Las obras de los Arcángeles

“Huellas en la nieve”, biografía del Fundador del Opus Dei de Peter Berglar.

Aún se conserva el inmueble de la calle Martínez Campos, 4, donde vivió la familia Escrivá, y la casa -el número 33 de la cercana calle de Luchana- en cuyo primer piso se instaló, en diciembre de 1933, la Academia DYA, la primera «obra corporativa» del Opus Dei.

Bajo esta denominación se comprenden las labores cuya orientación cristiana garantiza el Opus Dei como tal, como corporación; son labores a las que han dado vida los miembros de la Obra, que también las dirigen y atienden en lo espiritual: universidades, colegios, talleres para aprendices, residencias de estudiantes, centros de formación para campesinos y trabajadores, clubes juveniles y tantas cosas más.

Existe hoy una variedad muy diversificada de actividades apostólicas florecientes en docenas de países; todas ellas tratan de ayudar a preparar y a capacitar a personas en todas las condiciones para que conviertan el lugar que ocupan y su entorno en «terra firma Christi», en tierra firme de una fe vivida, a la que puedan inmigrar cada vez más «colonos».

La Academia DYA

Los principios de estas labores corporativas han quedado definitivamente fijados desde el establecimiento de la Academia DYA; definitivamente, decimos, porque esos principios expresan el espíritu del Opus Dei (52): no se trata de iniciativas eclesiásticas, sino seculares, de carácter civil, cuya estructura es totalmente laical; para las personas que las dirigen, ésa es su tarea profesional normal.

La abreviatura DYA tiene un doble significado: las tres letras significan «Derecho y Arquitectura», y se refieren a las materias a las que se dedicaba mayor atención en las clases de la Academia. Pero también se pueden interpretar como «Dios y audacia», y entonces expresan un lema que el Fundador había formulado ya en 1928 y que iba a caracterizar toda su vida.

La Academia ofrecía clases especializadas en las materias indicadas, y seminarios y charlas sobre doctrina católica. Junto a la formación cristiana y apostólica de los miembros de la Obra, que seguían siendo muy pocos, se daba formación y atención religiosa a muchos jóvenes que no pertenecían a la Obra, pero que eran amigos, se sentían atraídos por ella y tenían gran confianza en don Josemaría.

La puesta en marcha y el mantenimiento de la Academia, a pesar de funcionar en un marco muy modesto, traía consigo considerables dificultades materiales y económicas.

Y poco ha cambiado, desde entonces hasta nuestros días, en lo que se refiere a esas dificultades (la palabra es un simple eufemismo para descubrir los apuros económicos que a veces cobraban tintes dramáticos). Don Josemaría era y siguió siendo pobre, en el sentido más exacto de la palabra, y el Opus Dei, igual.

El hecho de que se procure que los centros de la Obra estén cuidados e instalados con gusto, no es consecuencia de la riqueza, sino de la pobreza personal de sus miembros, que se esfuerzan por dar a su familia espiritual lo que está al alcance de sus posibilidades. De este modo logran un ambiente familiar y confortable en las diversas sedes donde se realiza la labor apostólica. Ese ambiente es fruto del trabajo esforzado de los miembros del Opus Dei, de su sacrificio y sus privaciones personales.

En ese esfuerzo colaboran, con generosidad ejemplar, muchos amigos, y en ocasiones no falta la ayuda de algún mecenas o bienhechor, como suelen designarse habitualmente en la tradición cristiana. La familia del Fundador vendió todo lo que le quedaba (y no era mucho, unas cuantas tierras) y puso el importe de la venta a disposición de la Obra para colaborar así en la instalación de los primeros centros.

Los problemas económicos nunca han dejado de existir, y seguirán existiendo siempre, porque en todos los lugares en los que comienza su labor el Opus Dei se empieza prácticamente desde cero, también en lo económico; la Obra no cuenta con patrimonio propio y no amontona capital alguno.

De acuerdo con su carácter laical y secular, cada miembro, con responsabilidad personal y por cuenta propia, tiene que reunir los medios, con su labor profesional, buscando y aprovechando las posibilidades locales y regionales. El «pedir limosna» forma parte de cualquier labor apostólica cristiana, y no sólo en el Opus Dei. Es una escuela de humildad y no se refiere tan sólo al dinero. El Fundador pidió siempre «la limosna de la oración».

Hay millones de personas hambrientas o enfermas que piden, hoy como al comienzo de la humanidad; son incontables los que, de forma más o menos abierta, están pidiendo la limosna de un poco de caridad. Quien nunca ha pedido no ha seguido las huellas de Cristo; a quien nunca se le ha pedido, no ha encontrado a Cristo.

Cualquier cosa grande que viene al mundo como un ideal lleno de pureza y, sobre todo, cualquier cosa de Dios, encuentra de inmediato incomprensión, ceguera y malicia (y tiene que encontrarlas, porque Cristo mismo no tuvo otras experiencias).

Tampoco el Fundador y su fundación quedaron dispensados de estos sufrimientos. Desde el principio o, por lo menos, desde el día en que se colocó la primera placa con el nombre de la primera labor del Opus Dei, se produjo en algunos sectores rechazo e incomprensión, actitudes que fueron creciendo a la par que la Obra, aunque, en último término, mucho más lentamente que ésta.

La labor de San Rafael

En 1933, sin embargo, y hasta la explosión de la Guerra Civil, no hubo que inquietarse por ello, pues eran otras las preocupaciones. La más importante consistía en encontrar gente joven.

Por supuesto que, desde el principio, el Opus Dei estuvo abierto a personas de todas las edades; ahora bien, para poder cumplir esa misión universal que venía a realizar hacía falta un buen núcleo de miembros jóvenes, sanos en cuerpo y alma y con la vida por delante, dispuestos a poner esa vida al servicio de la Obra de Dios para ser, como le gustaba decir al Fundador, «apóstoles de apóstoles», sillares en los cimientos.

«Cuando el cristiano -escribía en 1933- comprende y vive la catolicidad de la Iglesia, cuando advierte la urgencia de anunciar la nueva de salvación a todas las criaturas, sabe que ha de hacerse todo para todos, para salvarlos a todos» (I Cor IX, 22) (53). Y un poco antes había escrito que, «al querernos en su Obra, también nos ha dado un modo apostólico de trabajar, que nos mueve a la comprensión, a la disculpa, a la caridad delicada con todas las almas» (54).

Es un ideal para el que muchas personas están dispuestas naturalmente, pero que se va perdiendo a lo largo de la vida si no se refuerza día tras día. En aquella época había que encenderlo progresivamente en las almas de aquellos jóvenes.

El profesor Jiménez Vargas me contó que el Padre vio pronto, con toda claridad, que Dios quería que comenzara con los jóvenes, como primer paso en el desarrollo de la Obra. Había que empezar con la labor que pondría bajo el patrocinio de San Rafael (54 a).

Después vendrían los casados, las madres y los padres de familia, labor que se encomendaría a San Gabriel. (Ya hemos dicho que la estructura, el soporte del Opus Dei, debían ser los miembros que se comprometían a vivir el celibato, cuya disponibilidad total estaría confiada a la protección especial del Arcángel San Miguel).

Dicho con otras palabras: la «obra de San Rafael» abarcaría toda la labor con la juventud, esa fase en el desarrollo y crecimiento de cada persona previa a una integración plena en la vida profesional y a la importante opción personal -siempre por amor a Cristo- entre el matrimonio y el celibato. A la «obra de San Miguel» o a la «obra de San Gabriel» pertenecerían justamente los que ya habían realizado esa opción.

Más adelante, los miembros del Opus Dei que viven el celibato se denominarían Numerarios o Agregados, y aquellos otros que tienen previsto casarse y fundar una familia, o que ya lo han hecho, se llamarían Supernumerarios. Pero en los años treinta, de los que estamos ahora hablando, no existía aún esta nomenclatura.

Incluso desde un punto de vista meramente pragmático y organizativo se comprende enseguida que lo primero que necesitaba el Opus Dei para poder crecer y extenderse era un núcleo de miembros Numerarios que sacara adelante e impulsara el apostolado, sobre todo entre los jóvenes, en estrecho contacto con el Fundador. Entre éstos deberían salir más vocaciones para la «obra de San Miguel».

Los que querían casarse o ya lo habían hecho, así como los sacerdotes seculares que sentían en su alma la llamada al Opus Dei, permanecerían en estrecho contacto humano y espiritual con el Fundador, vinculados a la pequeña familia de la Obra, pero, de momento, no podrían integrarse todavía en ella. Era necesario, en primer lugar, que el Opus Dei encontrara un lugar jurídico adecuado dentro de la Iglesia Católica: es decir, que la autoridad eclesiástica reconociera su estructura interna.

La «labor de San Rafael»: empeño apostólico por entusiasmar a la juventud en un seguimiento laical de Cristo, hasta la entrega plena en los afanes de la vida cotidiana. Era eso lo que venía enseñando desde 1928. Algo que en 1934 ya «estaba claro» para aquel pequeño grupo que ayudaba al Fundador, un grupo fiel, maduro para el sacrificio por Cristo cualquiera que fuera.

Así fue posible abrir la Academia DYA y, un año después, en el otoño de 1934, la primera Residencia de estudiantes del Opus Dei. Es evidente, sin embargo, que el apostolado entre la juventud y el apostolado entre los adultos están entrelazados y concatenados entre sí, como lo están las diversas edades.

Donde los padres encuentran a Cristo también lo encontrarán sus hijos. Donde le siguen profesores, maestros, jefes, también lo seguirán sus alumnos, discípulos y colaboradores. Y donde los niños y los jóvenes se acercan a Cristo y se ponen a su servicio, arrastrarán también a sus padres, educadores y amigos mayores.

«Os he hecho considerar -decía el Fundador en 1960- que en nuestra tarea apostólica no se puede hacer como en un laboratorio: sacar una fibra, y decir: ¡ésta es la obra de San Rafael!... No; tiene que ser un solo tejido. Si hay obra de San Rafael, hay obra de San Gabriel y hay todo tipo de vocaciones para nuestra Familia y, por tanto, hay obra de San Miguel y obras corporativas » (55).

Sin restar validez en absoluto a esta afirmación fundamental, ya entonces y muchas veces más en años sucesivos, Mons. Escrivá de Balaguer destacó también la importancia excepcional de la labor de la Obra «entre la juventud», por utilizar una expresión moderna.

Una de las leyes vitales de cualquier asociación que quiera influir sobre el mundo es que no puede existir sin que tenga siempre sangre joven. La vocación al Opus Dei, por ser cosa de Dios, no conoce fronteras de edad; el Señor, si quiere, puede llamar también a una persona de ochenta años para servirle en su viña; pero no hay que olvidar que, normalmente, una persona joven que comienza su andadura en la vida se deja encontrar, «contratar» y enviar a trabajar en la viña con más facilidad que un jubilado cargado de años; y, además, por muy maravilloso que sea que una persona pueda trabajar para el Señor la última hora o media hora de su vida, antes de que el sol se ponga para él, el Reino de Dios necesita sobre todo aquellas personas que desde el amanecer aguantan el peso y el calor de todo el día...

En cierta ocasión, el Fundador se preguntaba si no vendrían al Opus Dei muchas vocaciones al margen de la «labor de San Rafael», y se contestó: «Sí, hijos míos. Las habrá siempre. Pero el caudal más numeroso debe venir de ahí. Ése es el camino y no hay otro» (56).

A comienzos de los años setenta, en cierta ocasión, estaba hablando en Roma de los primeros años. Cuando alguien planteó la cuestión de cómo se puede iniciar un apostolado así, le replicó: «¿Y cómo se comienza esta labor? ¡Como se puede! ¿Y dónde se comienza? ¡Donde se puede! Hijos míos, estamos cansados de hacer la obra de San Rafael en casas de amigos, en hoteles, en dos habitaciones que se alquilan..., de cualquier forma. ¡Pero se hace! Es para nosotros tan imprescindible como respirar (...) ¿Cómo creéis que comencé yo? Comencé en casa de mi madre con tres chicos, hace ya cuarenta años ...» (57).

Las cinco columnas de la labor de San Rafael

Mons. Escrivá de Balaguer dejó establecidos, hasta en los menores detalles, el espíritu y la práctica de este apostolado con la juventud; un apostolado que se fundamenta (por lo menos así me parece) en cinco columnas: la catequesis, que afianza y profundiza (y a veces incluso facilita por vez primera) los conocimientos de la religión; la vida de piedad, que no es otra cosa que el trato personal con Jesucristo en la oración, en los Sacramentos, en la devoción eucarística, en la lucha ascética; el enseñar a santificar el estudio y el trabajo; el servicio a los pobres y enfermos como muestra práctica de caridad y como obra de misericordia, y, finalmente, el trato alegre, amistoso, familiar, que ayuda a trabajar, a compartir, a festejar y a estar siempre de buen humor.

Estos puntos son intocables. «No está en nuestras manos -escribía el Fundador ya en 1934- ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera» (58). Alienta de un modo y otro, constantemente: ¡No perdáis los ánimos! ¡Dad la clase de formación o la meditación prevista aun cuando venga una sola persona en vez de las ocho o nueve que se esperaban!

Recordando el comienzo de la labor de San Rafael en 1935, comentaría más tarde que, en aquella ocasión, «al dar la bendición con el Santísimo, no vio solamente tres muchachos, sino tres mil, trescientos mil, tres millones...; blancos, negros, cobrizos, amarillos, de todas las lenguas y de todas las latitudes» (59).

Nunca faltarán dificultades de diversos tipos, ataques de fuera, preocupaciones materiales, fallos personales, decepciones. Nunca faltará la Cruz, no puede ni debe faltar. Pero el que las dificultades, al final, supongan una victoria o una derrota, lo deciden tan sólo la vida interior del alma y la medida de la santidad de cada uno y de todos.