Pentecostés

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuentan los Hechos de los Apóstoles(44) que «al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar, y se produjo de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron como lenguas de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse».

Los idiomas de los hombres dejaron de ser extraños; se entendían con todos: partos, medos, elamitas, los que habitan en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y las partes de la Libia que están contra Cirene, y los forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, podían escuchar y traducir de sus labios las grandezas de Dios.

Y María está con ellos, porque los siente suyos: ha sido el último legado de Cristo. Y porque es orgullo de madre rodearse de hijos decididos, leales, afectuosos; pero también es de mujer recogerlos en los momentos del fracaso. Ser la viga maestra que impida la ruina en las situaciones de desaliento.

Durante muchos años, el Fundador del Opus Dei ha metido en su alma y en la de sus hijos la devoción filial a Santa María, junto a esta Presencia amable de la Trinidad Divina entre los hombres.

Ante las dificultades por las que el cristianismo cruza en nuestro momento histórico, el Padre sabe que, otra vez, hay que esperar la fortaleza y la claridad del Espíritu que ilumine las inteligencias y desborde los corazones. Le invoca, le llama con el amor que Pablo de Tarso recordaba a los primeros discípulos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita: Abba !, ¡ Padre!»( 45)

Su fe inquebrantable en esta barca de Pedro que no puede hundirse en la mar, porque Cristo sigue eternamente a su lado, no impide el sufrimiento que le produce el desconcierto, la duda, la fragilidad y la visión humana de muchos que, dentro de ella, han dejado de esperar la verdadera fortaleza sobrenatural. La solución está en la santidad, en la entrega incondicional de la vida a esa transcendencia que el cristiano conoce a través de la Sabiduría del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano II fue un gran intento de poner las verdades de la fe al alcance y al modo de los hombres del siglo XX, sin cesión, de ninguna verdad esencial.

El Padre ha presenciado actitudes post-conciliares que nada tienen que ver con la doctrina establecida en los documentos aprobados. Por eso, sufre cuando ve intentos de menoscabar la autoridad del Romano Pontífice; cuando comprueba la crisis de disciplina y autoridad que sufre la Iglesia; el abandono en la práctica de los sacramentos y la supuesta creación de nuevas Teologías que intentan arrumbar los dogmas como productos de una decisión condicionada históricamente y que debe revisarse e interpretarse de un modo supuestamente «progresista».

Para hacer volver las aguas a su cauce, el Padre anima a la fe auténtica, al trabajo santificado y santificador, a la lealtad con la Iglesia y con la Obra:

«Vale la pena jugarse la vida, entregarse por entero, para corresponder al amor y a la confianza que Dios deposita en nosotros. Vale la pena, ante todo, que nos decidamos a tomar en serio nuestra fe cristiana. Al recitar el Credo, profesamos creer en Dios Padre Todopoderoso, en Su Hijo Jesucristo que murió y fue resucitado, en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida (...).

El mensaje divino de victoria, de alegría y de paz de la Pentecostés debe ser el fundamento inquebrantable en el modo de pensar, de reaccionar y de vivir de todo cristiano»(46)

En estos momentos difíciles para la Iglesia, el Padre quiere más que nunca que los miembros del Opus Dei busquen la santidad. Y con este noble empeño escribe una oración, conversación familiar con el Espíritu Santo, que la Obra entera repetirá cada año.

El 30 de mayo de 1971, a media mañana, se reúne con algunos hijos suyos en un oratorio de la Sede Central en Roma. Una vidriera de colores representa la escena de María y de los apóstoles el día en que descendió visiblemente sobre ellos el Espíritu Santo. Un color de fuego ilumina las figuras de este retablo transparente. Don Alvaro del Portillo lee la nueva Consagración de la Obra:

«Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza (...).

Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios (...).

Te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo (...).

De modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos»(47).

Desde su vidriera del oratorio romano de Pentecostés, la Virgen escucha estas palabras que muy pronto repetirán los miembros del Opus Dei repartidos por toda la tierra, mientras preside esta unidad de corazones y de almas.