Otras ciudades

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

El Señor enviaba también a raudales su gracia para la expansión del Opus Dei en otras ciudades. El Padre había dado en Burjasot, cerca de Valencia, ejercicios espirituales en junio y septiembre de 1939 y habían pedido la admisión en la Obra Amadeo de Fuenmayor y José Manuel Casas Torres primero, y luego José Orlandis, que había acudido allí desde Palma de Mallorca, a donde regresó enseguida. Se les atendía espiritualmente mediante viajes desde Madrid, aunque el Padre había designado a uno como director. Como es natural, apenas podía haber entre ellos diferencias de conocimiento del espíritu de la Obra.

Durante el curso 1939-40, teniendo como base material un local muy pequeño en Samaniego 9, llamado de modo familiar "El Cubil", se realizó en Valencia una abundante labor de apostolado con universitarios, que fructificó en varias nuevas vocaciones: Salvador Moret e Ismael Sánchez Bella en abril, Florencio Sánchez Bella en junio y Federico Suárez en julio de 1940. El Padre retomó el proyecto de montar una residencia universitaria, que comenzó sus actividades en octubre de ese año, en el nº 16 de la misma calle de Samaniego en la que había estado "El Cubil".

Desde Madrid se empezó a ir también en ese mismo curso 1939-40, a Valladolid, Barcelona, Zaragoza, Salamanca y San Sebastián. El Padre solía viajar con uno o dos más, y visitaba primero al obispo de la diócesis, sin cuya autorización no empezaba la labor en ningún sitio. Cada semana iba a una ciudad, mientras que al resto acudían algunos mayores. Para estos viajes se aprovechaban los fines de semana, que por aquellos años eran más cortos, ya que los sábados por la mañana eran lectivos. Se salía de Madrid el sábado a primera hora de la tarde y se regresaba la noche del domingo, para estar en Madrid en la mañana del lunes, a fin de acudir a las clases o al trabajo.

A veces el Padre y quienes le acompañaban iban en algún coche, viejo e inseguro, pero de ordinario los viajes se hacían en autobuses renqueantes y con mayor frecuencia en trenes que, como consecuencia de la guerra española, estaban en muy mal estado. Eran lentísimos, dejaban pasar en el invierno el aire frío y la carbonilla por las rendijas de las ventanillas, y circulaban atestados de gente. Salvo en trayectos cortos, el viaje requería pasar dos noches seguidas en el tren, durmiendo poco y mal. A veces ni siquiera quedaba sitio para sentarse y había que ir en los pasillos o incluso en las plataformas. Sin embargo, como la urgencia del estudio era grande, se aprovechaban esos viajes siempre que era posible para estudiar y trabajar en el tren. Por otra parte, los retrasos eran muy corrientes y no era raro que los lunes se regresara muy avanzada la mañana o aun pasado el mediodía. Como en aquella época sólo había misas por la mañana y estaba prescrito que para comulgar se debía guardar absoluto ayuno, también de agua, desde las doce de la noche precedente, ese prolongado ayuno representaba una buena prueba de devoción eucarística.

En el lugar de destino se disponía como base una habitación de algún hotel modesto, desde donde se tomaba contacto con personas ya conocidas o de las que se tenían referencias por otros de la Obra o por amigos. En el hotel o en otro lugar tranquilo se conversaba con ellas, y se les mostraban horizontes de vida cristiana y de celo apostólico en el trabajo según el espíritu del Opus Dei. Cuando estaba el Padre, era él quien hablaba de todo esto con algunos de ellos. Un excelente apoyo era Camino.

Así fue cuajando en cada una de esas ciudades un pequeño grupo de amigos que comprendían la labor de formación espiritual de la Obra. Pronto surgía una primera vocación, que se quedaba en aquel lugar sin más apoyo que la gracia de Dios y la oración de los del Opus Dei, al menos hasta la visita del siguiente fin de semana. Cuando se producía una segunda petición de admisión en la Obra, el que lo había hecho un poco antes solía ayudarle y enseñarle. Sin duda, el Espíritu Santo andaba por medio muy activo, daba las luces convenientes y suplía todo lo necesario. En algunas de esas ciudades, el Padre conocía a sacerdotes a los que había hablado del Opus Dei, dispuestos a atender en confesión a las nuevas vocaciones si libremente acudían a ellos: recuerdo a don Antonio Rodilla y don Eladio España en Valencia, a don Daniel Llorente en Valladolid, al Dr. Cirac y, algo más tarde, al Dr.Roquer en Barcelona.

Cuando volvían los viajeros y nos contaban en Jenner cómo había ido todo, nos llenábamos de alegría. Si alguno había pedido la admisión en la Obra, nos apresurábamos a escribirle para felicitarle. Era, como habíamos leído en Camino (n. 808), "un nuevo loco para el manicomio", uno más que quería amar con locura a Jesucristo, como hacía el Padre. Y le encomendábamos al Señor para que le ayudara en sus primeros pasos, a la vez que le pedíamos que rezase por otros que se podían decidir muy pronto.

El Padre impulsaba la expansión del Opus Dei con su oración, su mortificación y penitencia, y su incansable actividad. No paraba un minuto. En Madrid seguía muy de cerca toda la labor apostólica, el aumento de los cursos de formación, los nombres de las personas que parecían tener condiciones para ser del Opus Dei. La mies era realmente mucha, y los obreros pocos. Dios ponía en el Padre urgencia y daba su gracia para que la Obra se extendiera por los cuatro puntos cardinales, aunque por entonces no quedara más remedio que limitarse a España.

Como consecuencia de los viajes a Valladolid, pidió a primeros de marzo la admisión en la Obra Teodoro Ruiz Jusué, en abril Juan Antonio Paniagua y Alberto Taboada, luego Antonio Moreno (que falleció pronto), Ramón Taboada y Javier Silió. Allí conoció el Padre a los guipuzcoanos Ignacio Echeverría y Jesús Urteaga, que fueron a examinarse a finales de junio y se decidieron a ser de la Obra en julio del mismo año 1940. Desde los primeros días de mayo se pudo contar para la labor apostólica en esa ciudad castellana con un pequeño piso en Montero Calvo 24, facilitado por el padre de Teodoro, que por su emplazamiento y dimensiones fue bautizado familiarmente como "El Rincón".

Las primeras vocaciones en Zaragoza fueron Jesús Arellano, ya avanzado febrero, navarro de Corella; Javier Ayala, estudiante de Derecho, del mismo Zaragoza, y José Javier López Jacoiste, navarro de Ochagavía, ambos en marzo. Y en mayo, José Ramón Madurga. No se dispuso de ningún local para la labor apostólica hasta después de varios años. Utilizaban la pensión en que vivía Jesús, el domicilio de la familia de José Ramón y con frecuencia la calle, los paseos por la ribera del Ebro o por el Parque.

En Barcelona, Rafael Termes, estudiante de Ingenieros Industriales, pidió la admisión en la Obra al comenzar abril de 1940. En mayo lo hizo José María Casciaro, hermano menor de Pedro, que se trasladó enseguida a Madrid; y en agosto Rafael Escolá, también alumno de Ingeniería. Desde finales de junio se pudo contar con un piso en Balmes 62, llamado pomposamente "El Palau", alquilado a nombre de Alfonso Balcells, médico que había asistido al curso de retiro que dirigió el Padre en Burjasot y que, aunque no había pedido la admisión en la Obra, aceptó ayudar de ese modo.

Además de esa intensa labor con estudiantes universitarios, la dirección espiritual del Padre en Jenner se extendía a muchas otras personas, jóvenes o profesionales, casados o solteros, hombres con una carrera universitaria terminada, empleados y obreros. De ordinario les recibía en el primer piso o en una salita de la residencia. Algunos mantenían relación con el Padre desde los años treinta. Desde el principio había comprendido que en el Opus Dei cabían toda clase de personas, pero no le pareció prudente por entonces que establecieran una vinculación jurídica con la Obra: habría que esperar algún tiempo. El Padre apreciaba en algunos clara vocación a la santidad en el matrimonio y les orientaba por ese camino. A una parte de sus dirigidos, ya profesionales, daba en Jenner clases de formación espiritual. Hacia finales de los años cuarenta, unos pidieron la admisión en el Opus Dei como agregados y otros como supernumerarios.