Palabras del arzobispo de Oviedo, Mons. Osoro

Excelencia Reverendísima, en nombre de esta Iglesia Particular de Oviedo, muchas gracias por su presencia entre nosotros en este Año Santo de la Cruz. Bienvenido a esta Archidiócesis de Oviedo. Con su presencia sentimos el gozo de la cercanía del gran Santo español del s. XX San Josemaría. En nombre de todos los que estamos aquí reunidos siento la necesidad y la responsabilidad, de dar gracias a Dios por el carisma que el Señor quiso entregar a la Iglesia, para el servicio de todos los hombres, a través de San Josemaría, a quien S. E. tuvo la dicha y la gracia de conocer y trabajar con él. Carisma que está presenté en esta Iglesia de Oviedo y que enriquece y da belleza a esta Iglesia Particular.

Muchas son las aportaciones que la Iglesia y que la fe cristiana hizo y sigue haciendo a esta humanidad. Cuando la semilla del Evangelio cae, ciertamente aparece el humanismo verdadero o el humanismo verdad, aparece un nuevo humanismo. La Obra ha incidido de manera especial en hacer estas aportaciones a los hombres para que las viviesen en la vida ordinaria. Y estas han sido fundamentales: en el orden de la verdad, en el orden de la comprensión de la historia, en el orden del comportamiento moral, en el orden de la convivencia, en el orden del último sentido de la vida humana. Hoy por todas las partes de la tierra se extiende la manera de vivir que el Señor quiso revelar y hacer presente en San Josemaría.

Gracias Don Javier, porque como Prelado del Opus Dei, tengo que decirle, que todos los miembros de Obra están ayudando aquí en Asturias a que la Iglesia Metropolitana de Oviedo, ofrezca a la sociedad: 1) razones para ser, fortaleciendo la vida personal; 2) razones para hacer, con un fortalecimiento el orden moral; 3) razones para convivir que en definitiva es el fortalecer la convivencia. Todo ello experimentando en el día a día, que la fe es muy humana y muy humanizante; la fe crea un clima en la que todos nos sentimos a gusto y amablemente interpelados a dar lo mejor de nosotros mismos. Esta verdad se expresó de una forma particular en la vida de San Josemaría. Él habló con fuerza y con eficacia sobre Dios y lo hizo desde una clara identidad cristiana y sacerdotal. ¡Qué sucedía en su vida cuando hablaba de Dios y de las cosas de Dios! Que como lo hacía desde la alegría de haber encontrado a Dios en fondo de su corazón, conmovía a los demás con la fuerza de su palabra. Algunos de los que estáis aquí habéis sentido esa conmoción pues lo conocisteis y tuvisteis encuentros con él.

Querido Don Javier, su presencia como sucesor de quien fundó y estuvo al frente de la Obra, San Josemaría, nos hace recordar algunas palabras suyas, de una actualidad muy grande para nosotros. Cuando la Iglesia nos está llamando a realizar una nueva evangelización en ardor, método y expresión, hemos de recordar aquellas palabras de San Josemaría: "aleja de ti esos pensamientos inútiles que, por lo menos, te hacen perder el tiempo" o "no pierdas tus energías y tu tiempo, que son de Dios, apedreando perros que te ladren en el camino" o esta otra, "eres calculador. No digas que eres joven. La juventud da todo lo que puedes: se da ella misma sin tasa". "Frecuenta el trato del Espíritu Santo -el gran desconocido- que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones".

Permítame mi atrevimiento, pero así he visto a la Obra en su trabajo apostólico en todos los lugares donde he vivido mi ministerio: que la meta de hablar de Dios consiste en llevar a todos a hablar con Dios. Y en ese trato con Dios, Él va guiando nuestra vida por el camino del bien y de la verdad. Por otra parte, en todos los miembros de la Obra, el amor y la pasión por la Iglesia de Jesucristo, por su misión es muy fuerte. Las preocupaciones por la familia, la educación de los hijos, las vocaciones, el trabajo ordinario bien realizado o realizado extraordinariamente, son facetas que distinguen a quienes se sienten miembros de la Iglesia y viviendo de esa espiritualidad y modo de vivir que fraguó el Señor en el corazón de San Josemaría.

Gracias Don Javier por su estancia con nosotros, por el regalo de su presencia y por el regalo de presidir esta Eucaristía en esta Santa Iglesia Catedral. Vemos en S.E. la prolongación de la presencia de quien inició la Obra. Que el Señor le proteja siempre y le ayude en el servicio que tiene que realizar en la Obra y que la Santísima Virgen María, la Santina de Covadonga en cuyas manos ponemos su ministerio para que se lo haga presente a su Hijo Jesucristo, le acompañe con su maternidad siempre. Amén