Portugal: país de promisión

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Un pequeño grupo sigue con expectación las evoluciones del avión que aterriza en Pedras Rubras: junto con el Consiliario del Opus Dei en Portugal y algunos miembros de la Obra, está también el Gobernador de Oporto. Se apagan los motores, y el

Padre, don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría descienden por la escalerilla.

-«Me siento feliz por estar una vez más en Portugal. Mi única pena es no saber hablar portugués»(22).

Durante siete días, Monseñor Escrivá de Balaguer va a presidir múltiples reuniones; conocerá los nuevos Centros abiertos en Lisboa, Coimbra, Oporto. Las tareas que la Obra aborda sin distinción de edades o de posición social. Desde bachilleres a campesinos pasando por sacerdotes, universitarios y matrimonios...

Enxomíl , la Casa de Retiros en los alrededores de Oporto, se llena en convocatorias sucesivas. La gente joven comparece con sus guitarras a punto de fado, y docenas de preguntas. Tal vez porque se saben objeto del futuro, interrogan acerca de la crisis de fe que sacude el mundo:

«Sí, es cierto que es un tiempo de falta de fe, y también es tiempo de mucha fe. Actualmente hay personas -yo conozco alguna-, que jamás habían hecho tantos actos de abandono en la misericordia de Dios, como ahora. Si rezamos todos juntos, si ponemos un poquito de nuestra buena voluntad, el Señor nos dará su gracia y pasará esta noche oscura, esta noche tremenda. Vendrá el alba, la mañana llena de sol. ¡Como estos días de Lisboa, que son una maravilla! » (23).

En Lisboa recibe a más de trescientos sacerdotes:

Se dirige a uno, después de contestar a una pregunta:

-«Me dan unas ganas de besarte las manos... »(24).

Y el Fundador mira el local del Club Xénon , materialmente abarrotado de hombres cuya vida está consagrada al servicio de Jesucristo...

-«Os tengo que decir que, cuando estoy rodeado de sacerdotes, me entusiasmo, me conmuevo, y me doy cuenta de que cada uno de vosotros podría darme doscientas docenas de lecciones, que serían de mucho provecho para mí. Por eso no predico a los sacerdotes: hablo con ellos de lo que ellos quieren... »(25).

Alguien le hace notar que están presentes algunos sacerdotes ya mayores:

-«¡Si viérais mi alegría cuando, en esta correría apostólica, he visto sacerdotes de más de ochenta años, que han pedido la admisión en el Opus Dei! Me acercaba furtivamente a besarles las manos, y les decía: tienes todos estos tesoros que has ido recogiendo, con tu trabajo, en las últimas parroquias de la diócesis, y yo debía estar de rodillas delante de ti. ¡Eres maravilloso! (...).

Aquí no hay nadie viejo. Todos somos jóvenes, todos (...). Somos inconmovibles (...). ¿Qué edad tenemos? Pues no lo sé; pero joven, siempre joven».

-«¡La edad del amor de Dios!», apunta don Álvaro.

-«Del amor de Dios, sí. ¡La edad del amor de Dios! La edad de hacer las cosas por amor. La edad de no dividir, sino de unir (...). La edad de ir detrás de los hermanos en el sacerdocio, que se nos han perdido por descuido de todos... »(26).

La tertulia se prolonga. Quieren preguntar los recién llegados al sacerdocio; otros, con años de experiencia; los de Lisboa y los que proceden desde otros puntos de Portugal... El tiempo pasa muy rápido y alguien se acerca al Padre:

-Padre, es la hora.

-« ¡Nos echan! ¿Me perdonáis? Pero quiero aprovecharme de vosotros, porque os he hablado hace un rato de la maravilla que el Señor ha puesto en vuestras manos. Tengo devoción -y algunos de los que están aquí lo saben- a recibir la bendición de mis hermanos sacerdotes. Así que os doy un sablazo. Me pongo de rodillas y me dais la bendición, por amor de Jesucristo (27).

Todos invocan al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que descienda sobre el corazón y los trabajos de este sacerdote, Fundador del Opus Dei.

Y Monseñor Escrivá de Balaguer también les bendice. Después, sale deprisa, mientras se pierden en el aire sus últimas palabras.

El amor por el sacerdocio ocupa el alma del Padre desde sus años de Seminario, en Zaragoza. Ahora, a sus hijos portugueses les ha impulsado a vivir una fraternidad sacerdotal constante, una ayuda mutua sin fronteras en el cumplimiento de esta misión, de esta batalla por la santidad. Y les ha pedido, una vez más, a los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, la lealtad y la obediencia incondicional a los Obispos de sus diócesis. Y, por encima de todo, cariño. Amor de unos por otros:

«¡Que nos queramos, que nos queramos mucho! Que amemos también a los religiosos, porque todos somos una sola cosa; y veréis cómo la Iglesia florece y los seminarios se llenan; cómo se salvan las almas y cómo seremos felices todos»(28).

No podía faltar el Padre, no faltó, a una cita con la Virgen de Fátima. El día 2 de noviembre viene hasta el Santuario, una vez más, para poner en sus manos las realidades y esperanzas de la Obra. Hace pocos días les ha dicho:

«Siempre que estoy en Portugal me acerco a Fátima para rezar a la Virgen. A veces vengo exclusivamente a eso, y me escapo sin dejarme ver de nadie.

Tengo mucho cariño a todos los santuarios de la Virgen, y prácticamente se puede decir que he recorrido todos los de Europa. Pero Fátima me encanta de modo especial: por vuestro pueblo, que es de una fidelidad a la Virgen que conmueve»(29).

Llega la hora de partir. El 6 de noviembre tomará el avión que ha de conducirle nuevamente a España. Otras distancias le reclaman, pero no puede evitar, camino de la despedida, decir en una breve confidencia al viento:

-«¡Cuesta marcharse! »(30)

Dejar este país que tiene un corazón inmenso y un sentido formidable de la fraternidad universal.