«He pasado toda mi vida vendiendo harina». Así se definía José Esparza Galilea (1928-2018), un hombre cuya trayectoria vital acaba de ser recogida en el libro Luces desde Lodosa, escrito por el profesor Víctor Sanz Santacruz y publicado por la Editorial Rialp.
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La obra ha sido presentada recientemente en Pamplona y en Lodosa, la localidad navarra que vio nacer al protagonista. En ambos eventos participaron el autor y tres de los hijos de José: Marilís, Begoña y Rafa, quien ejerció como moderador.
El libro narra la historia de un hombre corriente, esposo de María Luisa Encina Montoya y padre de seis hijos. A los 25 años, en 1953, José solicitó su admisión en el Opus Dei como supernumerario. Fue entonces cuando descubrió la grandeza de las cosas ordinarias, una enseñanza que le llevó a intentar sembrar alegría y cariño a su alrededor, acercando a muchas personas a Dios a través de su ejemplo cotidiano.
Una fe natural y profunda
Durante la presentación en Lodosa, Marilís destacó la sencillez de la vida espiritual de su padre: «Pienso que para mi padre Dios era un amigo más, alguien con quien hablaba con una naturalidad impresionante. Esta actitud nos cambió la existencia a los demás y nos facilitó una vida llena de sentido, tanto en los momentos de alegría como en las circunstancias difíciles. Nos enseñó a disfrutar de lo bueno al máximo y a ofrecer lo que cuesta».

Marilís recordó que, ante los problemas, su padre siempre decía: «Sácale jugo». Para él, las dificultades eran una ocasión de unión con la Cruz. Un día que me vio triste, me dijo: «Yo, que te quiero tanto, qué no haría por librarte de esa preocupación; pues imagínate Dios, que es tu Padre, que te quiere mucho más que yo y que encima lo puede todo». En definitiva, te hacía vivir con la tranquilidad de que lo que sucede siempre es para bien. Se me grabó profundamente su confianza en Dios.
Entereza ante la adversidad
Esa fe se puso a prueba en los momentos más duros de su vida: la enfermedad de su esposa, aquejada de Alzheimer durante años, y el fallecimiento de su hija pequeña, Idoya, a causa de una leucemia. A pesar de todo, el ambiente familiar nunca perdió la luz. Marilís rememoró las palabras de una de sus nietas: «cuando íbamos a casa de los abuelos nos lo pasábamos muy bien y siempre estaban alegres, a pesar de la situación de la abuela».

Sobre los últimos días de Idoya, relató una anécdota conmovedora. Estando ella muy desanimada en la UCI, José le susurró: «Hija mía, vamos a llegar a un acuerdo. Yo ya tengo 89 años y no creo que me quede mucho en esta tierra. El primero de los dos que llegue al cielo, que coja un buen sitio para el otro». Idoya rompió a reír y recuperó el ánimo.
Así era él: una persona con los pies en la tierra y la cabeza muy arriba. Sus nietos llegaron a decir que las muertes en la familia parecían una fiesta por la paz con la que se vivían.
El don de la amistad y la generosidad
Por su parte, Begoña relató un detalle que ilustra su vida interior. En una ocasión, mientras viajaba con su jefe, José le pidió que parara el coche porque sentía la necesidad de rezar un rato tranquilo. Al terminar, reiniciaron la marcha y él volvió renovado por dentro.
Víctor Sanz, el autor de la biografía, resaltó el magnetismo personal de José. Tras su funeral, un vecino del pueblo se acercó a su hijo Miguel Ángel, que es sacerdote, y le confesó: «Creía que yo era el mejor amigo de tu padre y hoy me he dado cuenta de que hay muchos que piensan lo mismo».
Según el autor, esto era posible porque José trataba a cada uno como si fuera un amigo único. No despachaba a nadie con excusas; concedía tiempo y vivía una amistad auténtica.
Su generosidad también se extendía al ámbito doméstico. Begoña recordó cómo trataba a la empleada que ayudaba en casa como si fuera una hija más, preocupándose por su descanso y sus amistades. «Durante una temporada hubo una sustituta y el día de marcharse no la encontramos por la casa y fuimos a su habitación: estaba llorando de pena por tener que dejar el trabajo».
Una correspondencia llena de afecto
El libro se nutre en gran medida de las cartas que José intercambió con Miguel Ángel, hijo del autor y residente en Bélgica, y con el fundador de la Obra y sus sucesores, el beato Álvaro del Portillo y mons. Javier Echevarría. San Josemaría disfrutaba especialmente con los relatos de su apostolado entre la gente del campo. El beato Álvaro del Portillo, tras coincidir con él en una ocasión, le pidió que no dejara de escribirle, pues sus cartas le hacían mucho bien.
En una de esas misivas, escrita en 1975 tras la elección de don Álvaro, José le dijo con su habitual gracejo: «Ya sé que a usted le ha correspondido reemplazar a un santo. Estoy de acuerdo. Pero usted también lo es». Esa sencillez y agudeza marcaron la vida de un hombre que, vendiendo harina, supo alimentar el alma de cuantos le rodearon.

