Más allá del canal: Inglaterra

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Cuando comienza la expansión del Opus Dei por Europa, el Padre pone los ojos del alma en las islas Británicas. Todavía cunde el ambiente de post-guerra. Alemania está en plena ocupación y sin moneda; el Oriente europeo, dominado por Rusia. Bélgica y Holanda se recuperan penosamente de la invasión nazi. Pero hay tres países que gozan de una situación más estable: Francia, Inglaterra e Irlanda.

Hay, sin embargo, grandes dificultades para trasladarse de un país a otro: se requieren múltiples visados y permisos. La única forma fácilmente viable es conseguir becas de estudio. Y así se inician los primeros viajes.

Para ir a Inglaterra, en el invierno de 1946, el Padre piensa en Juan Antonio Galárraga (25). Acaba de terminar la carrera de Farmacia y ha leído la Tesis con Premio Extraordinario. Con estas credenciales, no le ha sido diúcil obtener una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores que garantiza su estancia en Inglaterra durante seis meses prorrogables.

Londres se cubre ya con una niebla espesa cuando, el 28 de diciembre, toma tierra con otros dos miembros de la Obra en el aeropuerto. Desde su llegada tienen la oportunidad de compartir los estragos, todavía perdurables, de la guerra. Calles enteras convertidas en escombros, alimentos racionados y menú único.

Juan Antonio Galarraga estudia en la School of Hygiene and Tropical Medicine, situada en Gower Street. Los medios económicos de que disponen son exiguos. Se alojan en una pensión e inician los contactos personales con los compañeros de trabajo.

Casi inmediatamente después de llegar a Londres, visitan al Cardenal Griffin para hablarle de la Obra y de los proyectos que el Padre ha trazado para que comience un Centro del Opus Dei en las Islas Británicas. Les recibe y atiende con gran cariño.

No será una tarea fácil la de estos comienzos. Más tarde, el Fundador recordará lo duros que fueron estos primeros tiempos para sus hijos de Londres. Tendrán que trabajar en todo para no desperdiciar un sólo chelín, que no tienen.

El Padre les escribe, desde Roma, en marzo de 1947: acaba de hacerse pública la Constitución Provida Mater Ecclesiae y les avisa para que hagan lo posible por escuchar la emisión en Radio Vaticano. Como no tienen radio ni lugar donde poder oír la noticia, acuden a la BBC. Y pondrán a su disposición una línea telefónica para que puedan escuchar, en directo, la lectura que emite Radio Vaticano.

Llevan ya más de seis meses en la capital inglesa y empieza a ser necesaria una casa que sustituya al régimen de pensión. Es preciso un lugar donde recibir a sus amigos. Y se inicia la búsqueda sistemática. En junio encuentran una junto a Knightbridge, al sur de Hyde Park, en Rutland Court.

A pesar de su flema británica, el portero del inmueble se queda de una pieza cuando ve llegar a los nuevos inquilinos sin mobiliario alguno: solamente dos pequeñas maletas. Más tarde se podrán alquilar unas camas y varias sillas. Y, poco a poco, la casa irá adquiriendo el aspecto grato de un rincón inglés.

Por Rutland Court pasarán los primeros que van a pedir su admisión en el Opus Dei. Y, por ser Londres un lugar de encrucijada, se convertirá también en paso obligado para otros miembros de la Obra que hacen escala allí por motivos profesionales.

El 19 de marzo de 1950, Michael Richards pedirá al Padre su admisión en la Obra: es el primer británico del Opus Dei.

Monseñor Escrivá de Balaguer llama en julio de 1951 a Juan Antonio Galarraga para que acuda a la Ciudad Eterna. Mientras pasean los cimientos de Villa Tevere , el Padre lanza la idea de montar una Residencia de estudiantes en Londres. Le anima a buscar casa. Y le anuncia la llegada de la Sección de mujeres, que se hará cargo de la Administración del nuevo Centro. Hasta este momento no hay en las Islas Británicas ningún sacerdote de la Obra, pero, pasado el verano de 1951, irá don José López Navarro(26).

Y, a pesar de las deudas que pesan de modo agobiante sobre las obras de la Sede Central, el Fundador quiere conocer palmo a palmo la situación económica en que se encuentran para ayudarles en lo que haga falta.

Así, en abril de 1952 comenzará a funcionar la nueva Residencia, que será conocida con el nombre de Netherhall House. Inicialmente ocupa el número 18 de una calle, en el barrio de Hamstead. Una casita pequeña, construida en una zona independiente del j ardín, servirá de acomodo a las mujeres de la Obra que van a hacerse cargo de la Administración. The Cottage es el nombre de este mínimo chalet. En 1953, Netherhall ampliará sus locales adquiriendo el número 16 de la misma calle. Años más tarde se levantarán nuevos edificios y, en 1966, una vez acondicionados, la Reina Madre de Inglaterra inaugurará las nuevas instalaciones. Se han ganado la confianza y el justo aprecio de las autoridades académicas de Londres. No sorprende que el profesor Logan, Rector Magnífico de la Universidad, les pueda decir: «Estoy profundamente impresionado por los resultados obtenidos hasta ahora por "Netherhall" y por la viva atmósfera universitaria que habéis sabido crear»(27).

Conviven, en la misma casa, estudiantes ingleses, africanos y asiáticos. Y, además, acoge a centenares de muchachos que utilizan las instalaciones y participan en los cursos que se celebran continuamente.

Netherhall es una gota de agua en el mundo londinense. Pero quienes pasan por allí se sentirán en su casa. Y no quieren perder el contacto con sus amigos de Inglaterra. Desde Birmania, Singapur, India, Kenia, Sierra Leona, Noruega, Polonia, Ghana, Japón... llegarán cartas de profesionales que recuerdan viejos tiempos y se sienten parte de esta gran familia.

El Patronato de la Residencia estará presidido por Bernard Audeley, no católico. Incluye, además, a personas de muy variadas tendencias, algunas antagónicas. Es muy significativa la anécdota de los cuatro miembros del Patronato que están reunidos, un buen día, en una de las salas privadas del Parlamento de Westminster. En pleno estudio de proyectos para recabar fondos y ayudar a Netherhall , suenan los timbres reclamando la presencia de los parlamentarios para una votación. Entre los reunidos hay dos del partido Laborista y dos Conservadores. En el Parlamento ocupan escaños opuestos, pero no es obstáculo para que estén de acuerdo en promover Netherhall House .

Desde el primer momento, el Padre tiene también una gran ilusión por la futura labor en Oxford. Su Universidad, del siglo XII, es de las más antiguas del mundo, después de las de Bolonia y París. Aunque todavía no ha visitado Inglaterra, el Fundador tiene ya, en el corazón, la imagen del gran claustro del “Christ Church College”, construido por Wolsey en 1525.

Quiere saber de sus hijos con frecuencia. Les pide que escriban a Roma a menudo contando los pequeños grandes detalles de su vida. Les sigue con su oración, con su sacrificio constante, con el cariño y la solicitud de quien ha puesto en sus manos un encargo de Dios muy serio.

El Fundador llega a Inglaterra, por primera vez, en 1958. Se alojará en un chalet de Courtenay Avenue, muy cercano a Netherhall House , y que pertenece a una familia hebrea. Es el 4 de agosto, y a la mañana siguiente, martes, celebra su primera Misa en el Reino Unido.

A media mañana se acerca a la Residencia y se reúne con sus hijos, que le enseñan, entusiasmados por su presencia, toda la casa. Como siempre, les abre horizontes inmensos y vuelve a ocuparse, insistentemente, de la futura labor en Oxford y en Cambridge. En el dorso de una fotógrafa colocada sobre la mesa de Dirección, escribe: “«Sancta Maria, Sedes Sapientiae, filios tuos adiuva”; Oxford, Cambridge, 5-VIII-58». Esta misma mañana pasa un largo rato con las mujeres de la Obra en una nueva Residencia que han iniciado en 1956, Rosecroft House . Y, además, se comienzan las gestiones para conseguir un inmueble en la zona universitaria de Oxford. Juan Antonio Galarraga se entrevista con Bishop Graven, y le habla de los proyectos de Monseñor Escrivá para montar un College y dedicar el esfuerzo de la Obra a una tarea universitaria. Inmediatamente le pone en comunicación con Monseñor Gordon Wheeler, Administrador de la Catedral de Westminster. Wheeler es converso anglicano y ha estudiado en Oxford. Conoce muy bien la Universidad. Además, sabe que hay una casa, en buenas condiciones, que está a la venta. Se trata de Grandpont House.

En los días siguientes, el Padre y don Alvaro, guiados por un buen conocedor de Londres, recorren los lugares más representativos. Admira la solidez y seriedad del mundo anglosajón. Y aquí, junto a los grandes edificios de bancos, empresas, comercios, hoteles, la prisa y la indiferencia, se siente incapaz, sin fuerzas para caldear el ambiente y se dice a sí mismo: «Josemaría, aquí no puedes hacer nada».

Después, comentaría:

«Estaba en lo justo: yo solo no lograría ningún resultado; sin Dios, no alcanzaría a levantar ni una paja del suelo. Toda la pobre ineficacia mía estaba tan patente, que casi me puse triste; y eso es malo (...). ¡Es mala cosa la tristeza!

De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la Omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad (...)! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»(28).

La reacción del Fundador es inmediata y piensa que hay que trabajar en Inglaterra y desde Inglaterra... porque es una encrucijada del mundo (29).

El 8 de agosto visita Oxford. Acompañan al Padre, don Alvaro y don Javier Echevarría. Llueve intensamente, pero, desafiando el agua, recorre la vieja Ciudad Universitaria. Y como un «ritornello» va repitiendo:

-«Hay que meter a Dios en estos sitios»(30).

Tres días más tarde se acerca a Cambridge y admira el King College y el Trinity College. Con su gran capacidad de observación anota en su memoria detalles arquitectónicos, las vestes académicas, la disposición de las Bibliotecas...

Sobre el césped que alfombra las estructuras góticas de los Colleges, donde tantas veces los desfiles académicos enmarcan la ciencia, el prestigio, el esfuerzo, el Padre les habla de esta ingente tarea de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

Cuando le explican la resistencia de la gente a hablar de su mundo personal, el Padre repite:

«¿Y será licito meterse de ese modo en la vida de los demás? Es necesario. Cristo se ha metido en nuestra vida sin pedirnos permiso. Así actuó también con los primeros discípulos: pasando por la ribera del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dio Jesús: seguidme, y haré que vengáis a ser pescadores de hombres... (Mc 1, 16-17) (...). Tenemos el derecho y el deber de hablar de Dios, de este gran tema humano, porque el deseo de Dios es lo más profundo que brota en el corazón del hombre» (31).

El sábado 17 de agosto entra en la Abadía de Westminster, de confesionalidad anglicana, y reza el Angelus y el Rosario en un ángulo de la gran nave, junto a una imagen de la Virgen. Tiene nostalgia de este enorme trozo de la Iglesia de Jesucristo que ha roto sus amarras a Roma, que ha olvidado la protección de la Madre de Dios sobre su singladura. Desde Londres, escribe a Michael Richards, inglés, que ya se encuentra en Roma:

«Esta Inglaterra, bandido, é una grande bella cosa! Si nos ayudáis, especialmente tú, vamos a trabajar firme en esta encrucijada del mundo: rezad y ofreced, con alegría, pequeñas mortificaciones »(32).

Dos días antes, ha renovado la Consagración de la Obra al Corazón de María ante la imagen inglesa de Nuestra Señora de Willesden. Al concluir su peregrinación pasará por la Catedral católica de Westminster, encomendando a la Señora la posibilidad de lograr un templo en el que se facilite la atención espiritual a los católicos que busquen la dirección y ayuda de la Obra en Inglaterra.

El 26 de agosto se acercan a la iglesia de San Dunstan, en la ciudad de Canterbury, donde está enterrada la cabeza de Santo Tomás Moro. Reza con intensidad ante la lápida y siente la ilusión de conseguir una reliquia del santo y político inglés. No es empresa fácil. La iglesia pertenece a las autoridades anglicanas, y hace años que los objetos de Tomás Moro están sellados y recogidos.

En un oratorio de la Sede Central, en Roma, hay arquetas que custodian las reliquias de los Santos Intercesores de la Obra. Pero aún está vacía la reservada al Santo Canciller. Por eso, lanza un reto a sus hijos:

«Si no conseguís la reliquia de Santo Tomás Moro, tendré que poner en su interior una nota que diga: esta arqueta está vacía, porque mis hijos de Inglaterra no han sido capaces de lograr una reliquia de Santo Tomás Moro»(33).

El Padre, en efecto, ha colocado reliquias de San Pío X, San Juan María Vianney, San Nicolás de Bari y Santa Catalina de Siena en el oratorio de la Santísima Trinidad, en la Sede Central del Opus Dei en Roma. Son santos de la Iglesia Católica a los que ha encomendado diversos aspectos y trabajos del Opus Dei.

Santo Tomás Moro es el intercesor que ha elegido como mediador de las relaciones entre la Obra y las autoridades civiles de cada país. De ahí su interés en conseguir una reliquia del Santo Gran Canciller de Enrique VIII.

Un año después, la Abadesa de una comunidad religiosa donde se venera una urna de cristal que guarda la camisa-cilicio del Santo, ofrece al Opus Dei un trozo que tiene por concesión de las jerarquías religiosas, que afirmaron su autenticidad al sellar la urna. En Roma, ya no hay una arqueta vacía.

En 1959 se podrá disponer de Grandpont House . A los dos miembros de la Obra que van a desplazarse a vivir a esta casa de Oxford, les asegura que todos sus afanes van a estar bajo la protección de la Virgen: Ipsa duce . Dejará la frase impresa en el futuro escudo de Grandpont. Una imagen de la Señora con el lema escrito: Ella guía.

Siempre estarán acompañados por la oración de toda la Obra. Una oración que sobrevuela la aguja gótica de Salisbury: la Catedral más alta del Reino Unido.