La primera Semana de Estudios

Francisco Ponz. MI ENCUENTRO CON EL FUNDADOR DEL OPUS DEI. Madrid, 1939-1944

Entre el final de la guerra civil y marzo de 1940, como fruto de la oración incesante y la dura penitencia de don Josemaría, de su ardiente celo por las almas, el Señor había bendecido al Opus Dei con un buen número de vocaciones en Madrid, Valencia, Zaragoza y Valladolid, con lo que el total de miembros de la Obra se había bastante más que duplicado. Sintiendo la responsabilidad de formar a sus hijos en el espíritu de la Obra, el Padre resolvió aprovechar las vacaciones de Semana Santa -mientras los residentes pasaban esos días con sus familias-, a comienzos de la segunda quincena de marzo de 1940, para reunir en Jenner a sus hijos en una actividad de formación que me parece se designó Semana de Estudio, con el fin de que los recientes conociéramos mejor lo que Dios quería del Opus Dei. Semanas similares se celebraron durante el verano, para los que no habían podido asistir a esta, o habían pedido la admisión en la Obra después.

Los que asistimos a esta primera Semana ocupamos gran parte de Jenner. Vinieron varios de Valencia, Zaragoza, Valladolid y no recuerdo si de algún otro lugar. Los de Madrid nos alegramos mucho al conocer a los de fuera de la capital. Enseguida el trato directo facilitó que nos sintiéramos familia. El Padre se volcó en dedicación y cariño en todos esos días. Dirigía a primera hora la meditación, celebraba la misa y estaba con nosotros en los ratos de tertulia. A lo largo de la mañana y de la tarde, algunos "mayores" -que eran de la Obra antes de la guerra civil- nos explicaban los distintos aspectos del espíritu del Opus Dei a los más jóvenes; juntos hacíamos también un rato de oración por la tarde.

El Padre nos contó muchas anécdotas, que servían de ejemplo de cómo vivir el espíritu del Opus Dei. Al contemplar el gran mapamundi que colgaba de la pared del vestíbulo de la residencia o el globo terráqueo que estaba en el despacho del Padre, con tantos países que nos esperaban y a los que habría que llegar no sabíamos cuándo, resultaba fácil rezar y dejar que la imaginación volara.

Dispusimos también de algunos documentos, escritos a máquina, sobre el espíritu sobrenatural de la Obra y las características de las labores de formación y apostolado. Es admirable que aquellos documentos que entonces leímos, escritos por el Padre en 1934 y 1935, cuando eran muy pocos sus hijos, encierren tanta hondura sobrenatural, reúnan tan rica experiencia de trato con las almas, descubran tan extensos panoramas de santidad y apostolado. Esos y otros textos de ese tiempo muestran bien cómo eran la fe y el amor de Dios del Padre.

Era fácil advertir que el Padre sólo vivía para que la Obra se hiciera realidad y para que nosotros fuéramos felices siendo fieles al Señor. En una meditación nos puso el ejemplo de fidelidad de los cuarenta mártires de Sebaste: fueron condenados a permanecer en el agua helada de un estanque y morir de frío si no renegaban de su fe, y clamaban para que todos se mantuvieran fieles y alcanzaran la corona del martirio, repitiendo: "Cuarenta hemos entrado en el combate y cuarenta hemos de ser coronados". Uno de ellos desertó y se salió del estanque, pero uno de los soldados que actuaban de verdugos se arrojó de inmediato y ocupó su puesto, con lo que no se perdió ninguna de las cuarenta coronas que les trajeron los ángeles. Como ellos, debíamos ser fieles hasta el martirio, si así lo disponía el Señor; pero aclaraba el Padre que era más propio de nuestro espíritu morir todos los días a nosotros mismos, en los miles de ocasiones que se ofrecen de continuo a lo largo de la vida corriente.

Tuvimos la oportunidad de charlar personalmente con el Padre y yo aproveché para hacer con él confesión general de toda mi vida. Aunque evitaba confesarnos, al verme impaciente no puso dificultades. Su modo de ayudarme a que hiciera una buena confesión, los consejos que me dio, revelaban su santidad, su comprensión y cariño paternales, su gran experiencia pastoral. Me quedé muy tranquilo y con renovada firmeza en mi vocación.

Todos los días encontrábamos un rato para hacer algún plan por Madrid. Los que no conocían la capital aprovecharon para visitarla. Fuimos algunas veces a remar al estanque del Retiro en algún bote alquilado, bajo la dirección de Juan Jiménez Vargas, que nos enseñaba a los inexpertos. Y con más frecuencia, aprovechamos para recorrer lugares relacionados con los comienzos del Opus Dei: el convento de los Paúles de la calle García de Paredes, donde Dios había hecho ver la Obra al Padre; la casa de Martínez Campos 4, en la que el Padre había vivido con su familia y utilizó en los inicios de la labor; el Patronato de Enfermos, en el que realizó una intensa actividad pastoral durante sus primeros años en Madrid; la casa de la calle de Luchana, en cuyo entresuelo empezó la Residencia DYA; el Sotanillo, establecimiento de la calle de Alcalá al que a veces iba el Padre para charlar con estudiantes... A propósito de estos recorridos, conocimos también, de modo muy confidencial, algunos hechos sobrenaturales de la vida espiritual del Padre.

Fueron unos días deliciosos, en los que conocimos mejor el espíritu del Opus Dei, palpamos junto al Padre el cariño de familia, nos enamoramos más del Señor y de nuestra vocación. El Padre nos contagiaba su alegría, su entrega, su sentido sobrenatural. En la fiesta de san José -aquel año Martes Santo-, felicitamos al Padre. Don Casimiro Morcillo, amigo del Padre y entonces Vicario General de Madrid, fue a visitarle y le llevó también la felicitación del obispo, don Leopoldo Eijo y Garay.

Un día de aquellos se presentó en Jenner un hombre -para mí ya mayor- a quien no conocía. El Padre le introdujo donde estábamos los demás y rezamos en su presencia las preces que acostumbramos recitar a diario los miembros de la Obra. El desconocido era Justo Martí, antiguo residente de Ferraz, abogado y entonces alcalde de Oliva, un pueblo de Valencia. Había venido a Jenner, por error, para hacer unos ejercicios espirituales. El Padre le habló a fondo de la Obra, se decidió a pedir la admisión y se incorporó a la Semana de Estudio. Pocos meses más tarde, Justo sería el nuevo director de la residencia de estudiantes de Jenner.