Más allá del Río Bravo

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Durante su viaje a México, en 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer visitará Jaltepec , Casa de Retiros junto a la laguna de Chapala. Allí permanece una semana. Un día caluroso, de los que abundan en aquella altura, tiene una tertulia con un numeroso grupo de sacerdotes. Si todos los auditorios repican en su corazón para arrancarle palabras que hablan del amor de Dios a los hombres, cuando le rodean sacerdotes se desbordan su fe y entusiasmo. Quiere transmitirles en cada gesto el santo orgullo de su consagración como ministros de Dios, otros Cristos en la tierra. Este día de Jaltepec el Padre se encuentra fatigado por el clima y el esfuerzo. Al cabo de un rato, se retira a una habitación; le acompaña uno de sus hijos mexicanos.

Sube la escalera, trabajosamente, y al llegar a su habitación le invita a pasar:

-«Siéntate aquí»; y le señaló una butaca (11)

Su mirada cae sobre un cuadro de la Virgen de Guadalupe situado frente a la cabecera de la cama. Por la ventana opuesta entran los rayos de un sol ardiente -corre el mes de junio- que iluminan la escena pintada: es una reproducción de la que se venera en la Basílica de la Villa, pero en ésta la Virgen tiene las manos separadas y ofrece una rosa a Juan Diego, que recibe las flores, arrodillado, en el regazo de su tilma; los ángeles permanecen en tomo, sin estorbar el diálogo.

El Padre paladea en silencio los orígenes de este amor apasionado de las tierras calientes por su Virgen morena, Emperatriz de América. Fuera de la casa, muy cerca, la laguna de Chapala acuna las barcas; están hechas con un árbol vaciado que lleva flores a navegar aguas adentro. En cada proa puede leerse escrito un nombre. Y sigue dominando el de Guadalupe. México entero repite esta palabra. Y la acompaña de orquídeas, rosas y mariachis.

Monseñor Escrivá de Balaguer contempla, callado, sonriente, el rostro suave de esta imagen de la Virgen Reina de México. Y dice, en voz alta: «Quisiera morir así: mirando a la Virgen Santísima y que Ella me entregase una flor... » (12).

Esta frase del Fundador, como una premonición, será recordada el 26 de junio de 1975, cuando su última mirada en la tierra, antes de caer herido por la muerte, vaya dirigida a una imagen de la Virgen de Guadalupe colocada sobre una de las paredes del despacho donde solía trabajar habitualmente.

La historia de la Obra en México se inicia en 1948, cuando don Pedro Casciaro se desplaza durante dos meses a México. Antes de regresar a Europa, sube a la Basílica de Guadalupe para despedirse de la Señora. Pero tiene la certeza de que no es un adiós definitivo. Por eso deja en la Villa dos palabras que sugieren reencuentros: «Hasta luego».

También el Padre ha seguido sobre el mapa con su oración, desde hace muchos años, las cordilleras de la Sierra Madre y el territorio que se extiende bajo la frontera del Río Bravo.

Por eso, ahora, se reúne con los miembros de la Obra que forman su Consejo General para decidir el comienzo del Opus Dei en este nuevo país.

Aunque sea el Fundador, jamás tomará una decisión en solitario, sin pasar por el estudio y la opinión del Consejo General, para la Sección de hombres, y de la Asesoría Central para la de mujeres. Ellos constituyen los órganos de gobierno de la Obra.

Una vez decidido, y durante una de las etapas en las que el Padre viaja a Madrid, llama a los tres que han de iniciar la siembra en México. Les recibe en su despacho de Diego de León. Sobre la mesa de trabajo hay una imagen de cerámica de tonos vivos y alegres; es una Virgen que sabe de amores, saetas y caminos marineros: la del Rocío.

Después de besarla, se la entrega y les dice que comenzarán «en México con esta imagen de la Virgen, tan pobrecita pero tan alegre, y con mi bendición. Ya veis, es de barro, como nosotros » (13)

A mediados de diciembre de 1948 salen de Bilbao en el Marqués de Comillas, en ruta naviera hacia México. La imagen de la Virgen va, convenientemente embalada, como inseparable compañera de viaje durante treinta y un días, hasta Veracruz. Y luego compartirá por igual la trashumancia de los comienzos: en el cuarto de estar del pequeño departamento de la calle Londres; en el piso de la calle Nápoles, donde pedirá al Padre la admisión César García Sarabia, el primero que lo hace en tierra mexicana.

Desde el primer momento, se multiplican las noticias que llegan de México a Roma.

El 1 de febrero de 1949, cuentan que han visto al Arzobispo y que está encantado de que muy pronto tengan una casa para poder dejar el Señor en el oratorio. Han conseguido un regalo espléndido: el frontal y los laterales de la mesa del altar, del siglo XVIII, tallado en cedro. Y un pequeño retablo, como un relicario, que rodea a la Virgen de Guadalupe. La casa podrá lograrse pronto: quizás a últimos de mes ...(14).

Y el 9 de marzo de 1949:

«Desde esta mañana tenemos a Nuestro Señor en casa. Y ahora sí que nos encontramos a gusto y con una confianza absoluta. Nos celebró el Sr. Arzobispo la Misa y vinieron algunos chicos. Un amigo nuestro ha comenzado a rodar una película en color (...) que, cuando esté completa y tengamos ocasión, la enviaremos » (15).

Un año más tarde se decide la llegada de la Sección de mujeres de la Obra a este gran país americano. Guadalupe Ortiz de Landázuri es la persona encargada para llevar adelante esta tarea. El 5 de marzo de 1950 salen del aeropuerto de Madrid-Barajas en un avión mexicano. Se trata de un grupo pequeño: solamente tres. Guadalupe es la mayor, aunque es muy joven.

A las cuatro de la madrugada del 6 de marzo aterrizan en México. Oyen Misa en la iglesia del Espíritu Santo, en la calle de Madero. Por la tarde acuden a la Villa, en un primer saludo de cariño a la Virgen.

El 1 de abril de 1950 tendrán el inmueble para la Residencia femenina universitaria: está situada en el número 32 de la calle Copenhague. Guadalupe recorre la casa con optimismo, llenando los espacios vacíos con una mezcla de imaginación y esperanza: «aquí habrá una biblioteca, aquí un piano, ahí será la sala de estar ...»(16). Esta seguridad del futuro es contagiosa y creadora.

Pronto se harán realidad estos sueños.

Desde su llegada a México se matriculan en la Universidad. Y cuando apenas hace tres meses que viven en la capital Federal, piden la admisión al Fundador, Amparo Arteaga, Cristina Ponce, Gabriela Duclaud... En junio de 1950 reciben una larga carta del Padre:

«Veo que nuestra Madre de Guadalupe os bendice y la labor va prendiendo en esas tierras “ Laus Deo ”! No olvidéis que vuestra misión-¡las primeras de México!- es capital (...): no aflojéis en vuestra vida interior, trabajad con alegría y muy unidas. Veréis cómo arraiga y se multiplica vuestra siembra (...). Sed siempre almas de oración: no me dejéis la presencia de Dios: es el medio eficaz, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural. Escribidme con frecuencia (...). Ya sabéis que, desde lejos, os acompaño siempre»(17).

Y en septiembre, vuelve a enviarles unas cuartillas:

«Pienso que nuestra Madre de Guadalupe tiene los ojos puestos en vosotras, de modo particular en esas primeras hijas mexicanas, que deben ser especialmente alegres, fuertes, constantes y sobrenaturales. Tengo muchas ganas de conocerlas (...). Sentid la responsabilidad que os alcanza como primeros instrumentos de nuestra Obra en esa gran nación mexicana. Leo vuestras cartas despacio, y siempre me dan un alegrón. Contadme detallicos de vuestra vida»(18).

Se necesita ya algún lugar amplio para cursos de retiro espiritual, reuniones y convivencias de verano. Don Pedro se pone en contacto con distintas familias y pronto consigue ayuda. Un conocido, Luis Bernal, le habla de Montefalco .

Se trata de una «hacienda» abandonada, situada en el estado de Morelos. Hay muy mala carretera de México D.F. a Cuautla; peor todavía hasta Jonacatepec. Y el desvío a Montefalco es un camino vecinal cortado por un río. Ni siquiera hay puentecillo. La casa no tiene agua ni luz eléctrica.

Sin embargo, el lugar es espléndido: el valle de Amilpas, sembrado de pueblecitos, con gentes que viven de las pocas propiedades que recibieron después de la revolución. Gentes rudas y fuertes, ásperas como los tres peñones que dominan el valle, y delicadas de alma, templada en el trabajo diario. Tienen los ojos negros y rasgados, la tez morena del indio quemado por el sol. Las mujeres caminan, durante los días festivos, con su vestido de colores y su rebozo de «bolita». Los hombres, con camisa blanca y sombrero de ala ancha.

Santa Clara de Montefalco fue una rica hacienda azucarera con hectáreas suficientes para sembrar la caña. Varias construcciones presidían la explanada: la antigua casa de los dueños, la iglesia con sus dos torres altas en el centro y, al otro lado, las viviendas de los peones; un hospital, varias tiendas y almacenes. Casi constituía un pueblo.

Durante la revolución quemaron Montefalco varias veces. Sólo la iglesia permanece, deteriorada, pero erguida e intacta. El resto es una ruina calcinada que mantiene en pie sus muros y arcos maestros gracias a la firmeza de su construcción. Es un montón de sólidas ruinas. La maleza, a causa del abandono, lo cubre todo. Incluso han crecido árboles dentro de los muros. Pero don Pedro acude a verlo. Tiene que abrirse paso con machete hasta la puerta de la iglesia. Saca unos papeles y empieza a dibujar: aquello, reconstruido, puede quedar así. Magnífico. Y sus trazos de lápiz son una oración confiada: una petición al Cielo que está poniendo ya los cimientos de la gran obra social y apostólica del futuro Montefalco .

En unos años de trabajo sin pausa, de fe, se logrará montar un pabellón como Casa de Retiros. Sobre las grandes losas del suelo colocan los catres; la rusticidad de los muebles no quita grandeza a aquellas paredes que saben de pólvora, dolor y fuego. Ahora le ha llegado el turno al amor como apoyo perdurable. Los sondeos pacientes acaban descubriendo las vetas de agua. Y con el riego vuelven los pájaros, porque Montefalco ofrece el amarillo del maíz y la explosión de bugambilias en las tapias. Es otra vez el corazón de la zona, como tarea de todos. El Centro de Formación Agropecuaria El Peñón unirá en un esfuerzo colosal a campesinos y profesores, a ingenieros y sociólogos. Cuando el Padre vaya a verles en 1970 no podrá menos de decir entusiasmado:

« Montefalco es una locura de amor de Dios. Suelo decir que la pedagogía del Opus Dei se resume en dos afirmaciones: obrar con sentido común y obrar con sentido sobrenatural. En esta casa, don Pedro y mis hijas e hijos mexicanos, no han obrado más que con sentido sobrenatural. Recibir con alegría un montón de ruinas (...), humanamente es absurdo... Pero habéis pensado en las almas, y habéis hecho realidad una maravilla de amor. Dios os bendiga.

Estoy dispuesto a ir con la mano extendida, pidiendo dinero para terminar Montefalco . Lo terminaremos, con vuestro sacrificio, y con la ayuda, como siempre, de tantas personas que están dispuestas a colaborar en una tarea que será un gran bien para todo México» (19)

En 1970, Monseñor Escrivá de Balaguer, después de veintidós años, volverá a encontrarse con la imagen de la Virgen Rociera en un pequeño despacho de Montefalco . En su humildad de barro, ha hecho crecer ya una inmensa cosecha de espíritu.

Así lo subrayará el Eminentísimo señor Cardenal Miguel Darío Miranda, Arzobispo Primado de México, después de la muerte del Fundador del Opus Dei: «Agradecemos muy especialmente al Señor que haya sido nuestra querida Archidiócesis de México la primera en la que se comenzó en América esta verdadera Obra de Dios(20).