de los comienzos y la noble ambición de extender el Reino de Dios. Tras varias semanas de búsqueda, se encuentra un inmueble adecuado en el número 6 de la calle de Jenner. Es un lugar tranquilo y señorial; la calle, de corta numeración, cruza perpendicularmente Fortuny, Monte Esquinza, y enlaza la de Almagro con el Paseo de la Castellana. Las acacias ponen un retazo demsombra en ambos lados, aliviando el estío madrileño. Después de estudiarlo detenidamente, el 14 de julio de 1939 se firma el contrato. Alquilan la planta tercera completa y uno de los pisos de la primera. Los enseres de la Casa Rectoral se trasladan y, poco a poco, con la ayuda de todos, se irá instalando la futura Residencia de estudiantes. La primera planta, excepto un salón que se adaptará para comedor de los residentes, se dedica a las habitaciones del Padre, doña Dolores, Carmen y Santiago. Hay además una sala de recibir, un dormitorio de huéspedes y un pequeño comedor de invitados.

La salida de don Josemaría de la Casa Rectoral de Santa Isabel va a servir, además, para dar acomodo a las Agustinas Recoletas que han sobrevivido a la guerra. Su convento ha sido desmantelado. Don Josemaría cede a las Agustinas, hasta que pueda reconstruirse el convento, la vivienda asignada a la Casa Rectoral. Pero antes, por indicación del Vicario General de la Diócesis, solicita de ellas un documento que les compromete a pagar un alquiler al Rector. Mientras lo sea él, renunciará a este dinero en favor de la Comunidad. Pero no puede transmitir una carga injusta a quien le suceda en el cargo, limitando sus legítimos derechos.

Mientras tanto, la Universidad intenta recuperar los años perdidos en la guerra civil; los estudiantes permanecen en sus puestos, y esto brindará a la Residencia de Jenner la oportunidad de continuar abierta durante todo el verano. En este primer curso de 1939-40 hay ya unas treinta personas instaladas y otros muchos amigos que la frecuentan. El Padre ha marcado su ritmo de trabajo habitual y el engranaje se mueve ordenadamente. Jenner será el punto de apoyo, el comienzo de una formidable expansión del espíritu del Opus Dei.

He aquí cómo describe un estudiante que, más tarde, solicitará la admisión en el Opus Dei, su llegada a esta casa:

«Sabía que (el Padre) era el autor de Camino y que dirigía esta Residencia. Hoy (...) conozco bastante más. Sé, por ejemplo, que es un sacerdote enamorado de Jesucristo y con una fe inmensa en su presencia real en la Eucaristía (...). También sé que ha metido en el alma de los que me trajeron a estudiar, y en los que después he ido conociendo (...), sus insaciables afanes de apostolado... »(1).

Descubre aquí un ambiente nuevo y atractivo; un cristianismo arraigado en lo más genuino, pero gozosamente nuevo. Cuestiones como la vida interior, oración, Eucaristía, estudio, trabajo, orden, pureza, fraternidad... adquieren una extrema sencillez y luminosidad. Descubre a un Dios muy próximo, con gran exigencia, pero a la vez, muy Padre. Oír al Fundador resulta siempre animoso y reconfortante.

Las paredes del oratorio están recubiertas con tela de arpillera en plieges verticales. En la parte superior, un friso de madera oscurecida con nogalina ostenta estas palabras de los Hechos de los Apóstoles:

Erant autem perseverantes in doctrina Apostolorum, et communicatione fractionis panis, et orationibus ”(2).

Y sobre el frontal del Altar: “ Congregavit nos in unum Christi amor ”(3). Aquí celebra la Misa el Padre. Impresionan la sobriedad y el rigor litúrgico. Quienes asisten sienten que Dios está muy cercano. En esta casa formará el Padre a sus primeros hijos; se multiplicará para hacer, de cada uno, un continuador del espíritu de la Obra.

Les hablará el Fundador, con mucha frecuencia, de universalidad. Tiene en su cuarto un globo terráqueo y les invita a pensar en tantos países enteros que no conocen a Cristo... Y en los que se llaman cristianos, donde hay muchas gentes que no le siguen y le ofenden. ¡Hay tanto por hacer! Pero no cabe el pesimismo; hace falta entregarse, personas decididas a ser auténticamente cristianas para cristianizar el mundo. ¡Con la ayuda de Dios, será posible!...

En la fiesta de Cristo Rey de 1939, cuando aún se viven por las calles momentos de exaltación bélica, subraya:

«Todo eso es muy noble, patriótico, pero hay un Reino más grande, el Reino de Jesucristo, que no tiene fin»(4).

Desde Jenner viajará a un gran número de ciudades españolas, para cumplir deberes sacerdotales y plantar el espíritu de la Obra de Dios. En abril de 1940, reúne en esta casa a todas las recién llegadas vocaciones de España, para dedicar unos días más intensamente a su formación. Y les pide la fortaleza de aquellos soldados romanos que se llamaron «los cuarenta mártires de Sebaste».

-«Eran cuarenta, y venían los ángeles con cuarenta coronas. Pero uno de los soldados tuvo miedo, y se salió del estanque helado donde morían lentamente. Entonces, uno de los que les custodiaban se declaró cristiano, y murió también mártir. Las cuarenta coronas que traían los ángeles sirvieron todas; así debemos perseverar todos nosotros, pase lo que pase»(5).

A todos y cada uno de estos hombres jóvenes que le siguen el Fundador les habla, les exige y les quiere de verdad. Alguno recuerda su primer encuentro con el Padre, cuando, mirándole profundamente le dijo:

«A todos vosotros os conozco desde hace mucho tiempo»(6).

Porque les ha visto acudir a la llamada divina que él mismo recibió el 2 de octubre de 1928. Y ha rezado por esta juventud generosa, cabal y radicalmente fiel, que Dios va a poner en su camino.

El pergamino que encontró intacto entre las ruinas de Ferraz 16, la Residencia destruida por la guerra, con el mandato del amor de San Juan Evangelista, campea de nuevo sobre la vida de Jenner. En estos dos pilares, filiación y fraternidad, quiere Dios que se apoye la vida entera de la Obra.