La vida en la residencia de Jenner

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

Con la marcha del Padre y su familia a Lagasca, y con el paso de casi todos los mayores a ese centro y al nuevo piso de Martínez Campos, la fisonomía de Jenner cambió. El director era Justo Martí que, venciendo las dificultades que puso el Gobernador Civil de Valencia, consiguió librarse de sus responsabilidades como alcalde de Oliva. Con la rara excepción de alguno con la carrera recién terminada, todos los demás éramos estudiantes. Se hicieron obras de adaptación en el primer piso durante la primera quincena de noviembre: quedó el comedor más amplio y próximo a las cocinas, y se ganaron plazas para residentes.

Gravitaba sobre la residencia la muy penosa situación económica en que se encontraba España después de los tremendos destrozos de la guerra civil; además, la guerra mundial complicaba el comercio exterior. Resultaba muy difícil disponer de suficientes alimentos y adquirir bienes de equipo para la reconstrucción del país y la recuperación de su capacidad de producción agrícola e industrial. Apretaba el hambre, y los destartalados tranvías circulaban atestados, con gente colgada en los estribos. Los continuos apretujones fomentaban la multiplicación de "descuideros" y carteristas, de los que fui fácil víctima en una ocasión en la estación de metro de Atocha, al regresar de un viaje a Huesca.

Continuaban los racionamientos, incluso con mayor severidad. Era casi imposible en una residencia de estudiantes encontrar suministros que complementaran los permitidos por los cupos de las cartillas personales. No olvidaré nunca el reducido tamaño, la consistencia y el fuerte color amarillo de maíz, de la porción de pan que nos tocaba para cada comida. Sin embargo, no hubo quejas, porque ni aquello era culpa de la dirección de la residencia, ni nadie podía remediar la situación. No era pequeña mortificación evitar dirigir la mirada hacia los escaparates de las tiendas de comestibles. Recuerdo la alegría con que se recibió el refuerzo del sobrio y escueto desayuno que tomábamos, con higos secos que se habían conseguido.

La penuria económica y la dificultad de obtener carbón obligaba a restringir mucho el uso de la calefacción. Se encendía pocas horas y no durante las vacaciones. No era raro ver al director en las Navidades corriendo por el pasillo para entrar un poco en calor. Algunos estudiaban en casa con guantes de lana. La llegada de una carga de carbón de Trubia a finales de enero se convirtió en jubiloso acontecimiento.

Por si fuera poco, se propagó por entonces en Madrid una plaga de piojo verde, transmisor de una Ritkettsia productora del contagioso y grave tifus exantemático, que suele aparecer cuando hay hacinamiento, miseria y suciedad. No se dio ningún caso en la residencia, gracias entre otras cosas a que se insistía en el cuidado de la higiene y en el uso frecuente de la ducha, que sólo disponía de agua fría. Pero a pesar de todas estas dificultades, el ambiente de la residencia de Jenner continuaba siendo estupendo.

Con la instalación de centros del Opus Dei en otras ciudades no fueron precisos viajes tan frecuentes desde Madrid. Continuaron llegando las vocaciones a lo largo del curso. En Valencia pidieron la admisión en la Obra Manuel Botas, Juan Castelló, Vicente Garín, Angel López Amo, José López Navarro y José Montañés, entre otros. En Barcelona, Juan Masiá, Juan Bautista Torelló, Jorge Brosa, Laureano López Rodó y Jaime Termes. También hubo vocaciones a la Obra en Valladolid y en Zaragoza.

El Padre y algunos mayores seguían haciendo viajes, y a veces íbamos también algunos de Jenner. Recuerdo haber viajado en enero y febrero de 1941 a Salamanca, en otra ocasión a Zaragoza, y en mayo, con Ricardo Fernández Vallespín, a San Sebastián y a Valladolid. En San Sebastián estuvimos con Ignacio Echeverría paseando por la ciudad y por Igueldo. Después, en Valladolid, en El Rincón, charlamos con los que allí había del Opus Dei, y con algunos que acudían a los medios de formación. Hicimos la oración en el centro, aunque no había oratorio; era frecuente que nos ayudásemos de la lectura en voz alta de puntos de Camino