Nace un niño

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Es el 9 de enero de 1902. Tal cronología suele augurar nieve y cierzo pirenaico sobre el Alto Aragón. Las tierras del Somontano fraguan su conspiración de hielo y fecundidad durante los largos meses de invierno. Los hombres del labrantío conocen bien esta inclemencia cuando otean el crecimiento de sus viñas, la añosa persistencia del olivo, la realidad inveterada, frente a todo evento, de sus cereales de secano. Saben que, en esta silenciosa expectación del campo, se oculta la promesa de los almendros que pueblan las laderas, de la hierba que está anidando bajo tierra, de las frutas que cubrirán el valle de riqueza cuando caliente el sol de abril.

Pero esta noche es cruda. Las gentes andan sin atención los pasos del camino acostumbrado. En la ciudad de Barbastro, las tiendas cierran al caer las ocho de la tarde. Se han cubierto los escaparates con postigos de madera oscura, y las casas han acogido apresuradamente la tertulia familiar junto al brasero de carbón, la cena caliente, bien aderezada, y la oración cotidiana, cerca del rescoldo, antes de irse a dormir. Las campanas que asoman por el hexágono puntiagudo y vigilante de la Catedral dieron ya las nueve de la noche.

El hogar de los Escrivá y Albás mantiene hoy una vigilia inusitada. Podemos dar marcha atrás en los datos de la Historia y así entrar de algún modo en la intimidad de esta noche para asistir al nacimiento del segundo de sus hijos. Ayudados por la luz blanca que esparcen las farolas de la calle Mayor subimos al primer piso. Las habitaciones más nobles de la vivienda tienen balcones al exterior, a la Plaza porticada de Barbastro. Todo en este hogar transpira señorío y orden. Está envuelto en un cuidado que merodea entre los objetos materiales. Imaginamos el aspecto de la casa. Sobre un mueble reposa la ponchera de cristal tallado con base y tapa de plata cincelada. En el saloncito, las butacas y el sofá, de línea semicircular, cómodos y acogedores. En la pieza contigua, la estantería, donde se alinean, entre otros, los seis tomos, encuadernados en piel, de una antigua y grabada edición de «El Quijote». La mesa camilla, testigo del calor familiar y de la reunión habitual tras el trabajo del día, mantiene hoy silencioso el entorno de sus amplios faldones de paño grueso y abrigador. En el tapete, un trozo cuadrado de batista bordado y a medio terminar. A su lado un alfiletero de plata, menudo, gastado por el uso. Es probable que la gozosa novedad del acontecimiento haya encontrado a la dueña de la casa en plena actividad, sin ocios ni preámbulos; en medio de un quehacer amable que sigue testimoniando su modo y presencia entre las cosas.

Sobre una mesa recia, cuya madera donó un duro árbol pirenaico, seguramente hizo guardia un velón dorado con sus quitaluces grabados y relucientes. En otro ángulo, abierta, la tapa de un arcón de cedro en el que se apilan sábanas, manteles y otras ropas que difunden olor a espliego y a membrillo al extenderse. En la vitrina, la filigrana de los abanicos de encaje, del caracol de nácar, de la tacica de porcelana.

Dos años más tarde estará también allí, en el pequeño velador, una fotografía reciente de los dueños de la casa. Su rostro y su talante no habrán cambiado mucho. En el cartón ocre de esta reproducción nos adelantamos a ver la imagen del matrimonio tomada de perfil, al gusto de la época. En primer término, doña Dolores Albás: tiene un porte sereno, con rasgos tranquilamente dibujados. Un gesto hidalgo emerge de los pliegues de su vestido de brocado, de la gola de orlanza plisada alrededor del cuello, del pelo suavemente recogido hacia la nuca. Hoy, 9 de enero de 1902, tiene veinticuatro años.

Detrás, la presencia jovial de don José Escrivá. Una sonrisa, que guarda complicidad entre los ojos y la boca, deja constancia de su alegría y se refugia, apenas, tras un bigote bien cuidado. Pelo muy corto, rostro joven -tiene sólo diez años sobre el tiempo de su esposa- y una elegancia ágil completan su fisonomía. Lleva un traje de paño de buen corte y ojal en la solapa, corbata blanca de lazo y cuello y pechera almidonados.

La casa es amplia en profundidad y, esta noche, el interés se centra en los alrededores de una habitación de buenas dimensiones en cuyo fondo se alojan dos alcobas. La separación entre esta sala y las alcobas -si se seguían los dictados del modo aragonés- se logra mediante paneles de vidrio artísticamente trabajados en los que juegan dibujos y colores. El balcón, por donde la estancia se asoma a la Plaza, está cubierto por amplios cortinones. Hace frío, y el vaho se quiere condensar en los cristales. A pesar del aislamiento confortable, llegan hasta el hogar las nueve campanadas que acaban de quebrar el silencio de Barbastro.

La cocinera -suponemos que se trataba ya de María, que desempeñará este oficio en el ámbito familiar de los Escrivá durante años- se mueve hoy entre rezos a San Ramón y un ajetreo de ropas y recipientes de agua hirviendo que pone a disposición de los médicos. Nos parece ver a don José que mide con pasos impacientes los metros del pasillo en la obligada espera. Y de pronto, sin incoar ningún minuto de zozobra, suena en la casa una nueva voz que llora sobre el mundo: es un varón, aragonés, que ha nacido sano y está afirmando ya, de modo rotundo, su entrada en el tiempo de los hombres.