Los primeros años

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Josemaría recordará, muchos años más tarde, el día en que su padre le llevó a ver el primer avión. Aquello era una cosa tan rara que lo paseaban por las ferias de los lugares importantes. Don José dejó que se acercara para poder tocar aquel complejo armatoste hecho con telas, madera y alambres, y también para que pudiera ver cómo se elevaba, tras recibir un vigoroso impulso de la hélice.

Se inicia el desarrollo industrial, y las pequeñas capitales de provincia empiezan a recibir su colación de inventos y asombros de ingeniería. Un año es la lámpara de metal, que viene a deslumbrar las habitaciones desplazando a la ya exigua y primitiva de carbón. Otro, el primer automóvil que cruza las calles ensordeciendo con los estampidos del motor y la bocina.

Las hijas que han nacido en la casa de los Escrivá se llevan apenas un año y medio entre sí y han llenado el hogar de promesas y futuro. Mientras tanto, Carmen, la mayor, inicia su formación en el Colegio de las Hijas de la Caridad de Barbastro, sitio donde confluyen las amigas habituales de la pequeña ciudad. En esta etapa las labores femeninas ocupan un lugar preeminente, y es muy común hallar, entre los libros de lectura, latín y cuadernos de caligrafía inglesa, la lanzadera del «frivolité» y el mundillo con sus idénticos y numerosos bolillos para fabricar encaje. Adriana y Esperanza Corrales, Conchita Camps, Lola Bosch y Sabina Cortés son las amigas que frecuentan la casa de los Escrivá.

Josemaría comienza también muy pronto sus tareas colegiales. Alrededor de los cuatro años le llevan sus padres al Parvulario de las Hijas de la Caridad para que inicie las primeras letras. El pequeño está fuerte y desarrollado. Tiene un carácter vivo y bien dispuesto. Su hermana ha de frenar el dinamismo con que emprende, cada día, la ruta mañanera del colegio, porque coge a Carmen de la mano y baja corriendo las escaleras camino de la Plaza. Hay una monja que se ocupará de él en esta primera etapa: le enseñará a dar sentido a imágenes y símbolos. Es alegre, serio y afectuoso, este muchacho que llevan cuidadosamente vestido al aire de la época: blusón blanco y azul, pantalón marino hasta la rodilla y medias de listas, que se adentran en las pequeñas botas cerradas con botonaduras laterales. Aquí, en una clase grandota y soleada, la monja le irá contando, sobre láminas colgadas, los avatares y sentido de la Historia y la intervención de Dios en la vida de los hombres.

Pero mucho más intensa que la enseñanza diaria del colegio es la vida familiar, que le forma y le protege a través de la entrañable y ejemplar figura de sus padres. Josemaría camina por la casa siguiendo a doña Dolores por la minuciosa actividad de las faenas cotidianas. La ve organizando los trabajos del servicio de la casa y cuidando, con esmero, esas diarias cosas que casi forman parte del gesto familiar. Es testigo presencial de la ternura de su madre, del calor y de la entrega que hay en el trasfondo de su esplendidez, de su orden y elegancia. Por las mañanas y las noches, doña Dolores enseña a rezar a Josemaría, a dirigirse a Dios con amor y confianza. Sus padres llevan su mano trazando la primera cruz sobre la frente; le hablan de la Madre del Cielo, a la que debe querer y besar más aún que a la que tiene aquí, sobre la tierra. Le dicen despacio, para que repita y entienda la verdad de sus palabras, el ofrecimiento de obras que habrá de rezar toda su vida al acostarse y levantarse: «Todos mis pensamientos, todas mis palabras, y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera por amor»(8).

También trastea, cuando doña Dolores no le observa, y entra en los dominios de María, la cocinera, que anda con cien ojos porque sabe que, en el primer descuido, las manos del pequeño se llevarán las patatas recién fritas.

María narra siempre, a los niños, despacio, el mismo cuento. Mientras vigila el horno, el bizcocho, los asados o el aceite. Josemaría escucha, por centésima vez, el sucedido. Lo dice con la gracia campesina de Aragón, y vuelve a sonar inédito en la atención del niño.

Al acabar la jornada, don José viene andando despacio de la Plaza Servando, de la tienda. Algunas veces llegará cargado de dulces y «paciencias». Cosas que les gustan a los pequeños y que repartirá, con alborozo, en la tertulia que pone fin al día. Un rato más tarde, cuando el cierzo empieza a soplar sobre Barbastro y asoma la luz de las estrellas, don José les llevará a la cama y esperará a que llegue el sueño volviendo a invocar al santo nombre de Dios sobre sus almas.

A lo largo del tiempo, Josemaría sabrá soportar contradicciones y trabajos; en los momentos duros, contará con el recuerdo de la vigilancia fervorosa con que sus padres sembraron la fe y el cariño en el entorno diario de sus hijos.