Nuevo continente: Estados Unidos

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

En el verano de 1948, el Padre y don Alvaro vuelan de Roma a Madrid. Ya en España, se acercan con frecuencia a Molinoviejo . Un día de septiembre, el Padre habla con don José Luis Múzquiz. Le comunica la partida inminente de don Pedro Casciaro para llevar el Opus Dei a tierras de América y le pide que viaje a Madrid porque, en unos días, volverá a reunirse con él.

Solamente han pasado cuatro jornadas cuando el Padre regresa a Madrid y vuelve a tener otra conversación con don José Luis:

«¿Qué tal si, en vez de empezar en un país de América, empezamos en dos? Pedro podría ir a México. ¿Te gustaría a ti ir a Estados Unidos?»

-«Sí, Padre»(4).

Le dice que piense en algunos más que quieran ir y que tengan condiciones para ello. Hay que preparar los pasaportes y todo lo necesario.

Con esta sencillez se decide el salto del océano en busca de un nuevo Continente para extender el espíritu del Opus Dei. Pedro Casciaro ha llevado a cabo, previamente, un programa de viajes que le han conducido desde Canadá a Chile, pasando por Estados Unidos, México y Argentina. Las estancias han sido breves. Solamente México, como pronóstico revelador de su futura tarea americana, le ha ocupado más de dos meses.

Durante este tiempo se ha entrevistado con autoridades y personas conocidas que le han informado acerca de las condiciones de trabajo que ofrece cada país. En una palabra: ha ido abriendo camino a los primeros miembros de la Obra, que llegarán, en breve, a roturar nuevas tierras con sus tareas profesionales y su espíritu apostólico.

En febrero de 1949, poco antes de partir hacia los Estados Unidos, Monseñor Escrivá de Balaguer le dice a don José Luis:

«Me quedo más solo que la una..., pero vale la pena». Casi todos los que estaban trabajando con él, a excepción de don Alvaro que está en Roma, se han ido marchando a América. «Me da pena y alegría. Pena de separarme y alegría porque vais con la luz y el sabor. Va a ser para mucha gloria de Dios».

Y le da un consejo práctico y magnánimo:

«Más vale echar atrás en una cosa que dejar de hacer noventa y ocho»(5).

Con ello le anima, una vez más, a ser audaz en nombre de Cristo. Le dice que no deje de hacer las cosas que crea convenientes por miedo a equivocarse...

La última entrevista del Fundador con don José Luis tiene lugar en el aeropuerto de Madrid. Monseñor Escrivá de Balaguer regresa a Roma. Unos días antes le ha entregado un pequeño recuerdo que conserva desde su estancia en el Hotel Sabadell de Burgos: es un cuadro de la Virgen que presidió las horas de esperanza durante la guerra. Cuando encuentren casa en América, será lo primero que instalen en el oratorio de Woodlawn Residence , en Chicago.

Al sonar los altavoces anunciando el vuelo Madrid-Roma, el Padre abraza a este hijo que dentro de pocos días va a emprender una larga ruta:

-«Nos vamos a poner tiernos», comenta en broma (6).

Porque la emoción es manifiesta. Poco después, en el cielo braman los motores del avión camino de la Ciudad Eterna.

El 16 de febrero de 1949, don José Luis Múzquiz, acompañado de Salvador Martínez Ferigle, emprenderá el vuelo para cruzar el Atlántico en un avión de la TWA. Suspendidos en el aire, en la universal frontera del espacio, piensan ya en el inmenso país que les espera y que ya empieza a ser su nueva patria.

El 18 de febrero de 1949, don José Luis celebra el Santo Sacrificio de la Misa en Nueva York, en la Catedral de San Patricio. Pocos días después llegan a Chicago. De momento, y mientras buscan una casa, se hospedan en una pensión de estudiantes: el Hotel Harvard, muy cerca de la Universidad.

No saben todavía que de las aulas de la Chicago University y del Illinois Institute of Technology saldrán las primeras vocaciones para el Opus Dei.

Esta tierra, cordial, activa y pragmática, empieza por adaptar los nombres a su modo familiar. Así, a los pocos días, don José Luis ha pasado a ser Father Joe para los amigos; y Salvador se adapta a otra disminución silábica y responde, con toda naturalidad, al epíteto de Sal.

En agosto de 1949 les entregan, después de muchas gestiones, las llaves de la futura Residencia, que ha de llamarse Woodlawn . Don José Luis recuerda los pasos que ha visto dar al Padre tantas veces al comenzar las tareas de una nueva instalación: primero el oratorio. La mejor habitación del inmueble. Pero... ¿con qué medios van a montarlo? Sólo conservan, en la agenda, un trozo de papel con la dirección de unas señoras norteamericanas. Se la dio don Alvaro del Portillo antes de salir de España. Es el momento de realizar la primera visita.

Su anotación les lleva hasta una casa modesta, de ladrillo, sin jardín. Clara y Sophie Dalliden están encantadas de recibirles. Quedan impresionadas al conocer el proyecto de montar una Residencia tan cerca del campus de la Universidad. Son dos mujeres de edad madura, y les parece que esta tarea es de una audacia inconcebible. Este Centro docente es de confesionalidad baptista, fundado en el siglo XVII. En este momento, su eclecticismo y frialdad son notorios.

Las hermanas Dalliden no esperan a que don José Luis les enumere sus dificultades económicas. Han comprendido. En el piso bajo de su casa existe un negocio de ornamentos y objetos litúrgicos que lleva un sobrino suyo. Ellas regalarán el altar y el Sagrario para el nuevo oratorio. Y cumplirán su palabra. Después de bien pintada y limpia, la mejor habitación de Woodlawn estará preparada muy pronto.

El 29 de agosto de 1949, escribe don José Luis Múzquiz:

«¡Ya estamos en Woodlawn! Nos dieron las llaves el viernes y estamos ahora en pleno jaleo de organización, limpieza, etc. La casa es magnífica, cada vez nos gusta más (...). Tenemos un pequeño espacio con "lawn" (césped) delante de la casa y otro detrás, que regamos con esas máquinas automáticas que usan por aquí. De vez en cuando baja de los árboles alguna ardilla, y los grillos cantan durante la noche.

La casa pensamos que le gustará al Padre (...). Algunas habitaciones con zócalo de madera, y toda ella fuerte, potente y robusta»(7).

El 15 de septiembre de 1949, fiesta de los Dolores de Nuestra Señora, se queda el Señor en el primer Sagrario de la Obra en los Estados Unidos.

En el resto de la casa sólo hay una cocina de gas, una mesa de comedor, una silla, unos cajones de embalar y un par de camas viejas. Mientras tanto, don José Luis ha logrado conocer a algunas señoras católicas que frecuentan Saint Mary's Church. Unas le van presentado a otras:

-»Son pioneros»(8), se les oye exclamar.

Palabra clave en un país que conoce la inmigración en el espíritu de sus propios fundadores. A partir de este momento empiezan a llegar muebles, a través de estas señoras.

El Padre escribe con frecuencia cartas llenas de cariño para todo cuanto van haciendo. Sigue, hasta el mínimo detalle, los pasos de sus hijos por Estados Unidos. Le preocupa que no esté allí la Sección de mujeres, que el nuevo Centro de la Obra no pueda ser atendido adecuadamente. En el comienzo del curso 1949-50, les anuncia la llegada de las primeras mujeres del Opus Dei que se encargarán de la Administración doméstica. También les da indicaciones para preparar la zona del inmueble que ellas han de ocupar con total independencia.

Cuando es inminente la llegada de la Sección de mujeres a Estados Unidos, don José Luis, personalmente, se ocupa de dirigir las obras para organizar un acceso por la parte posterior de la casa. Y en medio de esta tarea de albañilería conocen a Dick.

Este muchacho norteamericano forma parte de un grupo de amigos que se reúnen, de vez en cuando, para hablar de temas culturales y religiosos. Un sacerdote, que ha conocido a don José Luis Múzquiz, le aconseja que se ponga en contacto con el Opus Dei. Y, al día siguiente, suena el teléfono.

-»Me llamo Dick Riemman. Father Mann me ha dicho que usted puede orientarme en mi vida».

Son los primeros días del mes de julio. Don José Luis recuerda perfectamente el consejo del Padre: encomendar las primeras vocaciones americanas a Isidoro Zorzano (9)

Isidoro ofreció su vida por la Residencia de Moncloa, un instrumento de apostolado para la gente joven. Seguro que empleará toda su influencia en conseguir los primeros para el espíritu del Opus Dei en el nuevo Continente... él, ¡que fue el primero de todos! después del Fundador... Faltan solamente quince días para que se cumpla el aniversario de la muerte de aquel primer fiel seguidor del Padre. Sin embargo, don José Luis le apremia. Está pidiendo un milagro para los Estados Unidos.

Y llega Dick. Le cuenta que ha estado movilizado en la Navy de Infantería, que estudia en la Universidad desde que terminó la guerra y que trabaja durante el verano para costearse los estudios. Vive con unos parientes porque sus padres han muerto. Emplea todos los días de la semana muchas horas, en la Chicago Fair: una representación al aire libre de la historia del Ferrocarril en los Estados Unidos. Es el director artístico. Tiene inquietudes y le gustaría orientarse, hacer unos días de retiro, una pausa en su ajetreada actividad.

Dick es simpático, emprendedor y servicial. No está acostumbrado a dejarse vencer por los obstáculos. Vendrá temprano, todos los días, a una meditación y se quedará a la Santa Misa. Luego saldrá hacia su trabajo.

El día 14 de julio le hablan de vocación al Opus Dei. Y el 15, aniversario de la muerte de Isidoro Zorzano, el primer hombre de Estados Unidos escribe al Padre pidiendo su admisión en la Obra. Le contestará muy pronto desde Roma haciéndole partícipe de la responsabilidad, bendita responsabilidad, que ha caído sobre él por ser la primera vocación de su país.

El grupo de la Sección de mujeres llega con Nisa González Guzmán a la cabeza. Previamente ha pasado por Roma. El Padre habla con esta mujer que sabe ya de circunstancias de comienzo, y vuelca toda su experiencia para facilitarles el camino.

«Si sois fieles, en cuatro o cinco años, haremos una labor inmensa... pero si sois fieles (...): necesito vuestra fidelidad»(10)

Al principio, apenas ejercen otra profesión distinta de la de administrar la Residencia de Woodlawn . Esta situación no debe durar mucho porque el Padre no quiere que, dedicadas en un primer momento sólo a esa tarea, puedan dar una idea limitada del carácter de la Sección femenina de la Obra. No obstante, a pesar de su pequeño radio de influencia y relación, pronto pedirá la admisión Pat Lind, la primera norteamericana del Opus Dei.

La casa de la Sección de mujeres se llamará Kenwood, y se abrirá en Chicago. En el oratorio se coloca un relicario que el Fundador dio a Nisa antes de que saliera de Roma camino de los Estados Unidos. Se trata de una reliquia de Santa Teresa sobre damasco rojo. Esta santa castellana, práctica y andariega, es bien conocida en América. Y popular. No en vano abrió, a fuerza de tesón, nuevos caminos humanos y divinos para poner la luz del Evangelio en las encrucijadas de los hombres.