Presencia en la vida política

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

La juventud de quienes éramos del Opus Dei en los comienzos de los años cuarenta, la necesidad de atender a la formación espiritual y doctrinal y a la expansión apostólica, y las peculiares circunstancias políticas de nuestra inmediata postguerra explican la ausencia de fieles de la Obra en cargos y tareas relevantes de carácter político. Esto no significa, en absoluto, que hubiera desinterés por la política, sino sólo que había muchas otras cosas que hacer. José María Albareda, que en 1939 tenía treinta y siete años, era, como ya se ha dicho, Secretario General del C.S.I.C., pero esa función no tenía carácter político en el sentido usual del término, sino científico, y consistía en organizar e impulsar por todo el país la labor de investigación. Justo Martí era alcalde de Oliva (Valencia) cuando pidió la admisión en el Opus Dei, pero dejó muy pronto ese puesto para hacerse cargo de la dirección de la residencia de Jenner en Madrid.

Cada uno de nosotros tenía, como es natural, un criterio político más o menos firme y definido. No obstante, habíamos aprendido del Padre a no preguntar por las ideas políticas de los demás y a respetar sus pareceres personales, y evitábamos entrar en discusiones sobre esos temas. No era difícil, sin embargo, adivinar los modos de pensar de las personas del Opus Dei en esa materia y comprobar que abarcaban todas las posibilidades del abanico político compatible con la fe cristiana: las posiciones que podían considerarse integradas en el régimen imperante, las que lo aceptaban sin que les gustase, y también las que lo rechazaban. Uno fue Secretario Nacional de la Delegación del SEU (Sindicato de estudiantes universitarios, único autorizado) para Escuelas Especiales; otros estaban en relación con grupos tradicionalistas; algunos eran demócratas monárquicos de don Juan de Borbón y le visitaron en Lausana; había algún demócrata republicano; algunos habían perdido a sus padres o los tenían en el exilio por ser opuestos al régimen. Diferentes eran asimismo los pareceres sobre la guerra mundial en curso: unos se mostraban germanófilos, mientras otros simpatizaban con los aliados y frecuentaban sus centros culturales.

Recuerdo que un día, durante el desayuno en Diego de León, el director contó un comentario oído en la peluquería, que me pareció algo irónico y peyorativo para una opción política. No sé por qué me encontraba yo particularmente sensible e intervine de forma un tanto abrupta y poco delicada con el director. Al charlar con él por la tarde, entre otros asuntos que tratamos, me hizo ver el tono impropio de aquella intervención mía: era natural que tuviéramos criterios políticos diferentes, pero esa actitud de enfado podía ser mal interpretada por los presentes. Comprendí que tenía razón, agradecí su comentario y me apené tanto que hasta se me saltaron las lágrimas. Al verme así, el director contó lo sucedido al Padre, que con gran comprensión y cariño me tranquilizó, quitó importancia a lo ocurrido, y me reiteró que cada uno era completamente libre para pensar en política como quisiera. Me explicó el Padre, una vez más, la libertad que todos teníamos para formar nuestro criterio y orientar nuestra actuación en esas materias profesionales, políticas, sociales, económicas, dentro de lo que es compatible con la doctrina de la Iglesia, y que no debía extrañar que esos criterios fueran distintos. Ninguno podía sentirse tan seguro de su propio parecer en esos temas como para desdeñar los modos de pensar de los demás, ni debía dar importancia, aún menos enfadarse, a bromas o comentarios que surgieran alguna vez en el ambiente familiar.

Estas ideas tan claras acerca de la libertad de los miembros del Opus Dei en materia política y en todas las demás cuestiones temporales, me resultaron sumamente ilustrativas cuando con el paso del tiempo gran número de fieles de la Obra han desempeñado las más variadas profesiones y actividades en la sociedad, a la vez que se esforzaban por ser cristianos consecuentes.