La primera llamada

“Tiempo de caminar”, libro de Ana Sastre sobre el fundador del Opus Dei.

Estamos en los últimos días del mes de diciembre de 1917. La nieve, espesa, cubre por completo el paisaje de Logroño. Las temperaturas extremas destemplan la ciudad, hasta alcanzar los dieciséis grados centígrados bajo cero. Los árboles, calles y aleros parecen obra de un gigantesco y alucinado imaginero. El río mantiene la superficie helada y firme. Se empieza a temer, incluso, que las existencias de combustible sean insuficientes para combatir el frío en la ciudad, prácticamente aislada por el temporal. El tránsito por las calles es peligroso, a pesar de las capas de paja que extienden sin descanso los empleados del Ayuntamiento. En el periódico local, «La Rioja», del 28-XII-1917, se destaca el arriesgado viaje del coche de punto de Murillo de Río Leza: llega tirado por caballos con los cascos envueltos en saco. No funciona ningún otro medio de comunicación. La situación se prolonga a los primeros días de enero de 1918. Los serenos tienen que guarecerse bajo techo con el vino de las cantimploras convertido en un bloque de hielo. Algún vigilante nocturno, incluso, ha advertido la bajada de los lobos, empujados por el hambre, hasta la periferia de Logroño. Sólo cuando el calendario alcanza la fecha del 6 de enero cede la intensa ola de frío que se abate sobre la capital riojana.

Josemaría contempla el espectáculo de la ciudad nevada. El amanecer ha sido blanco y transparente. En la calle, intacta todavía, aparecen unas huellas que identifica inmediatamente. Es el sendero marcado por los pies descalzos de un Carmelita muy popular en la zona: el Padre José Miguel. Su paso madrugador y habitual ha hollado hoy la nieve sin estrenar.

Este detalle pequeño y heroico suscita una profunda inquietud en el alma del muchacho: si otros hacen tantos sacrificios por Dios, ¿yo no voy a ser capaz de ofrecerle nada?... Nadie se dará cuenta del cambio que va a sufrir Josemaría. Todo continúa su ritmo normal: menos el corazón y el alma de este adolescente, que encuentra -a partir de ese día y en las cosas inocentes de la vida cotidiana- una sed insaciable de Dios. Empieza a notar que el Cielo quiere algo de su vida; interrogantes y convicciones le remueven y le llevan a la Comunión diaria, a la Confesión frecuente, a la purificación, a la penitencia.

El Señor le llama desde multitud de situaciones y le da a entender que quiere algo especial de su paso por la tierra. Y Josemaría, que desconoce lo que pueda ser, responde gritando por dentro palabras encendidas que Paladea al ritmo de su propio corazón: “ ecce ego quia vocastí me ”!(5) . Aquí estoy, porque me has llamado.

Años más tarde dirá que entiende muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús que se conmueve cuando, por las páginas de un libro, asoma una estampa con la mano herida del Redentor. Porque también en su alma se van a suceder, con frecuencia, tales encuentros, y no sólo durante estos años de adolescencia. Pide luz para conocer la Voluntad de Dios.

Y en una impetuosa oración interior, que empieza a descubrir y a practicar, reza lleno de confianza para que se realice en su vida aquello que la Providencia parece desear.

Durante dos o tres meses, Josemaría se acercará al convento de los PP. Carmelitas para hablar con el Padre José Miguel. Le cuenta lo que ha sucedido en su interior, el horizonte, todavía oscuro, que Dios ha querido abrir en su alma. El fraile le propone ingresar en el Carmelo, porque entiende que está ante una persona que ha recibido los barruntos del Amor divino.

Josemaría medita esta proposición y la rechaza. Sabe, con una convicción que personalmente le sorprende, que el Señor tiene planes diferentes sobre su vida.

A partir de este momento es frecuente encontrarle en Santa María la Redonda. Hay en esta iglesia una bellísima capilla barroca que preside una imagen de Nuestra Señora de los Angeles. A esta advocación de la Virgen confía también la dulce e inquietante intuición que Dios ha hecho llegar hasta su alma. Pasará años en la oscuridad, a solas con su oración perseverante, mientras germina la semilla que el Cielo ha depositado dentro de su corazón.

Al mismo tiempo, se emplea a fondo en sus estudios y continúa avanzando, con brillantez, por las asignaturas del sexto y último curso del Bachillerato.

Es ahora cuando invade su ánimo la idea de entregarse a Dios siendo sacerdote. No lo había pensado nunca, pero el Cielo sigue pidiéndole algo grande. Y de la mano de esta llamada, cada vez más fuerte que su propia voluntad, decide emprender ese camino.

Tiene todavía algunas dudas: siente veneración por la figura del sacerdote -así lo ha visto inculcar en su familia-, pero no le atrae la perspectiva de la «carrera eclesiástica». Su vocación es otra, aunque aún la ve inconcreta. Piensa, eso sí, que siendo sacerdote estará más disponible para cumplir la Voluntad de Dios, que aún no conoce, y que sin embargo pende ya sobre su vida.

Y en esta convicción, un buen día, posiblemente entre abril y mayo de 1918, acomete la empresa de comunicárselo a su padre. Don José, que continúa entregado a su trabajo para que la familia, y en especial Josemaría, puedan remontar la situación a la que les llevaron circunstancias adversas, se queda absolutamente sorprendido. De pronto, se vienen abajo los planes que soñaba para su único hijo varón. Y él, que no ha llorado nunca ante tanto acontecimiento doloroso, nota irremediables, impotentes, las lágrimas que cruzan por su cara.

Dice, con calma, asintiendo a los planes de Dios, que lo medite muy bien antes de decidir:

-«Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré»(6).

Y don José, con serio respeto por la libre opción de su hijo, le lleva a entrevistarse con un amigo suyo, don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata de Santa María la Redonda y una verdadera institución en Logroño. Quiere que le oriente en el camino de esta seria decisión que acaba de tomar.

Josemaría sigue preguntándose sobre lo que Dios espera de su vida. Quiere tener la evidencia de un camino todavía oscuro; sin embargo, es tan constante la llamada de Dios, que le llevará a repetir las palabras que gritaba el ciego de Jericó: “ Domine, ut videam ”!... ¡Señor, que vea!; “ ut sit ”!(7).: ¡que sea! Que sea lo que Tú quieres y yo ignoro.

Escribe a su tía Cruz Albás, hermana de doña Dolores y Religiosa Carmelita en el Convento de las Miguelas de Huesca, y le habla de su decisión al sacerdocio, de la necesidad de luz para conocer los designios de Dios que, a los 16 años, se ha apoderado de su vida. Y le cuenta este modo de oración con que interroga frecuentemente al Cielo.

A lo largo de su camino, Monseñor Escrivá de Balaguer apoyará la historia de toda la Obra de Dios en la oración de sus hijos, de sacerdotes, de enfermos, de religiosos... Quizá es la primera vez, en el comienzo de su vocación, que pide la ayuda de un alma contemplativa para llevar adelante la Voluntad de Dios.

El Señor busca su humildad. Quiere que confie sólo en la oración constante para llegar a ver su camino; y, a la vez, inunda su alma con la seguridad plena del Amor. En la historia del Opus Dei, el Fundador ayudará a muchas personas a descubrir esa misma certeza, saboreando aquel fuerte y dulce grito de Isaías: “ Ego redemi te et vocavi te nomine tuo; meas es tu (8)”: Yo te he redimido y te he llamado por tu nombre, tú eres mío.

Al mismo tiempo, se siente incapaz de responder adecuadamente a esta elección de Dios. Y suele recitar, despacio, una letanía que tiene raíces de verdadera y profunda humildad: «no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada... »(9).

Años después, Monseñor Escrivá de Balaguer afirmará, con frecuencia, que Jesucristo no le pidió permiso para meterse en su vida; que entró secreta y arrolladoramente -con palabras de la Sagrada Escritura- “ sicut fur ”!(10), como un ladrón. Y, con generosa juventud, empezará a dejarse llevar por la divina locura que va a impulsar toda su vida: “ Ecce ego, quia vocasti me ”: aquí estoy, porque me has llamado.

En octubre de 1918 se matricula en el Seminario de Logroño en calidad de alumno externo(11), para cursar el primer año de Teología. Y, con la ayuda de varios profesores particulares, realiza los estudios de Filosofía y perfecciona el Latín. Con este mismo carácter estudia también un grupo reducido de alumnos. Se trata de algunos muchachos que pueden compartir la vida del Seminario con la permanencia en sus ambientes familiares.

Llega Josemaría con el preámbulo de unos estudios brillantes, de una inteligencia notable y clara, de una personalidad comunicativa y educada. Sus compañeros recuerdan la elegancia natural de sus modos, la corrección de su porte y la actitud abierta con que acepta la amistad. En el Seminario hay una neta separación entre alumnos internos y externos. Todos los días, aunque no es preceptivo, llega temprano este pequeño grupo para oír la Santa Misa. Después, vuelven a desayunar a sus casas; poco más tarde comienzan las clases. Por las tardes, pasean hacia Lardero y, a veces, se acercan al río para organizar una animada pesca de cangrejos. Luego se reúnen en casa de Millán -un compañeroo de Josemaría.

Amadeo Blanco, un alumno interno, recuerda a Josemaría como un muchacho que se ofrece para ayudar en todo cuanto puede. Y cuenta cómo los domingos le ve incorporarse a una catequesis del Seminario a la que asisten unos cuatrocientos niños. Es atendida únicamente por los alumnos internos, pero Josemaría, con gran interés, pide permiso a los superiores y se entrega a la tarea que habrá de constituir, en el futuro, una de sus intensas dedicaciones: la atención y el cariño hacia los pequeños que han de formarse en el Cristianismo y deben empezar a comprender el amor de Jesucristo(12).