Laicos y sacerdotes, servidores de una misma Iglesia

La editorial Rialp ha publicado recientemente el libro ‘Para servir a la Iglesia. Homilías sobre el sacerdocio 1995-1999’, que recoge veinticuatro predicaciones del prelado del Opus Dei centradas en la figura del sacerdote. Presentamos una recensión del libro de la teóloga alemana Jutta Burggraf.

También hoy en día Cristo conquista los corazones. Lo hace "con la misma fuerza irresistible" con la que llamaba a Sí a los apóstoles, cuando –hace 2000 años- recorría los senderos de Palestina. Llamaba por su nombre a Pedro, a Juan, a Andrés... Ciertamente, les pedía todo, pero les ofrecía todavía mucho más: una vida de amor y amistad con Él.

Y después de su muerte quería que ellos actuasen y hablasen en su lugar –con su divina fuerza y autoridad– para llevar la salvación a todos los hombres. Les mandó continuar su tarea sobre la tierra, es decir "anunciar la buena nueva a los pobres, vendar los corazones rotos, pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad (Is 61,1-2-9)." Es esto lo que llena la existencia sacerdotal de alegría y sentido, hoy como siempre.

En contra de la costumbre, ampliamente difundida, de destacar las dificultades que encuentra un sacerdote en nuestras sociedades multiculturales y secularizadas, el Prelado del Opus Dei pone de relieve, en su nuevo libro, la profunda belleza de una vida para la Iglesia. "Cada vocación es el testimonio visible y convincente de que Cristo vive," afirma con serena seguridad.

Por esto, la vocación al sacerdocio es una razón de agradecimiento y felicidad tanto para quien la recibe, como para su familia y toda la comunidad cristiana. "Quiere Dios que del corazón de los hombres se alce, no el lamento de la tristeza, sino un perenne canto de alabanza."

El obispo Echevarría anima a no buscar una vida cómoda y fácil, aunque este modo de actuar a menudo parezca "una locura a los cobardes". Pero sólo quien sigue a Cristo, también en la oscuridad del dolor, puede colaborar verdaderamente con Él: "de cada encuentro nuestro con la Cruz proviene el milagro de un corazón que torna a Dios."

La dinámica del amor exige que el enamorado "renueve constantemente su impulso inicial". La fidelidad –advierte el Prelado- tiene un carácter dialogal, interpersonal, esponsalicio y comprometido. Significa una mutua donación, una amistad profunda, una confianza plena, un compromiso permanente. "Sólo el amor garantiza que nuestra respuesta se mantenga viva y perseverante, que sea más firme y actual con el paso del tiempo."

Sobra decir que mons. Echevarría ofrece, en estas bellas páginas, la amplia panorámica de toda vocación cristiana. Explícitamente, se dirige a diversos grupos de sacerdotes, en los momentos decisivos de su ordenación sacramental. Pero implícitamente –y sin nivelar las diferencias esenciales- habla también a los laicos, hombres y mujeres. Porque también ellos pueden escuchar las palabras divinas "Os he llamado amigos" (Jn 15,15).

Y cada uno de ellos está invitado personalmente a ser, de modo original y libre, "un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio". Un laico no actúa, ciertamente, in persona Christi –como sí el sacerdote-, sino en su propio nombre y con su propia responsabilidad, cuando "empuja a parientes, amigos y compañeros por las sendas del amor divino." Pero por esto no participa menos en la intimidad divina, y también su vida consiste en "servir a la Iglesia".