Muerte del fundador y elección del primer sucesor (1975)

El Fundador del Opus Dei rememora su vida El 28 de marzo de 1975, el Fundador del Opus Dei cumplió 50 años de sacerdocio. El aniversario quiso celebrarlo en la intimidad y fue ocasión para recuerdos y reflexiones. Su inesperada muerte, tres meses después, concede especial relieve a las consideraciones que públicamente hizo en aquellas fechas y que poseen un cierto carácter de testamento espiritual. Encuentro del Fundador con miembros del Opus Dei, alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz , el 19 de marzo de 1975

Ahora, Señor, quiero darte gracias delante de estos hijos, porque hay material y formación suficiente para que no se tuerza el camino de la Obra, para que no se pierda el buen espíritu. Por aquí hemos andado esta mañana en la oración, dando gracias, y diciendo: Señor, casi cincuenta años de trabajo, y yo no he sabido hacer nada: todo lo has hecho Tú, a pesar de mí, a pesar de mi falta de virtud, a pesar de… (…)

Hijos míos, os estoy contando un poquito de lo que ha sido mi oración de esta mañana: es para llenarme de vergüenza y de agradecimiento, y de más amor. Todo lo hecho hasta ahora es mucho, pero es poco: en Europa, en Asia, en África, en América y en Oceanía. Todo es obra de Jesús, Señor nuestro. Todo lo ha hecho nuestro Padre del Cielo. (…)

Hijos mío, toda nuestra fortaleza es prestada. ¡A luchar!, no os hagáis ilusiones. Si peleamos, todo saldrá. Tenéis por delante tanto camino recorrido, que ya no os podéis equivocar. Con lo que hemos hecho en el terreno teológico -una teología nueva, queridos míos, y de la buena- y en el terreno jurídico; con lo que hemos hecho con la gracia del Señor y de su Madre, con la providencia de nuestro Padre y Señor San José, con la ayuda de los Ángeles Custodios, ya no podéis equivocaros, a no ser que seáis unos malvados.

Vamos a dar gracias a Dios. Y ya sabéis que yo no soy necesario. No lo he sido nunca. (…)

No quiero que nadie se sienta coaccionado; en todo caso, sólo por la coacción del amor, sólo por la coacción de saber que no acabamos de corresponder al amor que Jesús tiene con nosotros, cuando nos ha buscado. ‘Ego redemi te, et vocavi te nomine tuo: mes es tu!’ (Is 43, 1).

¡No vaciléis nunca! Desde ahora os digo -y no conozco vuestros problemas personales, pero las almas tienen un paralelismo tremendo, aunque sean distintas- que tenéis vocación divina, que Cristo Jesús os ha llamado desde la eternidad. No sólo os ha señalado con el dedo, sino que os ha besado en la frente. Por eso, para mí, vuestra cabeza reluce como un lucero.

También tiene su historia lo del lucero… Son esas grandes estrellas que parpadean por la noche, allá arriba, en la altura, en el cielo azulado y oscuro, como grandes diamantes de una claridad fabulosa. Así es de clara vuestra vocación: la de cada uno y la mía. Yo, que soy muy miserable y he ofendido mucho a Nuestro Señor, que no he sabido corresponder y he sido un cobarde, tengo que agradecer a Dios no haber dudado nunca de mi vocación, ni de la divinidad de mi vocación. Vosotros tampoco debéis dudar. Si no, no estaríais aquí. Agradecédselo al Señor. (…)

Hijos míos, ya veis que hemos puesto medios divinos; medios que, para la gente de la tierra, no son una cosa proporcionada. Yo lo veo ahora; entonces no me daba cuenta de que era el Espíritu Santo el que nos llevaba y nos traía. No estamos nunca solos: tenemos Maestro y Amigo.

Fallecimiento del Fundador del Opus Dei (26-VI-1975) El 26 de junio de 1975 falleció Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer de forma repentina en Roma. El mes de mayo anterior había hecho su último viaje a España, donde recibió la medalla de oro de su ciudad natal (Barbastro) y visitó el cercano Santuario de Torreciudad, que él había promovido y que estaba a punto de ser inaugurado. Su fallecimiento supuso el fin de la etapa fundacional del Opus Dei y el inicio, en palabras de su sucesor, de la “etapa de la continuidad y la fidelidad”. El entonces Secretario General del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo, pasó a hacer cabeza en la institución hasta la celebración del Congreso electivo. Reproducimos parte de sus recuerdos y de sus palabras de entonces, como testigo privilegiado de aquellos acontecimientos. Recuerdos de Álvaro del Portillo

El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después. (...)

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor (...) A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere (...)

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: “¡Javi!” Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: “¡Javi!”; y después, en voz más débil: “No me encuentro bien”. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose -me atrevo a decir-, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así -con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde-, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible. (...)

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte. (…)

Me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le habían enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de “un hijo tan fiel” a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo. (...)

Ultimas palabras a sus hijas recogidas el 26-VI-75

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis trabajar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Homilía de D. Álvaro del Portillo en la Misa de exequias tras el fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer, 27-VI-1975

(…) En estos momentos, lo que llena el corazón de todos nosotros es el dolor por la muerte de un padre, y ¡de qué padre!

Hermanas mías, hermanos míos: si estuviese el Padre aquí -está: desde el Cielo, estoy seguro, nos ve, nos sonríe a cada uno con cariño, como ha hecho siempre, nos bendice-, si pudiese hablar, ¿qué nos diría? Yo creo que a todos nosotros nos ha dicho ya que tenemos que ser fieles. Él nos ha marcado un camino, nos ha dejado un espíritu. El camino está bien claro. El espíritu también. Tenemos que ser fieles. Si no, nuestro dolor, sería falso, sería una mentira (…)

Muchas veces el Padre, antes de morir, decía: “hijos míos, o hijas mías, cuando yo muera no ha de pasar absolutamente nada”. Y eso es lo que nos pide a nosotros. El dolor lo tenemos dentro y no lo podemos suprimir, no lo podemos borrar; pero quiere que sigamos el camino que nos ha marcado: bien apiñados, formando una familia bien unida por ese espíritu que nos ha dejado el Padre: un espíritu que es más poderoso que los lazos de la carne (…)

¿Qué más os he de decir? Os he de decir que tenemos una obligación de piedad filial de rezar por el Padre, aunque estemos seguros de que así como Dios le ha oído en eso de morir sin molestar a nadie, le habrá oído también cuando se dirigía a Dios pidiendo que le concediese la gracia de “saltarse a la torera” el Purgatorio. ¡Se lo habrá concedido! A pesar de todo, la piedad filial nos obliga a rezar, ¡a rezar! Y vosotros, hermanas y hermanos míos, cuando veáis a personas ajenas a la Obra -porque los de la Obra rezarán- repetid el gesto que hacía mucho el Padre, cuando extendía la mano como pidiendo una limosna, y decid que pedís la limosna de la oración por el Padre que nos ha dejado, pero que no nos ha dejado (…)

Hermanas, hermanos míos: rezad también un poquito por mí, porque llevo -llevaba- cuarenta años al lado del Padre, salvo pocas temporadas en que he estado físicamente separado de él; espiritualmente he estado siempre muy unido. Para todos y para todas el dolor será enorme; pero, para mí, quizá lo sea un poquito más. Rezad por mí.

Elección de D. Álvaro del Portillo (15-IX-1975) El 15 de septiembre de 1975 los electores del Opus Dei, reunidos en Congreso, de acuerdo con las prescripciones del Derecho particular del Opus Dei y con el Reglamento para el Congreso Electivo, eligieron a Monseñor Álvaro del Portillo como sucesor de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer. Don Álvaro del Portillo era en ese momento Secretario General del Opus Dei, y había trabajado durante casi cuarenta años junto al Fundador. Comunicación leída al inicio del Congreso Electivo del primer sucesor del Fundador del Opus Dei, 15-IX-1975

Reunidos aquí, en la presencia de Dios Nuestro Señor y de Santa María, para elegir a quien sucederá a nuestro queridísimo Padre y Fundador en la carga de hacer cabeza en la Obra, consideramos un deber que, antes de proceder a la elección, leamos algunas palabras del Padre, que se refieren precisamente a nuestras obligaciones respecto al que el Señor designe para llevar esa carga.

Nuestro Padre nos repitió los mismos conceptos, que aquí recogemos, en muchísimas ocasiones:

“Sed fieles, hijos de mi alma, ¡sed fieles! Vosotros sois la continuidad. Como en las carreras de relevos, llegará el momento -cuando Dios quiera, donde Dios quiera, como Dios quiera- en el que habréis de seguir vosotros adelante, corriendo, y pasaros el palitroque unos a otros, porque yo no podré más. Procuraréis que no se pierda el buen espíritu que he recibido del Señor, que se mantengan íntegras las características tan peculiares y concretas de nuestra vocación. Transmitiréis este modo nuestro de vivir, humano y divino, a la generación próxima, y ésta a la otra, y a la siguiente.

Quiero deciros algo especialmente sobre el Padre. Cuando yo muera, hijos míos, al Padre, sea quien sea, amadlo mucho, mucho, aunque se os pasen por la cabeza pensamientos de que no es suficientemente santo o inteligente, o mil ideas más que se os pueden ocurrir y que habréis de desechar inmediatamente, porque son malas. ¡Amadle mucho, hijos míos! Besad donde pise, no dejéis esa pequeña mortificación diaria y de rezar con amor la oración por el que hace cabeza. ¡Amadlo mucho, hijos míos, que es muy duro llevar esto encima!

A los que vengan después, hay que amarles más que a mí: unirse a ellos, quererles humana y sobrenaturalmente, obedecerles, consummati in unum (Jn 17, 23). De ordinario, en muchas instituciones, cuando desaparece el Fundador sobreviene una especie de terremoto. Yo no tengo ninguna preocupación: en el Opus Dei no ocurrirá así. Besad los pies del que venga detrás, queredle y rezad por él, para que sea muy alegre y muy santo, porque docto será.

Hijo mío, lo tienes que querer ya -respondió nuestro Padre a uno que, en una tertulia, le decía que a veces le venía el pensamiento de que al próximo Padre no podría quererle tanto como a él-. Yo lo quiero desde que era joven y lo encomendaba al Señor. Desde que empecé, lo único que he hecho ha sido formar a mis hijos para no ser nunca imprescindible. Lo tienes que querer ya como lo quiero yo… Tenéis hermanos maravillosos, que son ejemplo y vergüenza para mí; tengo que aprender muchas cosas de ellos. También vosotros, cuando vayáis madurando, iréis tirando del carro (…)

Hijos míos, os quiero -no me importa decirlo, porque no exagero- más que vuestros padres. Y estoy seguro que en el corazón de los que me sucedan, encontraréis este mismo cariño -iba a añadir que más aunque me parece imposible-, porque tendrán muy metido dentro del alma este espíritu tan de familia que informa la Obra entera. Llamadle Padre, como lo hacéis conmigo, que yo me siento arropado por vuestra fidelidad y agradezco todo el respeto que me manifestáis continuamente. Tratadle de usted como muestra de la veneración y del afecto de hijos que habréis de sentir siempre hacia el Padre, sea quien sea”.

Siendo este el espíritu de nuestro Padre, nosotros -interpretando el sentir de todos nuestros hermanos y antes de proceder a la elección-, deseamos reafirmar con un voto unánime nuestra firme decisión de amar, venerar y obedecer al próximo Presidente General como nuestro Padre quiere que le amemos, que le veneremos y que le obedezcamos. Besaremos donde él pise, conscientes de que así haremos la Obra como el Padre -que nos mira desde el Cielo- espera que la hagamos, para que el Opus Dei, con esta sólida unidad, camine siempre “firme, compacto, y seguro”, al servicio de la Iglesia Santa y del Papa.

Primera declaración oficial a los medios de comunicación de D. Álvaro del Portillo, recién elegido como sucesor del Fundador del Opus Dei, 15-IX-1975

¿Qué hara ahora el Opus Dei? Seguir caminando, hacer lo que hemos hecho siempre, también desde que el Señor se llevó consigo a nuestro Fundador. Seguir caminando con el espíritu que él nos ha dejado definitivamente establecido, inequívoco.

El espíritu del Opus Dei nos ha enseñado a vivir todas las realidades humanas nobles, a tratar todas las cosas de la tierra que los hombres aman limpia y rectamente, con sentido cristiano, de cara a Dios, ejercitando la fe, la esperanza y la caridad. Por eso la familia, el trabajo profesional, los derechos y deberes propios de la vida social, en un palabra, todo lo que forma parte de la vida ordinaria de la persona, puede ser santificado, y así, en esa medida, es acogido por el espíritu del Opus Dei, que a nadie saca de su sitio y en nada violenta las realidades naturales y la autonomía personal de cada uno.

Monseñor Escrivá de Balaguer, al darnos este espíritu, nos ha engendrado a esta nueva dimensión de nuestra vida, de servicio generoso, alegre y constante, a la Iglesia, al Papa (el vice Cristo, como gustaba llamarle el Fundador), a los obispos y a todos los hombres. Nueva dimensión que cada uno realiza en su propia vida, con la gracia de Dios y su propio esfuerzo, con su propia responsabilidad. Somos una familia de vínculos sobrenaturales, espirituales, en la que cada uno goza de la más amplia libertad personal en todo el amplísimo campo de las cosas temporales, sin otros límites que los de la fe y de la moral cristianas, tal como las propone el Magisterio de la Iglesia. Por ejemplo, ahora a la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II.

En el Opus Dei no hay vértice ni base. Todos somos igualmente hijos de nuestro Fundador, quien nos ha enseñado a poner a Cristo en la propia vida, y que ha dado para siempre a nuestra Asociación el carácter sencillo y cordial de una familia bien avenida.

El trabajo que los socios del Opus Dei desarrollan en todos los ambientes familiares, profesionales, sociales, es la ocasión normal y propicia del encuentro amistoso con sus iguales, y por eso, para hablarles de Dios, con el testimonio de la propia vida.

Nos llegan continuamente palabras de agradecimiento a nuestro Fundador, que, con su vida y su doctrina, ha llenado de luz cristiana el corazón de muchísimas personas, llevándolas al amor de Dios. Esto es lo que nos proponemos seguir haciendo los hijos de Monseñor Escrivá de Balaguer, con la mayor fidelidad posible, y siempre, en todo momento, en la pequeña realidad cotidiana de cada uno.

No buscamos en el Opus Dei momentos estelares. “Para mí -decía Monseñor Escrivá de Balaguer- es un hito fundamental en la Obra cualquier momento, cualquier instante en el que, a través del Opus Dei, algún alma se acerque a Dios, haciéndose así más hermano de sus hermanos los hombres”.

“Bodas de oro” del Opus Dei (2-X-1978) Con ocasión del 50 aniversario de su fundación, se vivió en el Opus Dei un año mariano de acción de gracias, que se prolongó después con la celebración de los 50 años del inicio de la labor con mujeres (14-II-1980). Reproducimos unas reflexiones de Monseñor Álvaro del Portillo realizadas en esa ocasión, y que sirven de balance de la labor del Opus Dei en aquellos años. Entrevista a Mons. Álvaro del Portillo en 1978 P . Usted ha vivido el Opus Dei casi desde sus inicios. En este 50º aniversario de su fundación, ¿cómo resumiría la historia y el camino que ha recorrido el Opus Dei?

R . La historia del Opus Dei en estos cincuenta años de su vida es la historia de una realidad espiritual. Por eso, pienso que el mejor camino para entenderla es recordar algunos rasgos de su espíritu. Nuestro Fundador lo ha fijado con trazos tan claros que, como solía decir, está esculpido . (…)

La historia del Opus Dei es la historia de la expansión de esa realidad espiritual. Así empezó en 1928, y así es en nuestros días. La Obra, esparcida hoy en los cinco continentes, nació ya con entraña universal. Su historia es, en estos primeros cincuenta años, una trayectoria de fidelidad a Dios. Este es también el resumen de la vida de nuestro Fundador, que supo transmitir esa llamada de Dios a muchos miles de hombres y de mujeres de todo el mundo. En esta historia es difícil marcar hitos, porque lo fundamental consiste en poner un camino de santidad al alcance de todos, en la vida diaria.

Señalaría dos momentos únicos: el 2 de octubre de 1928, fecha de la fundación de la Obra, y el 26 de junio de 1975, día en el que el Señor quiso llevarse a su lado a nuestro Fundador. Acababa así la etapa de la fundación, para empezar, sin solución de continuidad, lo que alguna vez he definido como la etapa de la fidelidad.

P . En el plano de las realizaciones apostólicas, ¿qué aportaciones del Opus Dei destacaría en estos cincuenta años?

R . En el campo del apostolado de los cristianos, pienso que el Opus Dei ha aportado una idea de gran densidad teológica y, por eso, muy práctica. Me refiero a la afirmación de que la principal apostolado es el que realiza cada uno en su trabajo, con su personal libertad y la consiguiente responsabilidad. Un cristiano ha de ser fermento y luz allí donde se encuentre: en su familia, en las relaciones profesionales y sociales. De hecho, el apostolado más importante del Opus Dei no está constituido por aquellas realizaciones a las que me referiré enseguida, sino por el que llevan a cabo personalmente los socios, cada uno en su propio ambiente.

Otra aportación, muy unida a la anterior, es el respeto, en la acción apostólica, de la naturaleza propia de las actividades humanas nobles. En otras palabras: el espíritu del Opus Dei lleva a santificar las tareas humanas desde la misma entraña de esas actividades. No se trata de hacer cosas para luego bautizarlas , sino de trabajar profesionalmente con la propia dinámica natural de las cosas y, a la vez, en una perspectiva cristiana.

Así se explica, y es una tercera aportación que quería comentar, el hecho de que, desde hace ya muchos años, los socios del Opus Dei trabajen, en su apostolado, junto a otras personas -muchas no católicas e incluso no creyentes-, que comparten el mismo deseo de poner todo lo humano, noblemente, al servicio de los demás.

En estos cincuenta años, los hombres han continuado haciendo la historia y han aparecido nuevas aspiraciones, nuevas necesidades, modos nuevos de enfocar los problemas humanos. En sus realizaciones apostólicas, cada socio del Opus Dei, como cualquier ciudadano, asume, hace propias, estas realidades. No hay un modelo único de cultura o de civilización que alimente el modo de hacer apostólico. Lo perenne es la fidelidad a la doctrina de la Iglesia y el deseo de servir. Los modos concretos de realizar este servicio dependen de las circunstancias, de las condiciones históricas, de las posibilidades reales de cada uno.

Las realizaciones concretas son muy numerosas en los cinco continentes: tareas que caen plenamente en el ámbito civil, orientadas y dirigidas por profesionales en las diferentes esferas del quehacer humano. Se trata de centros educativos, asistenciales, de promoción humana y social que, en cada país, nacen de acuerdo con las necesidades que allí se siente con mayor fuerza. La Universidad de Navarra es una excelente muestra de ese trabajo, lo mismo que, por ejemplo, el Seido Language Institute , en Japón, Netherhall House , en Londres, el Centro Elis , en Roma, o el Centro Agropecuario El Peñón , en México.

(Texto incluido en "Fuentes para la Historia del Opus Dei" de Federico M. Requena y Javier Sesé publicado en Editorial Ariel)