En su intervención, don José Carlos Martín de la Hoz situó el relato en su contexto histórico, destacando cómo el libro logra transmitir fielmente el espíritu de aquellos años y la figura de don Hermann: un hombre que supo encontrar a Dios en las circunstancias más exigentes.

Fernando Gil-Delgado, que dedicó más de seis años a la investigación, se detuvo especialmente en lo que supuso aquella aventura de trasladarse a trabajar a Holanda en 1959, no exenta de dificultades e incomprensiones a lo largo del camino; pero el esfuerzo mereció la pena. En 2011 recibió, de manos del Alcalde de Ámsterdam en nombre de la Reina, la distinción de Caballero de la Orden de Orange.
La historia de don Hermann comienza de una manera que parece providencial. Sus padres, comerciantes, se establecieron en Larache, en el Marruecos español, donde nacieron sus hijos mayores. En 1920 la familia se trasladó a Alicante, ciudad en la que Hermann pasaría su infancia. La guerra civil española los repatrió a Alemania, y allí les alcanzó poco después la Segunda Guerra Mundial. En 1947, con 26 años, Hermann regresó a Alicante para reunirse con su familia y comenzó sus estudios de Ciencias Químicas en la Universidad de Murcia.
Al terminar la carrera, trabajando en una industria azucarera alicantina, oyó hablar por casualidad del Opus Dei. Se informó, y un sacerdote le animó a aprovechar un próximo viaje a Madrid para conocer la institución de cerca; sabía que tenían una residencia en la calle Alaska 112. Al llegar, Hermann no encontró ninguna calle Alaska. Pero se topó, casi sin buscarlo, con la calle Lagasca. Así es, a veces, la Providencia de Dios: no lleva exactamente a donde uno cree que va, sino adonde tiene que ir.

Tardó cerca de un año en dar con el Centro, pero una vez que conoció la Obra, la decisión no tardó: pidió la admisión con prontitud, siendo el primer numerario alemán del Opus Dei. Marchó luego a Roma a estudiar Teología y se ordenó sacerdote. En 1959, san Josemaría lo envió a iniciar los apostolados de la Obra en Holanda: un alemán que llegaba desde España, en un país que no lo esperaba.
No fue fácil. Pero don Hermann sabía que esa era la voluntad de Dios para él, y eso le bastaba. Durante dos años fue el único miembro de la Obra en toda Holanda, esperando a que el obispo monseñor Van Dodewaard diera su venia para abrir una residencia de estudiantes. Finalmente, en 1961, la residencia Leidenhoven abrió sus puertas: el primer fruto visible de una siembra que había exigido mucha paciencia y mucha confianza.
Entre los rasgos que el autor destaca de su protagonista, sobresale la fidelidad. Don Hermann era amable, sencillo, sin afán de protagonismo. Tenía mucha mano izquierda, y era naturalmente cálido; pero lo que había que hacer, lo hacía, sin importarle el qué dirán ni la comodidad. Su frase más recurrente —«seguimos adelante»— era, en el fondo, una forma de decir que confiaba en Dios y que eso era suficiente para seguir.

