Mi inclinación al profesorado universitario

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

También surgió en mí el atractivo por la dedicación universitaria. Con una edad algo inferior a la de los que acabo de mencionar, emprendí ese mismo camino y preparé las oposiciones a la cátedra de Organografía y Fisiología Animal de la Facultad de Ciencias de Barcelona.

Yo sabía que al Fundador del Opus Dei le parecía bien mi orientación profesional, aunque nunca me impulsó a ella. Se alegraba con los pasos que daba en mi preparación académica, pero lo que sobre todo quería de mí era que fuese fiel al Señor y luchara para mejorar mi vida cristiana. Por otra parte, teníamos que ganarnos la vida y no resultar económicamente gravosos. No podíamos pensar en una dedicación exclusiva a la preparación de las oposiciones, como si fuésemos señoritos hijos de familia rica, porque formábamos parte de una familia "numerosa y pobre", como él decía, que había que sacar adelante entre todos.

En conversaciones informales, el Padre nos ponía en guardia, con anécdotas expresivas, contra defectos en que suelen caer algunos profesores universitarios: la soberbia, que lleva a considerarse centro del universo y a mirar a los demás con aire de suficiencia o menosprecio; la vanidad que se complace en el brillo y el aplauso; el egoísmo de buscarse a sí mismo, de apropiarse del trabajo de los discípulos o de ocultar determinadas fuentes para evitar competencias. Por contraste, el Padre enaltecía la honradez científica, el trabajo intenso y ordenado, y la generosa entrega a los demás, de tantos buenos universitarios. Nos animaba a ser cristianos consecuentes, que en el ejercicio de la profesión universitaria se muestran, con naturalidad, hombres de fe. En la Universidad, como en cualquier otro trabajo -nos decía-, no se debe prescindir de la fe como si se tratase de un sombrero que al entrar se deja colgado en la puerta (cfr. Camino, n. 533). Pero también rechazaba la actitud de algunos, casi siempre mal conceptuados profesionalmente, que hacían de manera postiza manifestaciones exteriores de religiosidad. Ante ellos, se sentían ganas de decirles al oído: "Por favor, tengan la bondad de ser menos católicos" (Camino, n. 37l).

Avanzado noviembre de 1943, fue convocada la cátedra a oposición libre y, justo antes de Navidad, presenté la documentación precisa. Debía dar el empujón final a la preparación de los seis duros ejercicios de esas oposiciones. Aún pude hacer unos días de retiro espiritual a finales de febrero y, al terminar, el Padre me animó a pasar una semana de estudio intenso en La Pililla, con sus hermanos Carmen y Santiago, y con José Luis Múzquiz, que aprovechó para avanzar en su tesis doctoral en Historia. Hizo un tiempo espléndido, hasta el punto de que trabajábamos al aire libre: Santiago y yo volvimos muy morenos.

Al llegar abril, el Padre, advirtiendo mis apuros, hizo que me sustituyeran en algunos encargos del Centro de Estudios. Realicé los seis ejercicios de la oposición en la semana del 24 al 29 de ese mes, y ese último día, que era sábado, el tribunal me votó por unanimidad para la cátedra. Cuando el Padre conoció el resultado favorable, se alegró mucho, pero tampoco hizo especiales manifestaciones de entusiasmo, ni dio al tema particular trascendencia. Después de cenar, el Padre estuvo con nosotros en la tertulia en el jardín y tomamos unos modestos dulces para celebrar el éxito.